201 años de Independencia
Bolivia: la larga y disputada marcha hacia la libertad
Del primer grito libertario en 1809 a la proclamación de la República el 6 de agosto de 1825, la independencia boliviana fue el resultado de 16 años de guerra, resistencia popular y debates políticos
La independencia de Bolivia no fue un hecho aislado ni una jornada de celebraciones. Fue el desenlace de uno de los procesos emancipadores más largos y complejos de América del Sur, una guerra que se extendió durante dieciséis años, desde los levantamientos de 1809 hasta la firma del Acta de Independencia el 6 de agosto de 1825.
Cuando la Asamblea Deliberante se reunió en Chuquisaca para decidir el destino del Alto Perú, el territorio llegaba exhausto después de años de enfrentamientos entre ejércitos realistas, expediciones patriotas, guerrillas campesinas y disputas entre los nuevos Estados que comenzaban a surgir en Sudamérica.
Un territorio en permanente rebelión
El Alto Perú había formado parte durante siglos del Imperio español. Sus minas, especialmente las del Cerro Rico de Potosí, financiaron buena parte de la riqueza de la Corona, mientras una sociedad profundamente desigual alimentaba crecientes tensiones.
Ya en el siglo XVIII las grandes rebeliones indígenas encabezadas por Túpac Katari y Túpac Amaru habían demostrado que el orden colonial podía ser desafiado. Aquellas insurrecciones fueron reprimidas, pero sembraron una conciencia que reaparecería pocos años después.
El 25 de mayo de 1809 Chuquisaca protagonizó uno de los primeros movimientos emancipadores del continente. Apenas dos meses después, el 16 de julio, La Paz dio un paso aún más radical proclamando una Junta Tuitiva que rompía abiertamente con la autoridad española.
Ambos movimientos fueron sofocados, pero ya era imposible detener el proceso.
Dieciséis años de guerra
La Revolución de Mayo de Buenos Aires, en 1810, abrió una nueva etapa. Desde el Río de la Plata partieron varias campañas militares para intentar consolidar la independencia del Alto Perú, encabezadas sucesivamente por Juan José Castelli, Manuel Belgrano y José Rondeau.
Todas terminaron siendo derrotadas por los ejércitos realistas.
Sin embargo, la guerra cambió de escenario. Mientras los grandes ejércitos retrocedían, comenzaron a actuar las llamadas republiquetas, pequeñas guerrillas distribuidas por los valles, montañas y llanuras que mantuvieron viva la resistencia durante más de una década.
Entre sus principales figuras destacaron Manuel Ascencio Padilla y Juana Azurduy, convertidos con el tiempo en símbolos de la lucha popular.
Juana Azurduy, la heroína olvidada
Pocas vidas resumen mejor el costo humano de la independencia que la de Juana Azurduy.
Nacida en 1780, perdió cuatro hijos durante la guerra, vio asesinar brutalmente a su esposo Manuel Ascencio Padilla y continuó combatiendo al frente de centenares de guerrilleros.
Su valentía impresionó al general Manuel Belgrano, quien le entregó su espada como reconocimiento. Posteriormente recibió el grado de teniente coronela.
Terminada la guerra, el reconocimiento desapareció. Vivió sus últimos años en la pobreza, olvidada por la naciente República.
Cuando Simón Bolívar la visitó en 1826 pronunció una frase que quedó para la historia:
"Este país no debería llamarse Bolivia sino Padilla o Azurduy, porque son ellos los que lo hicieron libre".
Décadas después, ambos países comenzaron a reparar parcialmente aquella deuda histórica. Bolivia la declaró Mariscal de la República y Argentina la ascendió al grado de Generala del Ejército Argentino.
El nacimiento de una nueva República
La independencia llegó después de las victorias patriotas de Junín y Ayacucho, que terminaron por desmoronar el dominio español en Sudamérica.
El 6 de agosto de 1825 la Asamblea reunida en Chuquisaca aprobó casi por unanimidad la creación de un Estado independiente, rechazando las propuestas de anexarse al Perú o integrarse a las Provincias Unidas del Río de la Plata.
La fecha elegida recordaba precisamente el primer aniversario de la batalla de Junín.
Pocos días después la nueva nación recibió el nombre de República Bolívar, aunque un diputado potosino, Manuel Martín Cruz, propuso una modificación que terminaría siendo definitiva:
"Si de Rómulo nació Roma, de Bolívar nacerá Bolivia".
Antonio José de Sucre sería el primer presidente de la nueva República.
La Casa donde nació Bolivia
Las sesiones constituyentes se desarrollaron en la antigua capilla de la Universidad Mayor, Real y Pontificia de San Francisco Xavier de Chuquisaca.
Ese edificio es hoy la Casa de la Libertad, uno de los principales símbolos históricos del país.
Allí se conserva el Acta original de la Independencia junto con documentos, retratos y objetos vinculados a los primeros años de la República.
El primer gran problema nacional: la salida al mar
Incluso antes de consolidar el nuevo Estado, los diputados ya advertían una de las principales limitaciones para el desarrollo del país.
La Asamblea envió representantes para solicitar a Simón Bolívar que gestionara la incorporación de Arica (entonces Perú) a la nueva República.
Los fundadores entendían que Bolivia nacía prácticamente sin puertos adecuados para sostener un comercio internacional autónomo.
La petición nunca prosperó y aquella preocupación inicial terminaría convirtiéndose, con el paso de las décadas, en uno de los principales problemas geopolíticos de la historia boliviana.
Doscientos un años después
Dos siglos después, Bolivia continúa construyendo su identidad sobre aquella compleja herencia.
La independencia fue mucho más que una victoria militar: fue el resultado de la resistencia de pueblos indígenas, guerrillas populares, líderes regionales, intelectuales y militares que imaginaron un Estado propio cuando casi toda América del Sur atravesaba profundas transformaciones.
Cada 6 de agosto no solo se recuerda la firma de un documento. También se conmemora el largo camino recorrido para convertir un territorio colonial en una nación soberana, un proceso lleno de contradicciones, sacrificios y decisiones que siguen definiendo la historia boliviana 201 años después.
Tarija y el complejo camino a la conformación de Bolivia
Cuando Bolivia se constituyó como República el 6 de agosto de 1825, Tarija llevaba al menos 16 años ejerciendo una independencia de facto. Su situación política era distinta a la del resto del Alto Perú y el debate sobre su pertenencia territorial venía de tiempo atrás. Ya en 1807, un cabildo abierto había rechazado tanto la dependencia de la Intendencia de Potosí como la incorporación a la de Salta del Tucumán, sembrando el germen de un proyecto propio.
Durante la Guerra de la Independencia, Tarija se gobernó en gran medida por sí misma. Las fuerzas patriotas del Alto Perú y de las Provincias Unidas coordinaban operaciones militares con las autoridades locales, pero el territorio mantuvo autonomía en sus decisiones políticas y económicas. Mientras tanto, Tarija, Potosí y el norte argentino se convirtieron en el último gran escenario de resistencia del Ejército Realista, que esperaba refuerzos desde Europa que nunca llegaron.
A comienzos de 1825, el militar José María Pérez de Urdininea, inicialmente bajo las órdenes del gobernador salteño Juan Antonio Álvarez de Arenales, terminó incorporándose al proyecto impulsado por Antonio José de Sucre tras la derrota definitiva de las fuerzas realistas. Paralelamente, Bolívar y Sucre debían resolver el complejo panorama político del Alto Perú y las tensiones con las Provincias Unidas del Río de la Plata.
Con ese objetivo, Sucre envió al general irlandés Francisco Burdett O'Connor, quien favoreció la incorporación de Tarija al naciente Estado boliviano. Bajo su influencia surgió un movimiento encabezado por Bernardo Trigo y Eustaquio Méndez que promovía la adhesión al Alto Perú. Sin embargo, las deliberaciones llegaron tarde y Tarija no participó en la Asamblea que proclamó la independencia de Bolivia, ya que no había sido convocada como entidad independiente.
La disputa continuó después del 6 de agosto. En octubre de 1825 una delegación argentina presentó ante Bolívar los reclamos sobre Tarija y el Libertador aceptó restituir temporalmente el territorio a la jurisdicción de Salta. La decisión generó nuevas tensiones internas. En 1826, tras la detención de Eustaquio Méndez por orden de las autoridades salteñas, los montoneros se sublevaron, repusieron a Bernardo Trigo y proclamaron nuevamente su adhesión a Bolivia.
Finalmente, el 26 de septiembre de 1826 fueron admitidos los diputados tarijeños en Chuquisaca y el 3 de octubre Antonio José de Sucre promulgó la ley que oficializó la incorporación de Tarija al Congreso Constituyente boliviano. Aunque Argentina continuó reclamando el territorio e incluso lo reconoció como provincia ese mismo año, esa decisión nunca llegó a hacerse efectiva, consolidándose desde entonces la pertenencia de Tarija a Bolivia.








