Vida en familia
Cómo la violencia en la crianza afecta al desarrollo infantil
En Bolivia, más de la mitad de los niños sufre algún tipo de violencia en el hogar bajo la idea de “corregir”. La ciencia demuestra que esos castigos no educan: dañan el cerebro, la autoestima y el vínculo afectivo. UNICEF propone reemplazar el miedo por ternura y autoridad por empatía
Las palmadas, los gritos, las amenazas o la humillación siguen presentes en muchos hogares bolivianos como parte del repertorio disciplinario hacia los niños y niñas. Se los llama “castigos”, pero su verdadero impacto va mucho más allá del momento. La violencia, incluso la que se ejerce sin intención de dañar, deja marcas profundas en el cerebro, las emociones y la autoestima de los más pequeños.
Así lo advierte Fernando González, Oficial de Salud y Desarrollo Infantil Temprano de UNICEF, quien asegura que “la violencia en la crianza tiene un impacto directo en el desarrollo y comportamiento de los niños y niñas. Aquellos expuestos a castigos físicos o psicológicos presentan un desarrollo menor que otros de su edad”.
La advertencia no es nueva, pero en Bolivia sigue siendo urgente. Según estudios de UNICEF y del Ministerio de Justicia, más de la mitad de los niños bolivianos ha sufrido algún tipo de violencia física o emocional dentro del hogar, muchas veces bajo la idea de “corregir” o “educar”. Lo que la ciencia demuestra, sin embargo, es que esas prácticas no solo no enseñan, sino que interrumpen procesos esenciales del desarrollo infantil.
El costo invisible del castigo
Durante los primeros años de vida, el cerebro de un niño crece con una rapidez extraordinaria. Cada experiencia, cada gesto de cuidado o de agresión, deja una huella biológica. Por eso González advierte que el castigo físico y el maltrato emocional pueden generar un “estrés tóxico”, una exposición prolongada a tensiones que altera el desarrollo fisiológico del cerebro y afecta el crecimiento físico, cognitivo, emocional y social.
“Los niños que crecen con padres autoritarios, que emplean métodos disciplinarios violentos de forma regular, tienen mayor probabilidad de mostrar baja autoestima, peores resultados académicos y mayor tendencia a la agresividad o al consumo de sustancias peligrosas durante la adolescencia”, explica el especialista.
Recurrente Según estudios de UNICEF y del Ministerio de Justicia, más de la mitad de los niños bolivianos ha sufrido algún tipo de violencia física o emocional dentro del hogar
En Bolivia, psicólogos y educadores observan el mismo patrón: niños que se vuelven retraídos o violentos, adolescentes que replican los mismos modelos de castigo y familias que, generación tras generación, reproducen una cultura donde el golpe, el grito o la humillación son vistos como parte normal de la crianza.
Una generación en transición
El estudio CAP de UNICEF y la Pontificia Universidad Católica de Chile, que analiza los conocimientos y prácticas de crianza, identifica un fenómeno que también se percibe en Bolivia: una generación de padres y madres en transición.
“Pasamos de una cultura que validaba el castigo físico a una que valora la cercanía, la comunicación y la reflexión —explica González—, pero muchos padres aún carecen de herramientas concretas para ponerlo en práctica”.
Ese vacío genera un vaivén entre la autoridad punitiva y el permisivismo, donde los adultos castigan y luego se culpan, o ceden ante la frustración de sus hijos por miedo a parecer “duros”. El resultado: una crianza desbalanceada que ni enseña límites claros ni fortalece el vínculo afectivo.
El desafío, según UNICEF, es formar padres con autoridad empática, capaces de establecer normas sin violencia, entender las emociones de sus hijos y regular las propias.
Alternativas reales: la parentalidad positiva
La parentalidad positiva es el enfoque que promueve UNICEF en toda la región y que en Bolivia comienza a ser adoptado por programas públicos y comunitarios. Se trata de una forma de crianza que combina el afecto con la firmeza, el acompañamiento con la autonomía.
“Consiste en enseñar a los niños y niñas a manejar sus emociones, comprender las reglas y asumir responsabilidades, pero en un entorno seguro, acogedor y estimulante”, señala González.
La parentalidad positiva se apoya en cinco pilares:
- Ambientes seguros y estimulantes, donde el niño pueda explorar sin miedo.
- Relaciones basadas en el afecto y la comunicación.
- Normas consistentes y asertivas, adecuadas a la edad.
- Expectativas razonables, tanto de los hijos como de los padres.
- Autocuidado de los adultos, porque una crianza sana exige también bienestar emocional.
En Bolivia, experiencias como los programas de “Crianza con ternura”, impulsados por iglesias, municipios y organizaciones sociales, demuestran que es posible educar sin violencia y fortalecer la confianza familiar.
Cómo manejar los conflictos sin gritar ni pegar
UNICEF insiste en que las rabietas o “pataletas” son parte natural del desarrollo infantil. Lo importante no es reprimirlas, sino acompañarlas.
“El adulto debe mantener la calma y reconectar emocionalmente —explica González—. Agacharse a la altura del niño, mirarlo a los ojos, ofrecer un abrazo. Esa conexión baja la tensión y enseña regulación emocional.”
Si el niño golpea, muerde o grita, el enfoque positivo propone marcar el límite (“no se pega”), explicar por qué está mal y redirigir la atención hacia otra actividad. La clave es enseñar empatía y autocontrol, no infundir miedo.
Por el contrario, prácticas como los gritos, el aislamiento forzado o la “ducha fría” solo aumentan la frustración y la agresividad, empeorando el comportamiento. “El castigo físico —dice el experto— no enseña por qué algo está mal; solo enseña a tener miedo”.
Romper el círculo
Las prácticas violentas de crianza tienen raíces culturales profundas. En Bolivia, frases como “a mí también me pegaron y salí bien” o “la letra con sangre entra” siguen justificando lo injustificable. Pero cada vez más familias empiezan a cuestionarlas.
“El cambio empieza cuando las normas sociales dejan de considerar aceptable la violencia hacia niños, niñas y adolescentes”, afirma González. No se trata solo de modificar conductas individuales, sino de redefinir lo que como sociedad entendemos por educación y autoridad.
Mientras tanto, miles de niños bolivianos crecen entre el cariño y el miedo, entre el abrazo y el grito. El reto está en elegir todos los días el camino del respeto. Porque como recuerda UNICEF, el amor nunca duele, y la ternura también educa.
Decálogo de buenas prácticas parentales para educar sin violencia
- Respira antes de reaccionar. Calmarse es el primer paso para educar con empatía. Ninguna lección se enseña desde la rabia.
- Habla con tus hijos, no sobre ellos. Escucha sus emociones y explícales las tuyas; la comunicación es la base del respeto mutuo.
- Establece límites claros y consistentes. Las reglas deben ser comprensibles, adecuadas a la edad y aplicadas sin amenazas.
- Elogia los avances, no solo corrijas los errores. El refuerzo positivo genera más aprendizaje que el castigo.
- Acompaña, no controles. Deja que tus hijos exploren, se equivoquen y aprendan con tu guía cercana.
- Evita etiquetas. No digas “eres malo” o “siempre haces lío”; describe la conducta, no la identidad del niño.
- Usa el juego como herramienta educativa. Jugar enseña empatía, autocontrol y cooperación mejor que cualquier sermón.
- Cuida tu propio bienestar emocional. Los niños aprenden más del ejemplo que de las palabras. Un adulto agotado tiende a reaccionar con violencia.
- Pide ayuda si lo necesitas. Nadie nace sabiendo ser padre o madre; buscar orientación es un acto de amor, no de debilidad.
- Recuerda: el afecto no malcría. Los abrazos no son premios, son necesidades. Un niño que se siente querido aprende mejor a querer.
(*) Estrés tóxico: término utilizado por la neurociencia para describir la exposición prolongada de un niño o niña a situaciones de violencia, abandono o miedo, sin apoyo afectivo suficiente.
Con información de UNICEF Chile.
Padres que eligen educar con ternura
En distintos rincones del país, cada vez más madres, padres y educadores están desafiando una creencia arraigada: que para enseñar hay que hacer sufrir. En barrios, escuelas y comunidades rurales se multiplican los talleres de “crianza positiva”, donde los adultos aprenden a poner límites sin gritar, a escuchar sin juzgar y a corregir sin golpear.
En Tarija, Cochabamba o El Alto, las experiencias impulsadas por organizaciones como UNICEF, Aldeas Infantiles o “Crianza con ternura” muestran resultados alentadores: menos conflictos, más diálogo y niños que confían en sus padres. “Educar sin violencia no significa dejar hacer todo; significa enseñar desde el respeto”, resume una facilitadora comunitaria.
El cambio no es inmediato, pero ya empezó. En muchos hogares, los gritos se reemplazan por conversaciones; el castigo, por reflexión; y la obediencia ciega, por cooperación. Son pequeños gestos —un abrazo a tiempo, una disculpa sincera, una regla explicada con calma— los que están escribiendo una nueva historia de paternidades y maternidades más humanas.
Porque criar sin violencia no es una moda: es una revolución silenciosa que empieza en casa.
Eydan, Samantha y los 23 niños asesinados este año
Por Anael Torres Gorena
Psicóloga especialista en psicología jurídica y forense
En los últimos 10 días se contabilizaron tres nuevos posibles infanticidios en Bolivia. Eydan de 2 años, procedente de Tipuani, murió después de pasar días en agonía y con muerte cerebral tras sufrir un traumatismo cráneo encefálico grave, desnutrición, neumonía, deshidratación severa, signos de maltrato infantil y negligencia extrema continuada. El cuerpo de Samantha de 10 años fue encontrado enterrado en La Paz, después de un año de su desaparición. Finamente en Oruro fue encontrada una bebé no identificada de aproximadamente dos meses, también con signos de asfixia mecánica como posible causa de muerte.
Con estos nuevos hechos ya se cuenta con 25 niños asesinados en Bolivia en lo que va del año. Según datos de Ministerio Publico la mitad de ellos tenía menos de 3 años. Hasta septiembre de este año, el 45% de las muertes fueron causadas por golpes o traumas, 27% por asfixia y el 18% por intoxicación con sustancias químicas. Impacta que el 53% de los delitos acontecieron en el hogar, siendo responsables principalmente los padres, tutores o algún familiar directo: el 22% de los casos fue la madre, en el 18% el padrastro y en el 13% el padre biológico.
El nivel extremo de violencia contrasta con la enorme vulnerabilidad y dependencia que tenían estos niños respecto a sus cuidadores, quienes debían encargarse de protegerles y en muchos casos fueron sus asesinos. Los menores no estaban en condiciones de defenderse ni de pedir ayuda, aumentando el ensañamiento y la gravedad de estos hechos tan terribles.
Los infanticidios evidencian la vulnerabilidad de nuestras infancias y constituye la forma más grave y extrema de violencia hacia niños y niñas. En el interior de este extremo y sin llegar a infanticidios, en el hogar boliviano a diario se descargan diferentes niveles de violencia contra los niños: de 2021 a 2024, se registraron 36.533 denuncias de delitos contra menores de edad en nuestro país y solo hasta junio de este año se registraron 4.508 denuncias de delitos que van desde la violencia sexual hasta la familiar. Dentro de esta última, el tipo de violencia que más se ejerce es la violencia física, con el 78,47%. En este sentido el hogar, que debería ser un lugar seguro, muestra una vez más que nuestro país sigue siendo violento de puertas para adentro.
El impacto de la violencia en la vida del niño es muy grande, genera afectaciones y daños cerebrales permanentes cuando es continua y en edades tempranas; también puede provocar baja autoestima, soledad y abandono, angustia y depresión, trastorno de identidad, riesgo grave de desarrollar problemas de salud mental en la juventud y adultez, y de repetir el ciclo cuando sean adultos, involucrarse en relaciones abusivas o volverse también abusivos.
Urge concienciar como sociedad en los efectos tan adversos de la violencia en nuestros métodos de crianza. Urge también mayor participación del Estado en la protección integral de nuestros niños, fortaleciendo a los sistemas familiares, comunitarios, de salud y educación en la detección, alerta temprana y denuncia de hechos de vulneración donde se pueda actuar oportunamente y prevenir hechos tan lamentables y dolorosos como es la pérdida de la vida de un niño como víctima de violencia.








