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Vida en familia

¿Qué hacer ante el discurso radical de un adolescente?

Las redes sociales son entornos diseñados bajo una lógica empresarial muy concreta que prioriza el contenido controvertido y que genere tráfico (y también odio); nuestra primera reacción debe ser de empatía

Reportajes
  • Silvia Díaz Fernández e Ingrid Mosquera Gende
  • 18/04/2026 00:00
¿Qué hacer ante el discurso radical de un adolescente?
Los adolescentes van formando sus ideas mediante la validación

Comentarios irónicos que normalizan estereotipos, bromas reiteradas sobre colectivos concretos, referencias constantes a “lo políticamente correcto” o uso de jerga específica que denota familiarización con entornos de potencial radicalización (por ejemplo, uso de palabras como simp)… ¿qué podemos hacer los adultos, en casa y en la escuela, ante estos posicionamientos por parte de los adolescentes?

Nuestra reacción puede marcar la diferencia. Si respondemos señalando, culpabilizando o prohibiendo, reforzamos el marco que este perfil de usuario ya maneja: la idea de que existe una élite moral que silencia a quienes “dicen la verdad”. La estigmatización puede convertirse en combustible identitario.

¿Piensan eso realmente?

Cuando escuchemos una expresión, una frase o un discurso claramente radicalizado o que incita al odio por determinados colectivos, debemos ser conscientes de que esas ideas no suelen partir del adolescente que las dice, sino de lo que las redes han querido enseñarles. Eso no quiere decir que haya que pasarlo por alto.

Plataformas como TikTok, YouTube o Instagram no son simples espacios de sociabilidad; son entornos diseñados bajo una lógica empresarial muy concreta. Su modelo económico depende de capturar y retener atención, por lo que siempre priorizan contenido controvertido y que genere tráfico.

Por eso, los mensajes antifeministas, racistas o contra la libertad de identidad sexual no deben entenderse como un fenómeno aislado o meramente ideológico. Muchos chicos que consumen este contenido no lo hacen, al menos de entrada, porque “odien el feminismo” o el progresismo social en general. Lo hacen porque se lo encuentran más, porque lo potencian los algoritmos para activar emociones potentes –agravio, frustración, sensación de injusticia– y se articulan en formatos breves, virales y fácilmente compartibles.

Esa falta de referentes claros puede traducirse en frustración o inseguridad, emociones que determinados contenidos digitales saben identificar y amplificar con gran eficacia.

Un malestar con base real

Por ejemplo, en el caso del antifeminismo, nos encontramos ante la siguiente situación. Muchos adolescentes crecen en un contexto de transformación acelerada de los roles de género sin que necesariamente dispongan de herramientas simbólicas para interpretar esos cambios.

Al mismo tiempo que el discurso público plantea –con razón y urgencia– la necesidad de masculinidades más igualitarias, corresponsables y no violentas, los procesos de socialización masculina siguen anclados, en buena medida, en lógicas tradicionales de éxito asociadas a la competencia, la acumulación y la validación a través del estatus. Es decir, reciben constantemente, y por diferentes vías, planteamientos contradictorios.

A este contexto se suma un elemento fundamental: la búsqueda de pertenencia. Muchos de estos espacios digitales no solo difunden ideas, sino que ofrecen comunidad, reconocimiento y validación. El adolescente no solo consume contenido, sino que encuentra un grupo que refuerza sus percepciones y le ofrece una identidad clara frente a un entorno que percibe como confuso o contradictorio. La lógica de “nosotros contra ellos” simplifica la realidad y convierte el malestar difuso en una narrativa compartida.

En ese cruce de mensajes, no es extraño que algunos busquen respuestas simples en discursos que ofrecen certezas rápidas, aunque sean excluyentes o reduccionistas.

Empatizar y escuchar

Desde una perspectiva preventiva, el primer movimiento debería ser empático. Empatía no significa legitimar posiciones reaccionarias, sino reconocer que detrás de ciertos discursos hay experiencias de desorientación o pérdida de referencias.

Manipulación Los mensajes antifeministas, racistas o contra la libertad de identidad sexual no deben entenderse como un fenómeno aislado, son construidos para consumirse más porque despiertan emociones y por ende, reacciones

Escucharlos, entender sus necesidades y deseos desde su perspectiva, es la mejor manera de prevenir y contrarrestar esos mensajes.

Es importante abrir espacios de conversación, tanto en casa como en los centros educativos, en los que se puedan discutir tensiones y conflictos sin reducirlos a consignas.

Y también trabajar la alfabetización mediática desde una perspectiva crítica: comprender cómo operan los algoritmos, por qué ciertos contenidos se recomiendan de forma recurrente, qué significa que una plataforma priorice la interacción por encima de la deliberación. Existen experiencias muy interesantes al respecto.

También es importante distinguir entre una fase exploratoria —propia de la adolescencia— y un proceso de fijación más rígido. La repetición constante de ciertos discursos, el rechazo frontal a cualquier matiz o la adopción de un lenguaje cada vez más excluyente pueden ser señales de alerta. No se trata de sobrerreaccionar ante cada comentario, sino de observar patrones y evolución en el tiempo.

Gobernanza tecnológica

Y, sobre todo, implica asumir que esto no va sólo de adolescentes. El ecosistema digital responde a intereses económicos y decisiones políticas. Si las plataformas premian el conflicto porque genera clics, estamos ante una cuestión de gobernanza tecnológica y regulación del mercado, no ante un déficit moral juvenil. Desplazar la responsabilidad exclusivamente hacia las familias o hacia los propios chicos es una forma de invisibilizar esa dimensión estructural.

Hablar, explicar y escuchar no es ingenuidad; es estrategia. La radicalización no se desactiva mediante el silencio ni mediante el castigo automático, sino generando condiciones para que otras formas de pertenencia y de masculinidad sean pensables y vivibles.

Diálogo para elaborar pensamiento

En lugar de plantear la confrontación como “corregir”, es más útil crear condiciones en las que adolescentes puedan hablar de lo que han visto o escuchado en redes y sentir que se les toma en serio. Mantener conversaciones en las que los adolescentes puedan expresarse favorece que elaboren sus propias ideas en lugar de limitarse a reproducir consignas.

Desde ese punto, se puede trabajar el pensamiento crítico de forma gradual y contextualizada, animando a explorar distintas fuentes por curiosidad, no por obligación. Fomentar que compartan su perspectiva y escuchar sin juzgar mejora la comunicación y genera oportunidades para que miren más allá de lo que les “enseñan” los algoritmos sin que sientan que su identidad está siendo atacada.

Desde nuestra acción individual no podemos cambiar la estructura del capitalismo digital, que explota malestares sociales específicos en edades tempranas con fines económicos. Pero lo que sí está en nuestras manos es reflexionar sobre nuestra participación en las redes sociales, el contenido que recibimos y ser conscientes de que ningún mensaje radical suele ser fortuito y espontáneo, sino que está meditado y medido. Hagamos al menos lo mismo, reflexionemos antes de escribir, compartir o comentar.

 

El grupo de pares es clave

El grupo de pares cumple un papel central en la adolescencia: no es solo un espacio de socialización, sino un marco de validación identitaria. En esa etapa, el reconocimiento de los iguales pesa tanto —o más— que el de los adultos. Pertenecer, ser aceptado y no quedar excluido se convierte en una prioridad que condiciona conductas, discursos y posicionamientos.

Por eso, muchas expresiones que pueden parecer ideológicas responden, en realidad, a dinámicas de grupo. Repetir una broma, adoptar una jerga o alinearse con determinadas opiniones puede ser, simplemente, una forma de no quedar fuera. El problema surge cuando esas dinámicas refuerzan discursos de exclusión o normalizan el desprecio hacia otros.

Entender este funcionamiento es clave para intervenir. No se trata solo de corregir ideas individuales, sino de generar entornos donde el reconocimiento no dependa de reproducir estereotipos. Ofrecer alternativas de pertenencia —basadas en el respeto, la empatía y la diversidad— es una de las herramientas más eficaces para contrarrestar estas derivas.

 

 

Enfrentando al odio en las redes

Por Anael Torres/Psicóloga

Los discursos de odio se amplifican en entornos digitales, aquellos que se ceban y segregan más a comunidades específicas, como personas LGBTIQ+, los migrantes, indígenas, feministas, así como minorías de todo tipo. Las mentiras y la desinformación que circula digitalmente, así como la influencia y la alienación de los algoritmos, favorecen a que las personas se radicalicen y tomen posturas claramente partidarias del odio, especialmente a minorías.

Entre todas las personas expuestas a esta problemática actual, niños y adolescentes merecen especial atención. Ellos, en un alto porcentaje, se informan a partir de lo que tienen en redes sociales; al no contar aun con un criterio más completo e informado sobre diferentes situaciones, pueden verse altamente influidos por lo que sus redes les muestran y comunican. Los discursos radicales, con altas dosis de agresividad y odio, pueden influir fuertemente en sus opiniones y percepciones.

Al respecto, estudios señalan que aproximadamente dos tercios (64%) de los adolescentes están "a menudo" o "a veces" expuestos a contenido de odio en línea (Pew Research Center, 2022). Esta exposición regular a comentarios agresivos, hirientes, de discriminación o acoso tiene un efecto perjudicial en el bienestar de los más chicos.

Consecuentemente, la normalización de la agresión en línea puede conducir a que algunos chicos también  reproduzcan esas conductas: cerca del 30% de los adolescentes admite haber participado ellos mismos en comportamientos de "hater" en redes en alguna ocasión (UNICEF, 2020). Esto demuestra que el fenómeno no solo afecta a víctimas directas, sino que forma parte de una cultura digital más amplia que puede influir en los valores y comportamientos de la adolescencia.

El poder del anonimato no exime a nadie de asumir lo que dice o comparte en entornos digitales; y esto no es restringir la libertad de expresión. En el caso de nuestros hijos es enseñarles a ser cautos y responsables sobre lo que opina y a quienes va dirigido.

Es importante reflexionar con ellos en que todo vínculo parte del respeto, y que podemos poner freno al odio evitando replicar comentarios discriminatorios y que aumenten la violencia contra el otro. Así, la empatía y la tolerancia son cualidades importantes a desarrollar en un niño o adolescente expuesto a contenido digital. También ayuda la reflexión sobre las consecuencias de acciones y comentarios con carga agresiva en los entornos digitales; puede ayudar a prevenir que los discursos de odio se conviertan en violencia digital.

Dialogar, mostrar las diferentes caras de una moneda de un tema en particular, también puede desarrollar sentido crítico en un adolescente para que enfrente u sea menos vulnerable a la alienación digital y el radicalismo que pueden tener sus percepciones, especialmente aquellas con perfil discriminatorio hacia otros. Se puede acompañarles también a verificar noticias o hechos para que conozcan las diferentes aristas de una situación en particular, formen criterios más amplios y lidien informadamente contra radicalismos.

Fomentar el dialogo, la reflexión, la cultura de paz y el respeto a los derechos humanos ya no es algo que se defiende solo en las calles; ahora se aprende y se reivindica también en el mundo digital.

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