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Vida en Familia

Cómo impactan las redes en la autoestima de las adolescentes

Dejar de seguir perfiles que generen comparación, sustituirlos por contenidos positivos que promuevan la diversidad o establecer tiempos sin pantallas, son herramientas para proteger la percepción de valía y la salud mental de las jóvenes

Reportajes
  • Diana Oliver para Papás y Mamás de El País
  • 21/02/2026 00:00
Cómo impactan las redes en la autoestima de las adolescentes
Las 'influencers' actúan como un espejo en el que muchas adolescentes comparan su valor, su imagen y sus intereses con los modelos de éxito y belleza más aceptados. Foto: Revista Telva

Las adolescentes no lo tienen fácil. Si bien es cierto que, como apunta la última encuesta ESTUDES publicada a principios de noviembre, parece que su salud es mejor que nunca debido a lo mucho que se ha reducido el consumo de alcohol, tabaco y cannabis, no parece que puedan esquivar la crisis de salud mental que impregna nuestro contexto actual. Aunque sus hábitos hayan mejorado, muchas chicas jóvenes luchan por sentirse suficientes en un entorno cada vez más exigente. Así lo señalan diversas investigaciones de los últimos años, como un estudio realizado en 2023 en Suecia —The association between adolescents’ self-esteem and perceived mental well-being in Sweden in four years of follow-up— que concluía que la baja autoestima en la adolescencia tiene impacto a medio plazo sobre el bienestar mental, especialmente en chicas; o el llevado a cabo en España en 2024 —Self-esteem Levels in a Representative Sample of Spanish Adolescents: Analysis and Standardization— que observó que los chicos presentan una valoración de sí mismos más alta que ellas, especialmente al inicio de esta etapa vital.

“La autoestima en los chicos y chicas, además de ser inestable, es muy sensible a la mirada externa”, explica Sara Desirée Ruiz, educadora social especializada en adolescencia y psicoterapeuta. Según la experta, esta se construye en función de la aceptación social, es decir, del valor que creemos tener según cómo nos perciben y valoran los demás. Durante la adolescencia, esta construcción se vuelve especialmente sensible a la opinión del entorno. Un entorno marcado profundamente por las redes sociales, que incluso intensifican esa dependencia del reconocimiento externo: los Me gusta, los comentarios o las visualizaciones actúan como equivalentes digitales del reconocimiento social, ampliando el número de miradas y juicios que antes provenían solo del entorno más cercano.

Sobre esto cuenta Elena Daprá, psicóloga sanitaria y directora del centro que lleva su nombre, que muchas adolescentes confunden el valor personal con la visibilidad digital y en consulta ve que esto genera una gran fragilidad emocional: “Cuando la aprobación baja, también lo hace su percepción de valía. Aprenden a quererse solo si el entorno aprueba su imagen, no por lo que realmente son”. Este impacto de las redes sociales en la autoestima, y, por tanto, en el bienestar psicológico, ocurre especialmente entre las chicas, sostiene Daprá. “El estudio de 2025 Adolescentes, TikTok e Instagram: percepciones sobre el impacto de las tecnologías digitales en su vida social, elaborado por investigadores de la Universia Pompeu Fabra y de la Universitat Oberta de Catalunya, concluye que ellas hacen un uso más intensivo de las redes sociales, pero, además, se sienten más presionadas por la imagen y el aspecto físico que se proyectan sobre ellas", aporta.

Las influencers actúan como un espejo en el que las adolescentes comparan su valor, su imagen y sus intereses con los modelos de éxito y belleza más aceptados. Sin embargo, Ruiz señala que la influencia no es negativa en sí misma: puede ser saludable si las creadoras muestran diversidad, autenticidad y vulnerabilidad, ofreciendo referentes reales y coherentes. Es decir: pueden reforzar la identidad y la pertenencia al grupo, dos aspectos claves de esta etapa. El problema, según señala esta experta, es la falta de pensamiento crítico y de acompañamiento adulto que ayude a las jóvenes a interpretar los contenidos que consumen.

Comparte su opinión Laura Ferrer, educadora social y especialista en educación sexual y emocional. Ella añade que otro aspecto negativo es la sexualización temprana que provoca el idealismo de algunos influencers en redes y series que promueven actitudes hipersexuales. “Esta proyección sexual aumenta la vulnerabilidad de las jóvenes online, exponiéndolas a interacciones inadecuadas, acoso o contenido para adultos, lo que las pone en un riesgo más alto de sufrir abuso o grooming —práctica en la cual un adulto establece una relación de confianza con un niño, niña o adolescente con el propósito final de abusar sexualmente—”, señala.

Una de las dificultades frecuentes que observa la educadora cada vez más pronto en niñas es el malestar o insatisfacción corporal. “Las chicas lo ven como un fallo personal con pensamientos como ‘No soy suficientemente delgada’ o ‘No soy lo bastante atractiva”. Apunta Ferrer que esta presión estética y esta sexualización son factores desencadenantes claves de los Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA), la dismorfia corporal o la ansiedad social. “La presión no es solo por ser atractiva, sino por encajar en una apariencia muy concreta e hipersexualizada: un cuerpo delgado, curvas definidas, rasgos faciales infantiles pero sexualizados, maquillaje y vestimenta provocativa a edades tempranas…”.

Educar en una menor dependencia de la aprobación externa

Ruiz advierte que las adolescentes imitan los patrones que perciben como premiados —gestos, ropa, actitudes— para sentirse parte del grupo. Por eso, más que prohibir o censurar, considera necesario educar y acompañar a las jóvenes desde el diálogo para que comprendan el origen de estas dinámicas y desarrollen una autoestima menos dependiente de la aprobación externa. “Es interesante ayudarlas a entender que su cuerpo forma parte de su identidad, pero no define su valor. El objetivo es enseñarles a cuidar su cuerpo desde la salud y el bienestar, no solo desde la estética”, explica.

“El trabajo terapéutico pasa por reconstruir el vínculo consigo mismas, más allá del reflejo digital”, sostiene Daprá. Al igual que Ruiz, considera que funciona todo lo que promueva el pensamiento crítico y el autoconocimiento: enseñar a cuestionar lo que se ve, a quién se le da autoridad, hablar de la diferencia entre imagen y realidad y, sobre todo, reforzar los logros no visibles en una pantalla.

Ferrer propone diversas herramientas para proteger la autoestima y la salud mental de los jóvenes frente al impacto de las redes sociales. Destaca la creación de talleres para desmontar los filtros, el Photoshop y las aplicaciones de edición, con el fin de mostrar que las imágenes idealizadas son irreales y reducir así la comparación social. También considera útil enseñar cómo funcionan los algoritmos y cómo manipulan las emociones, lo que ayuda a disminuir la culpa o la sensación de fracaso cuando no se recibe validación externa. Recomienda, además, dejar de seguir cuentas que generen ansiedad o comparación y sustituirlas por contenidos positivos que promuevan la diversidad, el body positive auténtico, el humor, el arte o el aprendizaje. Esto, dice, contribuye a normalizar distintos tipos de cuerpos y estilos de vida, reduciendo la presión estética. Y sugiere establecer límites de uso, como zonas sin pantallas o tiempos específicos sin redes, para favorecer la conexión con la vida real y reforzar fuentes de autoestima más allá de la imagen online. También invita a usar las redes de forma creativa, compartiendo pasiones o conocimientos en lugar de solo consumir contenido, lo que fortalece la autoeficacia y la confianza personal.

Por último, para las expertas consultadas es clave fomentar la conversación emocional: saber cómo se sienten cuando se comparan, qué creen que valen más allá de las redes. Una conversación que debe promoverse tanto en la familia como en los centros educativos. Para Ruiz, “es responsabilidad de todos ayudarlas a que entiendan que su valor no depende de la mirada ajena, sino de lo que son y de cómo se sienten consigo mismas”.


¿A qué edad entrar en el mundo digital? Claves en Bolivia

En Bolivia no existe una edad específica fijada por ley para abrir redes sociales, pero las plataformas mantienen el mínimo internacional de 13 años. Más allá de lo legal, especialistas en educación y psicología infantil recomiendan cautela: en un país donde el acceso a internet móvil ha crecido con rapidez en la última década, muchas niñas ingresan al mundo digital sin suficiente alfabetización mediática.

La adolescencia temprana —entre los 11 y 14 años— es especialmente sensible a la comparación social y a la presión estética, fenómenos amplificados por TikTok e Instagram. Por eso se aconseja un acceso progresivo, con supervisión adulta, acuerdos claros de uso y educación digital desde la escuela y la familia. Más que prohibir, el reto en Bolivia es acompañar y formar criterio para que la identidad no dependa de la pantalla.


Prohibir las redes para los adolescentes ¿es suficiente?

Por Anael Torres Gorena/Psicóloga

Australia se encuentra liderando un movimiento político para prohibir el acceso a redes sociales a menores de 16 años. A partir de su firme voluntad, varios países entre ellos Francia, España, Reino Unido y Estados Unidos estudian sus propias prohibiciones así como sistemas de verificación de edad y consentimientos parentales más efectivos para que un adolescente acceda a ser usuario de las redes.

Las medidas buscan reducir el impacto de la adicción a las plataformas, la exposición a contenidos dañinos y de los efectos derivados del ciberacoso. El movimiento creciente denota la importancia cada vez mas alta respecto a los riesgos de los contenidos digitales sobre la salud mental de los adolescentes, convirtiéndose en una preocupación ya de orden internacional.

Justamente esta semana, Mark Zuckerberg, compareció frente a un juzgado por primera vez por una demanda de adicción extrema de menores a las redes sociales. El caso se ha mediatizado de manera profunda, como es de esperarse. En las afueras le esperaban los medios y una docena de padres cuyos hijos murieron por problemas derivados de las adicciones a las redes.

En días pasados, Adam Mosseri, uno de los altos directivos de Instagram, ha reconocido por su parte frente al juzgado, que existe consumo problemático de los adolescentes a las redes sociales pero negó que sus usuarios puedan ser “clínicamente adictos” a las mismas.

Reconocer los riesgos así como los efectos dañinos a los que están expuestos nuestros niños y adolescentes frente a las redes sociales e intentar ponerle freno legal a los gigantes digitales a nivel global, constituye un hito que puede sentar jurisprudencia ante las miles de denuncias existentes y especialmente establecer la obligatoriedad de medidas efectivas para proteger la salud mental de los niños frente a contenido digital. Sin embargo ¿esto es suficiente?

Analistas menos entusiastas indican que no es suficiente con prohibir las redes sociales a niños y adolescentes. Creen que sin educación digital así como regulación y supervisión de las plataformas, las restricciones pueden ser ineficaces y pueden desplazar a nuestros más jóvenes a espacios inseguros.

Enseñar a nuestros chicos como usar una red social, qué compartir y qué no, la vulnerabilidad ante el algoritmo, los riesgos ante los que se exponen; son tareas sumamente importantes que no debemos soslayar. La educación es lenta y compleja pero también es posible que aporte más resultados que la sola prohibición.

Nos reta también como padres a informarnos y saber usar las redes sociales, filtros, controles parentales y otros relacionados cuando los adolescentes tengan edad de tener acceso a las redes sociales y poder hacer acompañamiento para que estos puedan estar preparados para hacer buen uso de ellas.

Acercar la reflexión junto a la comunicación abierta con nuestros niños y adolescentes respecto a este tema se muestra como un puntal paralelo tan importante como la propia prohibición. No podemos postergar este trabajo, podemos empezar desde hoy.

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