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Vida en familia

Madres e hijas: cuando se complica (mucho)

Dos novelas abordan la sensación de culpa y vergüenza de las mujeres con una relación maternofilial turbulenta: en uno, la hija es una adolescente monstruosa; en el otro, la madre es desapegada y narcisista

Reportajes
  • Eva Millet para Vivo de La Vanguardia
  • 19/10/2024 00:00
La inglesa inglesa Gwendoline Riley y la periodista Laura Demaría exploran en sus nuevas novelas las relaciones maternofiliales

La inglesa inglesa Gwendoline Riley y la periodista Laura Demaría exploran en sus nuevas novelas las relaciones maternofiliales

Uno de los principales factores de estrés parental es la falta de tiempo para dedicarlo a los hijos  Àlex Garcia

Uno de los principales factores de estrés parental es la falta de tiempo para dedicarlo a los hijos Àlex Garcia

La inglesa inglesa Gwendoline Riley y la periodista Laura Demaría exploran en sus nuevas novelas las relaciones maternofiliales
Uno de los principales factores de estrés parental es la falta de tiempo para dedicarlo a los hijos  Àlex Garcia

Mara, la protagonista de Diario de una madre que perdió su nombre (ed. Nocturna), de la periodista madrileña Laura Demaría, es una hija de pesadilla. Insulta, chilla, tiene un cuarto que es un caos (“como restos de una tormenta tropical”), frecuenta las peores amistades y, una noche, trasquila la cabeza de su hermano pequeño. Hace tiempo que no pronuncia la palabra «mamá». El desprecio de la adolescente hacia su progenitora es tal que su madre es: «Eh, tú» o «Ella». “Desde hace más de un año, no tengo nombre. Me lo has quitado”, escribe la narradora del libro, una madre desesperada ante la hostilidad de su hija. De hecho, la novela se describe como: “El relato de supervivencia de una madre a la que su hija ha declarado la guerra”. La historia de como una maternidad terrible “puede diluir a una persona”.

Tras leerla, es un alivio entrevistar a la autora, Laura Demaría, y saber que su libro es “en un 95%”, una ficción: “Aunque, en el fondo, incorporas experiencias y visiones femeninas que, creo, son muy comunes a todas nosotras”, puntualiza. “Tengo dos hijas, una de 21 y otra de 19 años, estoy divorciada y he vivido una maternidad ‘a lo bestia’, así que hay ciertas partes de la voz de la narradora que, aunque no sea yo, entiendo perfectamente: esa sensación de resistencia, de vértigo. De esa madre que pierde su nombre”.

La relación madre-hija es universal y, como escribe la terapeuta Rosjke Hasseldine, especialista en este campo, “es central para que las mujeres sepamos quienes somos”. Pero Hasseldine, autora de libros como The Mother-Daughter Puzzle, sabe que es complicada: “En el imaginario popular, la idea es que todas las madres e hijas se han de llevar bien, pero la verdad es que, por mi experiencia en consulta, muchas mujeres experimentan el conflicto”, escribe en el blog de la Asociación Americana de Terapeutas. “Y se sienten avergonzadas por ello”, añade, porque creen que ‘deberían’ estar unidas”. Aparecen, entonces, la culpa y el resentimiento, materializadas en frases tipo: “¿Qué habré hecho mal?”, “No aguanto a mi madre” o “No quiere entenderme”. El abanico expresivo es amplio, pero el fondo es el desencuentro entre dos personas que, se supone, se han de llevar de maravilla.

Este conflicto suele desencadenarse en la adolescencia. “Sí, la relación madre hija se complica en este periodo, pero no sé si es un problema de químicas o de presión social”, dice Laura Demaría. “Yo creo que nosotras, las madres, somos el marco donde las hijas han nacido, pero ellas quieren ser ellas mismas, sienten el peso de esa madre y no quieren ser el reflejo: por eso hay un choque y chispas que saltan. Bien por no querer parecerse o por reconocerse”.

Las diferencias (o la similitud) de carácter es una de las razones clásicas que suele darse para explicar el conflicto materno-filial. Otra son las hormonas: especialmente, las de la adolescente.  Rosjke Hasseldine considera que ninguna de estas dos explicaciones es la causa real del desencuentro. Para ella, radica en un factor más cultural que personal. Tras treinta años escuchando a madres e hijas en consulta, esta especialista concluye “que es la sociedad la que las conduce al conflicto”. Los supuestos hitos de la vida de las mujeres, los restrictivos roles de género, los objetivos profesionales incumplidos “y las expectativas de que las madres deberían sacrificar su profesión por los cuidados”, modelan el cómo se ven y comunican madres e hijas”. Reconocer este contexto sociocultural y multigeneracional, dice, es fundamental para tratar una relación madre-hija problemática.

Sin embargo, la coyuntura social no sirve de mucho consuelo cuando Ana (no es su nombre auténtico), descubre en la habitación de su hija de quince años, un diario abierto con la frase: «Odio a mi madre». ¿Qué hacer? ¿Reír? ¿Llorar? ¿Confrontar a la hija? Para el terapeuta familiar Ángel Peralbo, autor, entre otros, de De niñas a malotas (La Esfera de los Libros), no hay que asustarse. “Este «odio a mi madre» es un clásico: lo vemos constantemente”, dice este psicólogo. “Y no solo se pone por escrito, vemos también su verbalización directa. A veces, acompañado por coletillas como: «Eres la peor madre» o «Las madres de mis amigas sí son estupendas»”.

Ante un caso así: “Lo que digo es que es peor cuando, como madre o padre, te ignoran… Significa que estás ausente, que no estás, y eso sí que es triste. Ahora, cuando te ‘odian’, pues tal vez estés haciendo algo bien, que estés marcando límites, por ejemplo”. Un mensaje así, insiste Peralbo: “No representa ni el vínculo con tu hija ni el afecto que te tiene. En consulta, yo intento que lo saquen del plano del afecto, porque está relacionado con el plano de las normas. Con el «no me dejas hacer lo que yo quiero», típico de la adolescencia”. Así que es mejor no tomarlo demasiado en serio, en definitiva.

De todos modos, en la tolerancia materna hay líneas rojas. “Las madres no han de ser siempre abnegadas”, asegura, rotunda, Laura DeMaría. “Porque hay cantidad de maternidades que no son sostenibles; yo las he visto. Mi libro es una ficción pero está compuesto de experiencias, algunas muy cercanas, donde, a veces, has de decir: «Hasta aquí», porque es ella o tú”. Estas líneas rojas, detalla Ángel Peralbo, serían: “Las faltas de respeto, especialmente si son continuadas. Ni una agresión, ni física ni verbal”. Otra línea roja, clave: “Es que el afecto no se pierda. Yo entiendo que hay relaciones que, en la adolescencia, especialmente, se ponen a prueba todos los días. Pero cuando pasa este etapa, si ese afecto ha desaparecido… se pierde. Es muy triste”. A fin de evitarlo, insta a no perder la comunicación cuando las cosas se complican: “Porque si tanto padres como adolescentes entramos en un proceso de aislamiento bidireccional, vamos mal”.

Peralbo desmonta otro mito, que asegura que las relaciones madre-hija son más complicadas que con los varones. “Cada familia, cada persona, tiene sus claves y su tipo de relación, que no tienen nada que ver con ser chico o chica”, dice. En la línea de Rosjke Hasseldine, cree que lo que ocurre aquí: “Es que en las relaciones madre-hija se generan unas expectativas que no encontramos entre madre-hijo. Es la propia sociedad, que pone unos horizontes diferenciales”. Y esto genera problemas, por supuesto: “Porque, al llegar a la adolescencia, las hijas nos sorprenden con conductas imprevistas, con unos valores distintos, con una imagen disonante… Y hay madres que no reconocen a esas hijas a las que aspiraban”. Ello hace que las hijas, “que están en un periodo en el que se necesita una cierta validación, escucha y aceptación”, se sientan rechazadas. El conflicto, entonces, está servido.

Pero si hay hijas problemáticas, también hay madres problemáticas, que machaban a sus descendencia, ya sea activa o pasivamente. Este último comportamiento es el que se describe en Mis fantasmas (Sexto Piso), de la autora inglesa Gwendoline Riley. La novela, que acaba de publicarse en español, cuenta la batalla psicológica entre una madre y una hija adulta que solo se ven una vez al año. La madre, Helen, es un personaje narcisista y sin rumbo, que apenas presta atención a su hija, Bridge, que sí ha encontrado su lugar en el mundo. Sin embargo, no entiende el desapego de su madre.

“En cierto modo, las relaciones madre-hija son insuperables: son la historia máxima”, explica Riley. La escritora estuvo en Barcelona para presentar una ficción en la que: “Algunos hechos sí coinciden con mi experiencia, pero no las emociones. Mi relación con mi madre fue muy diferente, aunque tampoco no fue fácil”, dice. En Mis fantasmas, Riley dibuja aquella generación de madres que, como Helen, no pudo escoger el no serlo. Una madre, como explica la autora: “Que para justificarse por ser bastante desastre, por ejercer la maternidad casi con el ‘piloto automático’, repite constantemente a su hija que ella hizo «lo que se suponía que tenía que hacer».

Aunque no tiene hijos, la escritora sabe que, especialmente entre madres e hijas: “Hay mucha presión por el vínculo”. Pero a veces, lo que ocurre es que… no encajas. “Simplemente, puede ocurrir, como en mi novela, que tu vida y tu carácter sean incompatibles con los de tu madre. A veces, no hay conexión". Entonces, propone: ¿Por qué no encontrar una manera de contener esas emociones de una manera civilizada y tener una relación, distante, pero cordial? A Ángel Peralbo, esta solución no le parece desacertada: “Porque sí, a veces, no encajas: es una realidad que tiene que ver con las expectativas que hablábamos. Y se tiene que asumir y buscar, desde esta aceptación, una relación no idealizada”. El problema es que, muchas veces, “no aprendemos a vivirla con naturalidad”. El peso social de la relación madres e hijas es demasiado fuerte

 

Las frases

Puede ocurrir que tu vida y tu carácter sean incompatibles con los de tu madre. A veces, no hay conexión. Hay que aprender a vivirlo con naturalidad Ángel Peralbo Terapeuta familiar

Las madres no han de ser siempre abnegadas porque hay cantidad de maternidades que no son sostenibles; yo las he visto Laura DeMaría Autora de 'Diario de una madre que perdió su nombre'

Las madres somos el marco donde las hijas han nacido, pero ellas quieren ser ellas mismas, sienten el peso de esa madre y no quieren ser su reflejo Rosjke Hasseldine Terapeuta

El estrés parental, ¿un problema de salud pública?

“Padres y madres bajo presión”. Así de rotundo es el título del informe (Advisory, en inglés), publicado por el Servicio de Salud Pública de Estados Unidos, que alerta sobre el aumento del estrés entre padres, madres y cuidadores durante la crianza. Lo firma el doctor Vivek H. Murthy, quien ostenta el cargo de director general de Salud Pública de EEUU. Este alto funcionario también es conocido como “el médico de la nación”: la persona que provee a los estadounidenses de la mejor información científica con el fin de mejorar su salud. Las advertencias que este organismo publica están reservadas a hechos significativos: “Circunstancias que requieren el inmediato conocimiento y respuesta de la nación”. En 1964, por ejemplo, el entonces director general de Salud alertó de los peligros del tabaco en la salud.

Este último informe, publicado a finales de agosto, ha recibido una gran atención mediática. En parte, porque toca un tema universal: la crianza. Y lo que dice invita a una reflexión, ya que el gobierno estadounidense alerta que el estrés parental se ha convertido en un problema de salud pública. El informe, avalado por más de 150 estudios, define el estrés como “un estado de preocupación o tensión mental provocado por una situación difícil”, y facilita datos reveladores. Como que en la ultima década —y de forma consistente—, los padres y las madres han manifestado niveles de estrés más altos comparados con los de otros adultos. Un malestar que afecta su vida cotidiana: el 41% dice que “prácticamente todos los días” están tan agobiados que no pueden funcionar, mientras que el 48% define su estrés como “abrumador”. Estas cifras se reducen casi a la mitad en los adultos sin descendencia.

La ansiedad de los padres: Un 48% sufre un estrés “abrumador”; el 41% no puede funcionar a causa de su agobio

Siempre se ha dicho que tener hijos es de las mejores cosas que pueden sucedernos. Que algo supuestamente tan hermoso sea fuente de malestar provoca sensaciones encontradas. “En mis conversaciones con padres, madres y cuidadores de todo el país, he descubierto que la sensación de culpa y vergüenza son dominantes”, escribe el doctor Murthy en la introducción al informe. Médico y vicealmirante, educado en Harvard y Yale, el principal portavoz en asuntos de salud pública de EEUU tiene dos hijos, por lo que simpatiza con esos millones de progenitores que pueden sentirse sobrepasados por la crianza. De hecho, él también asegura que, aunque se siente afortunado por el privilegio de cuidar a sus dos criaturas: “Me pregunto constantemente si estoy haciéndolo bien”.

En este adverbio, “constantemente”, estaría una de las claves de este estrés parental actual. Un malestar que, como señala el informe, afecta directamente a los hijos y repercute en toda la sociedad: incide en el aumento del gasto en salud pública y tiene un impacto negativo en la productividad. Se calcula que en el país hay 63 millones de familias con criaturas al cargo de menores de 18 años. Por ello, el informe habla de una cuestión de “interés nacional”, frente a la que hay que tomar medidas urgentes.

¿Qué está pasando en la crianza para que, incluso una persona tan preparada como Murthy se pregunte, “constantemente”, si lo está haciendo bien? ¿Cuáles son los factores que hacen que nos invada el estrés? Las razones son, según el informe, variadas. Algunas, tan clásicas como la falta de sueño o el ajustarse al rol de padres cuando nace un bebé. Sin olvidar la impotencia ante las rabietas y los comportamientos disruptivos de los hijos en la adolescencia.

No es que los padres de antes, matiza, no se preocuparan de temas relevantes, como las drogas o los derivados de la revolución sexual: “Lo que sucede es que las dinámicas eran mucho menos ‘dirigidas’. Los padres estaban mucho menos implicados en que los hijos consiguieran un logro profesional y económico alto”. Probablemente, reflexiona, era porque para muchos, el que los hijos pudieran acceder a la universidad “ya les abría un horizonte de perspectivas de éxito que ahora mismo no hay”.

El estrés parental, ¿un problema de salud pública?

“Padres y madres bajo presión”. Así de rotundo es el título del informe (Advisory, en inglés), publicado por el Servicio de Salud Pública de Estados Unidos, que alerta sobre el aumento del estrés entre padres, madres y cuidadores durante la crianza. Lo firma el doctor Vivek H. Murthy, quien ostenta el cargo de director general de Salud Pública de EEUU. Este alto funcionario también es conocido como “el médico de la nación”: la persona que provee a los estadounidenses de la mejor información científica con el fin de mejorar su salud. Las advertencias que este organismo publica están reservadas a hechos significativos: “Circunstancias que requieren el inmediato conocimiento y respuesta de la nación”. En 1964, por ejemplo, el entonces director general de Salud alertó de los peligros del tabaco en la salud.

Este último informe, publicado a finales de agosto, ha recibido una gran atención mediática. En parte, porque toca un tema universal: la crianza. Y lo que dice invita a una reflexión, ya que el gobierno estadounidense alerta que el estrés parental se ha convertido en un problema de salud pública. El informe, avalado por más de 150 estudios, define el estrés como “un estado de preocupación o tensión mental provocado por una situación difícil”, y facilita datos reveladores. Como que en la ultima década —y de forma consistente—, los padres y las madres han manifestado niveles de estrés más altos comparados con los de otros adultos. Un malestar que afecta su vida cotidiana: el 41% dice que “prácticamente todos los días” están tan agobiados que no pueden funcionar, mientras que el 48% define su estrés como “abrumador”. Estas cifras se reducen casi a la mitad en los adultos sin descendencia.

La ansiedad de los padres: Un 48% sufre un estrés “abrumador”; el 41% no puede funcionar a causa de su agobio

Siempre se ha dicho que tener hijos es de las mejores cosas que pueden sucedernos. Que algo supuestamente tan hermoso sea fuente de malestar provoca sensaciones encontradas. “En mis conversaciones con padres, madres y cuidadores de todo el país, he descubierto que la sensación de culpa y vergüenza son dominantes”, escribe el doctor Murthy en la introducción al informe. Médico y vicealmirante, educado en Harvard y Yale, el principal portavoz en asuntos de salud pública de EEUU tiene dos hijos, por lo que simpatiza con esos millones de progenitores que pueden sentirse sobrepasados por la crianza. De hecho, él también asegura que, aunque se siente afortunado por el privilegio de cuidar a sus dos criaturas: “Me pregunto constantemente si estoy haciéndolo bien”.

En este adverbio, “constantemente”, estaría una de las claves de este estrés parental actual. Un malestar que, como señala el informe, afecta directamente a los hijos y repercute en toda la sociedad: incide en el aumento del gasto en salud pública y tiene un impacto negativo en la productividad. Se calcula que en el país hay 63 millones de familias con criaturas al cargo de menores de 18 años. Por ello, el informe habla de una cuestión de “interés nacional”, frente a la que hay que tomar medidas urgentes.

¿Qué está pasando en la crianza para que, incluso una persona tan preparada como Murthy se pregunte, “constantemente”, si lo está haciendo bien? ¿Cuáles son los factores que hacen que nos invada el estrés? Las razones son, según el informe, variadas. Algunas, tan clásicas como la falta de sueño o el ajustarse al rol de padres cuando nace un bebé. Sin olvidar la impotencia ante las rabietas y los comportamientos disruptivos de los hijos en la adolescencia.

No es que los padres de antes, matiza, no se preocuparan de temas relevantes, como las drogas o los derivados de la revolución sexual: “Lo que sucede es que las dinámicas eran mucho menos ‘dirigidas’. Los padres estaban mucho menos implicados en que los hijos consiguieran un logro profesional y económico alto”. Probablemente, reflexiona, era porque para muchos, el que los hijos pudieran acceder a la universidad “ya les abría un horizonte de perspectivas de éxito que ahora mismo no hay”.

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