Lidio Coca Padilla, hijo y sobrino de la Guerra del Chaco
El más joven de los ponentes de la Décima Olimpiada del Saber del Adulto Mayor regaló anécdotas familiares en las que abunda el peligro, la sorpresa, y un grupo indígena del que ya no se habla: los siracuas.



“Esto es una historia muy larga y muy triste”, dice Lidio Coca Padilla antes de comenzar su relato. Dos de sus hijos lo acompañan, sostienen la pancarta con recortes alusivos a la Guerra del Chaco, como los tres integrantes de un grupo que expone el tema en la clase de hoy. Entre los recortes, Lidio señala un monumento que, según él, representa a uno de sus familiares.
Oriundo de Capirenda, Lidio se crio a ochenta kilómetros de Villa Montes, ciudad en la que vive actualmente. Todos sus tíos, y también su padre, fueron excombatientes de la Guerra del Chaco. Él no estuvo ahí. De hecho, nació 26 años después que esa guerra terminara, tiempo en el que su familia mantuvo vivas las historias hasta poder transmitirlas al joven Lidio. Otras tantas anécdotas ya las viviría en carne propia con su familia.
“Ojo, esto nadie lo sabe: eran caníbales, como dicen en las películas, que comen gente”
“Antes de la Guerra, salieron los indios siracua ahí en Capirenda. Ojo, esto nadie lo sabe: eran caníbales, como dicen en las películas, que comen gente”, advierte Lidio. De acuerdo a su historia, su abuela, Delfina Durán, que era tarijeña, se casó con Estanislao Coca Gutiérrez, que venía de Valle Grande. Sin embargo, en 1928 les ocurrió una desgracia: “A ella, los indios le metieron con un palo en todos los ojos. Ella quedó tuerta. ¡Y mi abuelo tenía una bayoneta así de grande! Con eso ha matado cuatro indios y así los ha corrido”.
Fue también antes de la Guerra aquel episodio en el que su padre y su tío Alejo Coca viajaron con el comandante Enrique Peñaranda en busca de una laguna a la que llamaban “Chuquisaca”, rumbo al Paraguay. “Cuando han llegau ahí, se habían pasado unos 300 metros, y era pues parte paraguaya”. El cuerpo de agua no era tan grande como habían pensado los bolivianos, pero sirvió para reabastecerse y pasar la noche antes de regresar.
“Dice que se volvían ya, y los paraguayos habían estado a unos 200 metros más allacito, y les han empezado a meter bala”. Ante la sorpresa, los Coca y Peñaranda respondieron y lograron escapar, pero el tío Alejo obtuvo una bala en la pierna. “De ahí lo sacan herido hacia Boyuibe, pero no ha muerto ahí”, dice Lidio sosegando la intensidad de su relato.
Cerca de 4 años después de la anécdota, comenzó la Guerra del Chaco. Él no estuvo ahí. Pero aún vive para contar las sorpresas de “cuando era changuito”, cuando su familia tenía un puesto en Capirenda y su papá sabía llevarlo sobre el mulo en las diligencias. “Sabíamos encontrar cantidad de balas, camiones enterrados, Ford 4, ese que había antes. Enterrau hemos encontrado. Municiones, ni qué se diga. Ahí hemos encontrado un fusil grande. Ese lo tenía mi papá. Con ese íbamos a cazar”, cuenta con orgullo.
En nueve años más se cumplirán 100 años de aquel encuentro bélico, y Lidio tendrá entonces 71. Seguramente seguirá contando esas anécdotas previas a la Guerra del Chaco cual narrador emocionado y aleccionador: “Si alguien les pregunta un día de la Guerra, tienen que saber cómo es. No quedarse mirando”.