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Vida en familia

Alerta: ¿Qué hay detrás de las autolesiones adolescentes?

Las autolesiones en niños y adolescentes reflejan un sufrimiento emocional profundo. Comprender sus causas, reconocer señales de alerta y ofrecer acompañamiento afectivo y profesional es clave para prevenir conductas de riesgo y fomentar una gestión saludable de las emociones desde la infancia.

Reportajes
  • Lidia García Asensi para elmundo.es
  • 13/09/2025 00:00
Alerta: ¿Qué hay detrás de las autolesiones adolescentes?
El apoyo familiar es clave

Las autolesiones en niños y adolescentes son una realidad que preocupa cada vez más a familias, educadores y profesionales de la salud mental. Aunque durante mucho tiempo fue un tema silenciado o incluso invisibilizado, hoy se reconoce como una problemática seria que requiere atención, comprensión y acompañamiento.

La psicóloga Lidia García Asensi recuerda que entender qué puede llevar a un menor a herirse y qué papel debemos asumir los padres resulta fundamental para frenar estas conductas. Descubrir que un hijo se ha provocado cortes u otro tipo de daño físico produce una reacción inmediata de desconcierto y angustia. De golpe aparecen preguntas cargadas de dolor: ¿desde cuándo ocurre?, ¿por qué no nos lo contó antes?, ¿hemos fallado como familia? Más allá de la cantidad de tiempo que lleve sucediendo, lo verdaderamente relevante es comprender el origen emocional de estas conductas y, sobre todo, por qué el niño o adolescente no se sintió con la confianza suficiente como para compartir lo que le pasaba antes de llegar a ese punto.

El malestar interno que se esconde tras las autolesiones

Es importante subrayar que las autolesiones no deben interpretarse automáticamente como un intento de suicidio. En la mayoría de los casos, se trata de una estrategia de afrontamiento ante un sufrimiento psicológico muy intenso. Jóvenes que carecen de las herramientas necesarias para identificar, expresar y regular sus emociones encuentran en el dolor físico una especie de válvula de escape.

Imaginemos que alguien nos entrega un aparato nuevo con las instrucciones escritas únicamente en ruso. No entendemos nada, nos frustramos, nos sentimos incapaces de manejarlo. Algo similar ocurre con las emociones cuando los adolescentes no cuentan con el vocabulario ni la guía adecuada para comprenderlas. Ante esa impotencia, recurren a alternativas drásticas.

Las habilidades emocionales se aprenden, no nacen de manera espontánea. Se desarrollan en el entorno más cercano, a través de la relación con los adultos de referencia. Cuando ese aprendizaje falla —por ausencia, por falta de comunicación, por rigidez o por exceso de exigencias— aparecen riesgos como el de la autolesión. El joven descubre que el dolor físico le produce un alivio momentáneo. La tensión baja, la angustia se suaviza, aunque solo sea durante unos minutos. Ese alivio actúa como un refuerzo, empujando a repetir la conducta. El problema es que, una vez pasado el efecto, surge la culpa por haberse hecho daño. Así se construye un círculo vicioso difícil de romper.

Ideas erróneas frecuentes

Se suele pensar que las autolesiones son una simple “llamada de atención”. Esta interpretación no solo es injusta, sino que también resulta peligrosa, porque minimiza el sufrimiento real que hay detrás. Si un adolescente se hiere para atraer la atención de los adultos, conviene preguntarnos qué carencias o qué soledad le empujan a necesitar esa atención de forma tan desesperada.

En muchos casos, el trasfondo es un entorno donde no se ha permitido expresar libremente las emociones. Crecer en un hogar donde “no se habla de lo que uno siente” genera represión, y lo reprimido, tarde o temprano, busca un canal de salida. Las autolesiones aparecen entonces como una vía abrupta y descontrolada de expresión.

Otro factor frecuente es la presión desmedida. Muchos jóvenes cargan con la idea de que deben rendir académicamente, cumplir las expectativas familiares, cuidar de otros miembros de la familia o resolver problemas que no les corresponden. Cuando sienten que no llegan a esos estándares, se culpan y encuentran en el castigo físico una forma de expiación.

No faltan quienes recurren al dolor para comprobar que todavía “están vivos”. La sensación de vacío, desconexión o irrealidad puede ser tan intensa que necesitan sentir dolor para reafirmar que aún existen.

Factores de riesgo

Los estudios muestran que los factores de riesgo son múltiples: desde antecedentes de problemas psiquiátricos en la familia, depresión, consumo de alcohol o drogas, hasta experiencias de violencia, bullying o pérdidas significativas. El aislamiento social y la falta de una red de apoyo sólida incrementan las probabilidades. En contextos donde se valora excesivamente el éxito académico o la apariencia, y se minimiza el mundo emocional, los riesgos aumentan todavía más.

Señales de alerta

Detectar a tiempo las señales es clave para intervenir. Algunas de ellas son:

·        Hablar o bromear con frecuencia sobre el suicidio o la muerte.

·        Expresiones como “quisiera desaparecer” o “desearía no haber nacido”.

·        Intentos de obtener objetos cortopunzantes u otros medios para hacerse daño.

·        Cambios bruscos de humor, retraimiento extremo o conductas autodestructivas.

·        Preocupación excesiva por la muerte o la sensación de impotencia constante.

·        Despedidas inusuales de amigos o familiares, como si fueran definitivas.

 

Qué podemos hacer los padres y educadores

Prevenir y acompañar no significa controlar obsesivamente, sino generar un clima de confianza y comunicación. Desde la infancia, es necesario fomentar un espacio donde los niños puedan poner nombre a sus emociones, expresarlas sin miedo y pedir ayuda cuando lo necesiten. Escuchar sin juzgar es fundamental: no se trata de dar sermones ni de minimizar con frases como “ya pasará” o “son cosas de la edad”.

Validar lo que sienten, mostrar disponibilidad y acompañar de verdad marcan la diferencia. La prevención también pasa por enseñar habilidades concretas de regulación emocional: técnicas de respiración, escritura de un diario, actividades deportivas o artísticas que sirvan como canal de expresión.

En el ámbito escolar, es crucial que los docentes reciban formación para identificar señales de alarma y sepan cómo derivar a profesionales. La coordinación entre escuela, familia y sistema de salud puede salvar vidas.

El papel de la sociedad

La sociedad en su conjunto debe avanzar hacia una cultura que no estigmatice los problemas de salud mental. Hablar abiertamente de las autolesiones, del suicidio y del sufrimiento emocional contribuye a reducir la vergüenza y el silencio. Recordemos que cada adolescente que se autolesiona no solo está enviando un mensaje de dolor, sino que también nos está señalando fallas colectivas: falta de espacios seguros, de escucha, de contención.

Buscar ayuda profesional

Si un hijo o hija atraviesa una experiencia de este tipo, lo más importante es acompañar sin juzgar, sin minimizar, y buscar apoyo profesional lo antes posible. Los psicólogos especializados en infancia y adolescencia pueden ofrecer herramientas eficaces para reemplazar las autolesiones por formas más saludables de gestión emocional. También es fundamental que la familia participe del proceso, ya que no se trata solo de “curar al niño”, sino de generar un entorno más seguro y comprensivo.

 

 

El ABC del apoyo

Aliviar el dolor

Las autolesiones no son un intento de llamar la atención ni un acto de rebeldía; suelen ser la única forma que algunos adolescentes encuentran para aliviar temporalmente un dolor emocional intenso. Detectar estas conductas a tiempo puede marcar la diferencia entre la desesperación y la posibilidad de recibir ayuda adecuada.

La Familia

El entorno familiar es clave: una comunicación afectiva abierta y sin juicios permite que los niños y adolescentes identifiquen, expresen y gestionen sus emociones. La educación emocional desde la infancia previene la aparición de conductas autolesivas y fortalece la resiliencia frente a situaciones de estrés o presión.

Los profesionales

La ayuda profesional es esencial. Psicólogos especializados pueden ofrecer herramientas concretas para que los menores reconozcan sus emociones y encuentren alternativas saludables al daño físico. El acompañamiento cercano de la familia, junto con la intervención experta, disminuye el riesgo de que la autolesión se convierta en un patrón persistente.

 

 

Proteger la salud mental: ¿por qué hablar del suicidio?

Por Anael Torres Gorena/ Psicóloga

Este miércoles 10 de septiembre se ha conmemorado el Dia Mundial de la Prevención del Suicidio. Este tema, que muchas veces se percibe como tabú, con gran carga de miedo y estigma, es un problema global de salud.

Según datos de la Organización Mundial de la Salud es la tercera causa de muerte entre jóvenes de 15 a 29 años de edad. También informa que habría veinte intentos de suicidio por cada uno que termina realizándose. En este sentido, cada año 700 000 personas en todo el mundo acaban con su vida, de ellos 100 000 son menores de edad.

¿Qué hacer cuando la alerta de suicidio proviene de un niño o adolescente?

Sin duda es una llamada de atención importante que debemos oír y atender para prevenir, aunque pueda no ser una ideación real de suicidio, especialmente en menores de 12 años. Hay que tomar en cuenta el contexto en el que se da esta ideación, y los síntomas que los acompañan, por ejemplo si va acompañado de una situación de abuso, duelo, problemas familiares, un cuadro depresivo, ansioso u otro comportamiento preocupante. Es importante indagar con el niño qué es lo que está sucediendo.

En caso de los adolescentes, sí que tienen mayor capacidad de llevar a cabo una ideación suicida por lo que no se debe subestimar las amenazas de que puedan llevar a cabo, especialmente si están acompañadas de tristeza, aislamiento, alteraciones en sueño o alimentación, abuso de sustancias, apatía o llanto, dificultades académicas, falta de redes de apoyo, problemas con la identidad de género y sexualidad.

Si el niño o adolescente está reticente a explicar lo que le ocurre, o se ven signos de alerta, no dude en buscar apoyo profesional de un buen psiquiatra o psicólogo para atender adecuadamente la ideación suicida, determinar la gravedad del riesgo de suicidio y prevenir un desenlace fatal.

Se debe intentar mantener abiertas las vías de comunicación con los hijos cuando tienen este tipo de ideaciones; es también importante expresar la preocupación, apoyo, amor y que se toman en serio sus inquietudes, problemas, miedos y estado emocional.

Hablar del suicidio puede proteger vidas y mostrar a las personas vulnerables y desesperadas que hay espacios y mecanismos de salida ante la decisión de finalizar su propia vida. Observar y escuchar sin expresar juicios de valor, mostrar compasión y empatía puede ser la mano de ayuda que necesiten en un momento de extrema desesperanza y sufrimiento.

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