Vida en familia
Ciberacoso: cuando el bullying entra en casa por las pantallas
Cómo reconocerlo, qué hacer y cómo acompañar a niños y adolescentes frente al acoso en redes, chats y videojuegos
Un mensaje que llega al celular. Una fotografía que circula por un grupo de WhatsApp. Una cuenta falsa creada para burlarse de un compañero. Un video que alguien comparte sin permiso. Un comentario que comienza como una broma y termina convirtiéndose en una cadena de insultos.
El acoso entre niños y adolescentes ya no termina necesariamente cuando suena el timbre de salida del colegio. Puede continuar durante la tarde, la noche y los fines de semana, entrar en la habitación de un niño a través de su teléfono y alcanzar, potencialmente, a decenas o cientos de personas.
Eso es el ciberacoso: una forma de intimidación o acoso que utiliza tecnologías digitales, como redes sociales, aplicaciones de mensajería, teléfonos, plataformas de videojuegos y otros espacios de Internet. UNICEF advierte que puede consistir en difundir mentiras, publicar fotografías o videos humillantes, enviar mensajes hirientes o amenazantes, crear cuentas falsas para hacerse pasar por otra persona o utilizar herramientas de inteligencia artificial para hostigar.
La diferencia con una pelea ocasional o una broma entre amigos está en el daño, la persistencia y la intención. Una broma deja de serlo cuando una persona resulta herida, pide que se detenga y la conducta continúa.
Y hay algo más: mientras una pelea puede quedar en el patio del colegio, el ciberacoso deja una huella digital que puede permanecer y convertirse en evidencia.
Bolivia también está conectada
La dimensión del problema debe entenderse a partir de una realidad sencilla: los niños y adolescentes bolivianos tienen cada vez mayor acceso a Internet.
El Censo 2024 estableció que el 76,3% de los hogares bolivianos tiene acceso al servicio de Internet. En el área urbana la conectividad es mayor, mientras que en el área rural alcanzó el 53,9%, un crecimiento muy importante frente al 0,7% registrado en 2012. Además, el 90,8% de los hogares dispone de telefonía fija y/o celular.
La expansión digital representa una oportunidad educativa, social y cultural. Pero también significa que la protección de la infancia tiene que incluir el mundo virtual.
Un estudio de UNICEF y AGETIC sobre brechas digitales en Bolivia advierte, precisamente, que la brecha digital no se limita al acceso a Internet o a los dispositivos: también comprende las capacidades necesarias para utilizar la tecnología de manera segura y aprovechar sus oportunidades.
Por eso, entregar un teléfono a un adolescente debería implicar algo más que comprar el aparato y contratar datos. También debería comenzar una conversación sobre privacidad, respeto, límites y seguridad.
¿Es una broma o es acoso?
Esta es una de las primeras preguntas que deben aprender a hacerse padres, madres y adolescentes.
Entre amigos pueden existir bromas, apodos y comentarios que forman parte de una relación de confianza. Pero si alguien se siente humillado, amenazado o herido y la conducta continúa después de pedir que se detenga, ya no puede justificarse simplemente como “una broma”.
UNICEF recomienda prestar atención precisamente a esa diferencia: si alguien se ríe con una persona existe una relación diferente a cuando se ríe de ella. Cuando el contenido genera malestar y el comportamiento persiste, es momento de buscar ayuda.
En el entorno digital, además, hay un público potencialmente enorme. Una imagen enviada a un grupo puede ser reenviada a otros grupos. Un comentario puede recibir respuestas durante horas. Una fotografía publicada en una cuenta puede ser descargada y volver a aparecer posteriormente.
Por eso, minimizar lo ocurrido con un “ignóralos” no siempre es suficiente.
Las señales pueden aparecer fuera del celular
El ciberacoso no siempre se anuncia con una confesión. Muchas veces los cambios aparecen en la conducta cotidiana.
UNICEF identifica entre sus posibles consecuencias sentimientos de vergüenza, miedo, preocupación, ansiedad, aislamiento y pérdida de interés por actividades que antes disfrutaba el adolescente. También pueden aparecer cansancio, dificultades para dormir, dolores de cabeza o de estómago y rechazo a asistir a clases.
No todos estos signos significan necesariamente que exista ciberacoso. Un adolescente puede atravesar cambios de ánimo por muchas razones. Pero cuando varios aparecen juntos y coinciden con modificaciones en el uso del teléfono o las redes, vale la pena preguntar.
Un niño que de repente deja de participar en un grupo de amigos, abandona una actividad que le gustaba, se pone nervioso cuando recibe una notificación o quiere dejar de ir al colegio puede estar atravesando un problema que todavía no se anima a contar.
La reacción del adulto es fundamental.
“No le quites el celular”
Una respuesta intuitiva de muchos padres puede ser retirar inmediatamente el teléfono o prohibir las redes sociales. Aunque poner límites al uso de dispositivos puede ser parte de una estrategia familiar, quitarle al adolescente la herramienta mediante la cual está ocurriendo el problema puede tener un efecto inesperado: dejarlo aún más aislado de sus amigos y dificultar que cuente lo sucedido.
La primera respuesta debería ser escuchar.
“¿Qué pasó?”, “¿quiénes están involucrados?”, “¿desde cuándo ocurre?”, “¿te amenazaron?” son preguntas más útiles que “¿por qué les respondiste?” o “¿qué hiciste para que te hagan eso?”.
El niño necesita saber que contar lo sucedido no provocará automáticamente un castigo.
UNICEF recomienda hablar con un adulto de confianza y señala que los padres pueden necesitar que el propio adolescente les explique qué está ocurriendo, especialmente cuando se trata de una plataforma o tecnología que ellos no conocen bien.
Guardar las pruebas
Cuando existe ciberacoso, borrar inmediatamente todos los mensajes puede hacer desaparecer información útil.
Capturas de pantalla, mensajes, fotografías, nombres de usuarios, enlaces, fechas y otros elementos pueden ayudar a reconstruir lo sucedido. UNICEF recomienda conservar este tipo de evidencia.
Después se puede bloquear o silenciar a la persona que acosa y utilizar las herramientas de denuncia de la plataforma.
La idea no es convertir al adolescente en investigador ni enfrentarlo personalmente con quien lo agrede. Al contrario: el adulto debe ayudar a ordenar la situación y decidir qué pasos corresponden.
Si existen amenazas, violencia sexual, extorsión, difusión de imágenes íntimas, contacto de un adulto con un menor con fines sexuales u otra situación que pueda constituir un delito, la familia debe buscar asistencia de las autoridades competentes y protección especializada.
No responder con más violencia
Otra reacción frecuente es intentar devolver la agresión: responder con insultos, publicar información del acosador o crear otra cuenta para atacarlo.
No es una buena solución.
El objetivo es detener el daño, no ampliar la cadena. Responder con más violencia puede complicar la situación y hacer que la víctima termine involucrada en un enfrentamiento cada vez mayor.
La familia puede enseñar una regla sencilla: no hay que pelear en Internet para demostrar que uno tiene razón.
Bloquear, denunciar, guardar evidencia y pedir ayuda son acciones mucho más útiles que entrar en una guerra de insultos.
Cuando el acoso nace en el colegio
El ciberacoso y el bullying presencial suelen estar relacionados. UNICEF señala que ambos pueden ocurrir simultáneamente.
En Bolivia, un estudio realizado con estudiantes de secundaria de La Paz, con asistencia técnica de UNICEF, encontró una relación entre las experiencias familiares, el clima escolar y el bullying. El informe buscó comprender las interacciones de los estudiantes con sus familias y con la comunidad educativa y cómo estas experiencias repercuten en sus pensamientos, sentimientos y vivencias.
Esto significa que no siempre alcanza con pedirle al niño que “bloquee” una cuenta.
Si el acosador es un compañero de curso, el colegio tiene que conocer la situación y activar sus mecanismos de protección y convivencia. Padres, profesores y estudiantes forman parte de la respuesta.
La escuela tampoco debería esperar a que aparezca un caso grave para hablar del tema. La convivencia digital debe formar parte de la educación cotidiana.
El silencio también es un riesgo
Uno de los mayores obstáculos para enfrentar el ciberacoso es que la víctima tenga miedo de contarlo.
Puede pensar que sus padres se enojarán. Puede temer que le quiten el celular. Puede sentir vergüenza. Puede pensar que nadie le creerá. O puede creer que el problema empeorará si habla.
Por eso la prevención comienza mucho antes del primer incidente.
Un padre que conversa regularmente con su hijo sobre lo que ve en Internet tiene más posibilidades de enterarse de un problema que aquel que solo pregunta por el teléfono cuando aparece una dificultad.
No hace falta convertir cada conversación en una conferencia sobre seguridad digital.
Puede bastar con preguntar: “¿Qué están viendo tus amigos?”, “¿qué pasa en el grupo del curso?”, “¿alguna vez alguien se pasó de la raya?”, “¿qué harías si alguien publica una foto tuya sin permiso?”.
La conversación prepara el terreno para pedir ayuda.
También hay que educar a quien observa
El ciberacoso no involucra solamente a quien agrede y a quien recibe la agresión. También están los espectadores.
El adolescente que recibe un video y decide reenviarlo. El que pone un emoji de risa. El que permanece callado. El que informa a un adulto. El que escribe un mensaje para defender a su compañero.
Cada uno puede influir en lo que ocurre.
UNICEF plantea que los propios adolescentes pueden ser parte de la primera línea de defensa: señalar comportamientos dañinos, hablar con adultos de confianza y apoyar a quien está siendo acosado.
Enseñar empatía digital significa explicar que detrás de cada perfil existe una persona real.
La pantalla puede hacer que resulte más fácil escribir algo cruel. La distancia reduce la percepción inmediata del daño. Por eso conviene enseñar a detenerse antes de publicar.
Los datos personales también importan
Una fotografía inocente puede revelar dónde vive un niño. Un uniforme puede mostrar el nombre del colegio. Una publicación puede indicar dónde entrena, dónde pasa las tardes o qué lugares frecuenta.
UNICEF recomienda pensar antes de publicar y evitar compartir datos personales como dirección, teléfono o nombre de la escuela. También aconseja revisar las opciones de privacidad, controlar quién puede ver el perfil, enviar mensajes o comentar y utilizar las herramientas para bloquear o denunciar.
En Bolivia, donde WhatsApp ocupa un lugar central en la comunicación familiar y escolar, esto adquiere una dimensión particular. Un grupo de padres, un grupo de curso o un chat de amigos puede convertirse accidentalmente en un espacio donde circulen fotografías, rumores o información privada.
Los adultos también deben dar ejemplo. No tiene sentido pedir privacidad a los hijos mientras se publican permanentemente sus fotografías, ubicaciones y actividades sin preguntarles.
Inteligencia artificial: un nuevo desafío
El problema tampoco termina en las redes tradicionales.
UNICEF ya incluye entre las formas de ciberacoso los actos de intimidación o acoso sexual realizados con herramientas de inteligencia artificial generativa.
La creación y manipulación de imágenes mediante IA abre nuevas posibilidades de humillación. Una fotografía puede ser alterada y utilizada para ridiculizar a un estudiante, atribuirle algo que nunca hizo o crear contenidos falsos.
Esto exige que las familias incorporen una nueva enseñanza: no todo lo que parece una fotografía o un video es necesariamente real.
Pero también exige responsabilidad de las plataformas, las escuelas y las autoridades. No puede recaer exclusivamente en un niño o en sus padres la tarea de enfrentar tecnologías que evolucionan rápidamente.
¿Qué pueden hacer los padres?
No existe una fórmula única, pero algunas reglas pueden ayudar:
1. Hablar antes de que exista un problema. La seguridad digital debe ser una conversación habitual.
2. No ridiculizar ni culpabilizar. Si un hijo cuenta que está siendo acosado, la prioridad es escucharlo y protegerlo.
3. Conocer las plataformas. No es necesario convertirse en experto, pero sí saber qué aplicaciones utiliza el adolescente y cuáles son sus principales funciones.
4. Revisar juntos la privacidad. Perfiles, contraseñas, contactos y permisos deben revisarse de acuerdo con la edad y madurez.
5. Guardar evidencia. Antes de borrar contenido, conservar capturas y otros elementos relevantes.
6. Bloquear y denunciar. Las plataformas ofrecen mecanismos para limitar el contacto y reportar contenidos.
7. Involucrar al colegio cuando corresponda. Especialmente si el agresor pertenece al mismo entorno educativo.
8. Pedir ayuda profesional si el impacto es importante. Cambios persistentes en el sueño, aislamiento, angustia, abandono escolar o deterioro significativo del bienestar requieren atención.
9. Enseñar a ser buen compañero digital. No compartir humillaciones, no reenviar imágenes dañinas y avisar a un adulto cuando alguien está en riesgo.
10. Mantener el vínculo. El teléfono puede cambiar, las aplicaciones pueden desaparecer y aparecer otras, pero la confianza entre padres e hijos sigue siendo la principal herramienta de protección.
Una regla para toda la familia
La conectividad no es enemiga de la infancia. Internet permite estudiar, crear, jugar, comunicarse y descubrir nuevas oportunidades. Bolivia está avanzando rápidamente hacia una sociedad más conectada y la respuesta no puede ser simplemente desconectar a los niños.
El desafío consiste en enseñarles a habitar ese espacio.
UNICEF Bolivia ya ha trabajado sobre la necesidad de desarrollar habilidades digitales y socioemocionales en niñas, niños y adolescentes. Su política de habilidades digitales y socioemocionales, desarrollada junto con AGETIC, parte precisamente de la idea de que la inclusión digital debe ir acompañada de capacidades para desenvolverse en estos entornos.
En una casa puede comenzar con una regla muy sencilla: si algo que ocurre en Internet te da miedo, vergüenza o te hace sentir amenazado, puedes contarlo sin temor a ser castigado.
Y del otro lado debe existir otra regla igual de importante: cuando un hijo cuenta que está siendo acosado, primero se le cree, se le escucha y se le protege; después se busca la mejor manera de actuar.
Porque el ciberacoso puede suceder detrás de una pantalla, pero el daño es completamente real. Y la respuesta también tiene que serlo.
Ley N.º 1636: un año de protección de niñas, niños y adolescentes frente a la violencia sexual digital
La Ley N.º 1636, promulgada el 10 de septiembre de 2025, creó en Bolivia un marco penal específico para proteger la integridad sexual de niñas, niños y adolescentes frente a delitos cometidos en entornos digitales. Su importancia radica en que reconoce que la violencia sexual también puede producirse sin contacto físico, mediante captación, engaño, exposición a contenido sexual, producción de material de abuso y contacto con fines sexuales.
Aun no se tiene un consolidado de casos que abarque los doce meses comprendidos entre septiembre de 2025 y septiembre de 2026. El último registro estadístico oficial disponible permite analizar el período comprendido entre el 10 de septiembre de 2025 y el 15 de febrero de 2026 donde la Fiscalía registró 92 casos relacionados con la ley. En 2025 se contabilizaron 67 casos entre septiembre y diciembre, mientras que entre el 1 de enero y el 15 de febrero de 2026 se registraron otros 25. Los departamentos con mayor cantidad de casos acumulados fueron Santa Cruz, con 28; La Paz, con 24; y Cochabamba, con 20. Chuquisaca registró 6, Beni 5, Tarija 4, Oruro 3 y Pando 2.
El contacto con niñas, niños o adolescentes con fines sexuales mediante tecnologías de información y comunicación constituye el delito más frecuente, con 34 casos. Le siguen la producción de material de abuso sexual, con 23; el abuso sexual mediante medios digitales, con 13; la posesión o comercialización de material de abuso y explotación sexual, con 12; y la exposición a contenido sexual, con 10 casos.
La Ley 1636 comenzó a generar una respuesta institucional específica y permitió registrar conductas que anteriormente podían enfrentar dificultades para ser investigadas bajo figuras penales diseñadas para contextos no digitales. Sin embargo, las 92 denuncias no deben interpretarse como la totalidad de la violencia sexual digital existente. Representan casos conocidos y registrados por el Ministerio Público; pero el subregistro puede ser también alto. También es necesario conocer cuántos casos terminaron en imputaciones, acusaciones, sentencias, medidas de protección y reparación para las víctimas.
La protección digital comienza en el hogar. Es recomendable mantener conversaciones frecuentes y sin juicios sobre redes sociales, videojuegos, chats, fotografías íntimas, perfiles falsos, grooming y sextorsión. Los padres deben enseñar que ningún adulto o adolescente tiene derecho a exigir fotografías o videos íntimos.
También es importante establecer acuerdos familiares sobre privacidad, contactos y uso de dispositivos, revisar conjuntamente las configuraciones de seguridad y enseñar a los hijos a reconocer situaciones de riesgo. Ante una amenaza o extorsión, no se debe culpar, castigar ni avergonzar al menor. Se deben conservar mensajes, perfiles, enlaces y capturas como posibles evidencias y acudir a la Policía, Fiscalía o Defensoría de la Niñez y Adolescencia.
La responsabilidad de proteger a niñas, niños y adolescentes frente a la violencia sexual digital corresponde al Estado, las familias, las instituciones educativas y la sociedad en su conjunto.








