Vida en familia
Cómo hablar con tus hijos cuando el país vive en tensión permanente
Mientras Bolivia vive jornadas de tensión, protestas y violencia política, muchos niños absorben el miedo y la incertidumbre desde las pantallas y las conversaciones familiares. Cómo hablar con ellos, contener la ansiedad y educar para la convivencia en tiempos polarizados
Las imágenes de enfrentamientos, marchas, gases lacrimógenos y carreteras bloqueadas ocupan hoy gran parte de la conversación pública en Bolivia. En La Paz, pero también en otras regiones, la tensión política se cuela en las pantallas, en las radios, en los grupos de WhatsApp y en las conversaciones familiares. Y aunque los adultos intenten disimularlo, los niños perciben el miedo, la incertidumbre y el cansancio.
Muchos padres se hacen la misma pregunta: ¿cómo hablar de todo esto con los hijos sin asustarlos más?
Especialistas en educación emocional coinciden en algo esencial: los niños no necesitan que se les oculte la realidad, sino sentirse acompañados para entenderla. El silencio absoluto puede generar más angustia que una conversación tranquila y honesta.
No se trata de convertir la casa en una sala de debate político permanente ni de transmitirles toda la dureza del conflicto. Se trata de ayudarlos a comprender que los desacuerdos existen, que las personas pueden pensar distinto y que la violencia nunca debe convertirse en la forma de resolver los problemas.
1. Primero, escuchar antes que explicar
Muchos adultos empiezan hablando demasiado rápido. Pero lo primero debería ser preguntar.
¿Qué viste hoy? ¿Qué escuchaste en el colegio? ¿Te preocupa algo?
Algunos niños apenas habrán prestado atención a las noticias. Otros, en cambio, pueden estar imaginando escenarios mucho peores de lo que realmente ocurre. Hay quienes escuchan frases sueltas sobre “golpe”, “guerra”, “muertos” o “crisis” y construyen sus propios temores en silencio.
En los más pequeños, el miedo suele aparecer disfrazado: problemas para dormir, irritabilidad, necesidad de estar más cerca de los padres o temor a quedarse solos.
Por eso es importante abrir espacios tranquilos de conversación, lejos del apuro y preferiblemente no antes de dormir. Un almuerzo en familia, un trayecto en auto o una caminata pueden convertirse en momentos ideales para hablar.
2. Explicar sin mentir, pero sin trasladar el miedo
Los niños perciben rápidamente la angustia de los adultos. Si los padres viven pegados a las noticias, hablan todo el día de violencia o reaccionan con desesperación, ellos lo absorberán.
Eso no significa fingir que no pasa nada. Significa transmitir calma.
Con los niños pequeños conviene usar explicaciones simples:“Hay personas protestando porque están molestas por algunas decisiones del país”.“Hay problemas políticos y por eso hay marchas y bloqueos”.
Con adolescentes ya se puede profundizar más, siempre evitando caer en discursos extremos o simplificaciones del tipo “los buenos” y “los malos”. La realidad política rara vez es tan sencilla.
También es válido reconocer límites:“No tengo todas las respuestas”.“Todavía no sabemos qué va a pasar”.
Esa honestidad genera más confianza que inventar certezas.
3. Ayudarlos a distinguir información de ruido
Uno de los mayores problemas actuales no es solo la violencia, sino la sobreinformación. Los niños y adolescentes consumen videos cortos, rumores, mensajes alarmistas y publicaciones falsas a una velocidad imposible de controlar.
Muchos ven imágenes fuera de contexto y creen que el país entero está incendiándose.
Por eso es clave enseñarles algo básico: no todo lo que circula en redes sociales es verdad.
Los padres pueden aprovechar este momento para explicar cómo verificar información, por qué existen noticias falsas y cómo funcionan los discursos de odio en internet.
Más que prohibir, conviene acompañar.
Preguntar:“¿Dónde viste eso?”“¿Quién lo publicó?”“¿Crees que esa información puede estar exagerada?”
En tiempos de crisis, educar también implica enseñar pensamiento crítico.
4. No normalizar la violencia
Cuando la confrontación política domina la televisión durante semanas, existe el riesgo de que la violencia se vuelva paisaje.
Los insultos, la humillación pública, el odio entre sectores o la idea de que “el más fuerte gana” pueden terminar naturalizándose.
Por eso es importante dejar claro que una cosa es el conflicto —que siempre existe en las sociedades— y otra muy distinta es la violencia.
Los hijos necesitan escuchar que:
- pensar diferente no convierte a nadie en enemigo;
- los problemas no se resuelven golpeando o humillando;
- ninguna persona merece ser discriminada por su origen, región o posición política.
También es importante vigilar cómo hablan los adultos dentro de casa. Los niños aprenden mucho más de lo que observan que de los discursos que escuchan.
5. Evitar que el miedo ocupe toda la vida familiar
En muchas casas, la televisión permanece encendida desde la mañana hasta la noche mostrando enfrentamientos, incendios o declaraciones políticas agresivas.
La exposición constante termina agotando emocionalmente incluso a los adultos.
Con los niños, ese impacto es todavía mayor.
No hace falta ocultar completamente las noticias, pero sí regular la intensidad. Especialmente con los más pequeños, conviene evitar que pasen horas viendo imágenes violentas repetidas una y otra vez.
También ayuda recuperar espacios normales de vida cotidiana:
- jugar;
- cocinar juntos;
- leer;
- salir a caminar;
- mantener rutinas;
- conversar de otros temas.
Las rutinas transmiten seguridad. Le recuerdan al niño que, incluso en medio de la incertidumbre, su mundo cercano sigue siendo estable.
6. Enseñar empatía en lugar de odio
Las crisis políticas suelen dividir a la sociedad. Y muchas veces esa división entra también en las escuelas, los barrios o las familias.
Por eso este puede ser un momento importante para enseñar empatía.
Detrás de cada marcha, bloqueo o protesta hay personas con miedo, rabia, frustración o necesidades distintas. Eso no significa justificar hechos violentos, pero sí evitar que los hijos crezcan viendo al otro como un enemigo absoluto.
Los niños necesitan aprender que las personas pueden pensar distinto y seguir mereciendo respeto.
Especialmente en tiempos polarizados, educar para la convivencia democrática se vuelve tan importante como enseñar matemáticas o lenguaje.
7. Estar atentos a señales de ansiedad
Cada niño procesa la tensión social de manera distinta.
Algunos hacen muchas preguntas. Otros se callan. Algunos se irritan más de lo habitual. Otros empiezan a tener pesadillas o dolores físicos sin causa aparente.
Hay señales que merecen atención:
- dificultad para dormir;
- miedo excesivo a salir;
- angustia constante;
- problemas de apetito;
- agresividad repentina;
- aislamiento;
- llanto frecuente.
Muchas veces estas reacciones son temporales. Pero si persisten, puede ser importante buscar apoyo profesional.
Mientras tanto, pequeñas herramientas ayudan mucho:
- respirar lentamente;
- reducir el tiempo de exposición a noticias;
- mantener horarios estables;
- hablar de lo que sienten sin burlas ni minimizaciones.
8. Los adultos también deben cuidarse
Es difícil transmitir calma cuando uno mismo está saturado.
La incertidumbre económica, los problemas de abastecimiento, los bloqueos y la confrontación política también desgastan a los padres.
Pero los niños necesitan al menos un espacio donde sentirse seguros.
Eso obliga a los adultos a cuidar también su propia salud emocional: descansar, desconectarse por momentos de las noticias, conversar con otros adultos y evitar vivir permanentemente atrapados en la ansiedad política.
Porque, al final, los hijos no solo escuchan lo que los padres dicen sobre la crisis. También aprenden observando cómo reaccionan frente a ella.
Educar para convivir incluso en el conflicto
Las sociedades atraviesan momentos difíciles. Bolivia ha vivido muchos y probablemente seguirá enfrentando tensiones políticas, económicas y sociales.
Pero incluso en medio del conflicto existen oportunidades educativas importantes.
Los niños pueden aprender que las diferencias forman parte de la democracia, que la dignidad humana está por encima de cualquier disputa política y que la violencia nunca debería convertirse en la única forma de relacionarse.
Quizás esa sea una de las tareas más urgentes de las familias hoy: criar hijos capaces de defender sus ideas sin destruir al otro en el camino.
Bolivia: La violencia que aprendemos
Por Anael Torres/Psicóloga
Esta semana Joining Forces Bolivia, alianza entre organizaciones no gubernamentales que promueven el ejercicio de los derechos de la niñez y adolescencia, ha emitido un pronunciamiento importante sobre la afectación de la conflictividad social actual de Bolivia en el ejercicio de derechos de los NNA.
Las consecuencias más importantes que se han detectado son la restricción al acceso a salud, alimentación y protección; interrupción del derecho a la educación y contextos de encierro, miedo e incertidumbre. Alerta también sobre impactos en la salud mental de los chicos, incluyendo estrés toxico; afectando al desarrollo integral de niños y adolescentes especialmente los que están en situación de trabajo, en centros de acogimiento y en entornos familiares con predisposición a mayores índices de violencia. Estas vulneraciones son inaceptables y deberían ser un marco que limite la radicalidad de las demandas y las formas de respuesta que se les den.
El efecto de la situación social actual sobre nuestros niños y adolescentes incluso va más allá. Un escenario conflictivo en espacios sostenidos de tiempo también configura una forma recurrente de relacionarnos y tolerarnos como sociedad y es un marco de ejemplo de comportamiento social que se proyecta en muchas ocasiones en conductas personales. Un entorno así eleva discursos cada vez más polarizados, donde el odio, el racismo y a intolerancia se acrecientan sin control ni reflexión.
Así, un entorno conflictivo aumenta el estrés y ansiedad de nuestros chicos, afectando su capacidad para concentrarse y llevar a cabo actividades cotidianas. También pueden manifestarse en ellos comportamientos externos aprendidos, como la agresividad y rebeldía. El desarrollo educativo de los chicos también se ve afectado, alterando no solo la regularidad de clases sino también la concentración y la memoria, fundamentales para el aprendizaje.
Las situaciones de violencia y tensión social revelan también la carencia de modelos saludables a seguir; en medio de un entorno donde imperan los discursos radicales y agresivos, cuyos posicionamientos adoptan y comparten muchas personas, mientras son vistos y aprehendidos por los más pequeños.
En medio de tanta conflictividad social quizás a menudo no reparamos en el efecto sobre nuestros niños, quienes están presenciando posicionamientos cada vez más polarizados y discursos violentos de uno y otro lado.
Urge deponer actitudes y radicalismos, favorecer las vías de solución no violentas, el diálogo y el entendimiento. No solo para hallar salidas a nuestros problemas actuales sino porque también estaremos mostrando una forma de responder diferente; una que educa y muestra que otro país pacífico y dialogante también es posible.








