Vida en familia
Tarija en tendencia: la obesidad infantil supera la desnutrición
UNICEF advierte que la obesidad ya afecta a más niños y adolescentes que el bajo peso. En Bolivia, el exceso de peso alcanza a más de la mitad de la población escolar y Tarija aparece entre las regiones con mayores índices
Mientras durante décadas la principal preocupación nutricional de la infancia fue el hambre, el escenario ha cambiado de forma acelerada. Hoy, el mayor desafío es el exceso de peso. La advertencia llega desde UNICEF, que acaba de publicar su Informe sobre Nutrición Infantil 2025, donde confirma que, por primera vez, la obesidad supera al bajo peso entre los niños, niñas y adolescentes de entre 5 y 19 años.
La realidad mundial encuentra un preocupante reflejo en Bolivia. Diversos estudios muestran que alrededor del 60 % de las niñas y el 55 % de los niños en edad escolar presentan algún grado de exceso de peso. En Tarija la situación es aún más delicada: cerca del 47 % de los estudiantes de entre 5 y 18 años tiene sobrepeso u obesidad, una de las cifras más elevadas del país.
Para la psicóloga Anael Torres Gorena, el problema trasciende el aspecto físico. El exceso de peso durante la infancia incrementa el riesgo de desarrollar diabetes, hipertensión arterial, enfermedades cardiovasculares y problemas renales en la edad adulta. Además, puede afectar seriamente la salud emocional de niños y adolescentes, generando ansiedad, depresión, aislamiento social, baja autoestima e incluso trastornos de la conducta alimentaria.
Una transformación silenciosa
Los datos recopilados por UNICEF en más de 190 países muestran un cambio profundo en la nutrición infantil. Mientras el porcentaje de niños y adolescentes con bajo peso descendió del 13 % al 9,2 % desde el año 2000, la obesidad prácticamente se triplicó, pasando del 3 % al 9,4 %. En términos absolutos, alrededor de 188 millones de menores viven actualmente con obesidad, es decir, uno de cada diez niños y adolescentes del planeta.
Si se suman quienes presentan sobrepeso, la cifra asciende a 391 millones, equivalente a uno de cada cinco jóvenes entre los 5 y los 19 años.
Actualmente, la obesidad ya supera al bajo peso en todas las regiones del mundo, con excepción de África Subsahariana y Asia Meridional, donde la desnutrición continúa siendo el principal desafío sanitario.
El cambio en la alimentación
El informe sostiene que esta transformación no responde únicamente a decisiones individuales de las familias. Los niños crecen en entornos donde predominan los alimentos ultraprocesados, la comida rápida y las bebidas azucaradas, productos que desplazan progresivamente el consumo de frutas, verduras y alimentos frescos.
Estos productos contienen altas cantidades de azúcares añadidos, almidones refinados, grasas poco saludables, sal y diversos aditivos, además de ser ampliamente promocionados mediante campañas publicitarias dirigidas al público infantil.
La presencia de estos alimentos no se limita a supermercados y tiendas de barrio. También forman parte de la oferta habitual en muchos kioscos escolares y establecimientos cercanos a los centros educativos, convirtiéndose en opciones de consumo cotidiano para niños y adolescentes.
A ello se suma la publicidad digital. Una encuesta mundial realizada por UNICEF a través de la plataforma U-Report, en la que participaron 64.000 jóvenes de entre 13 y 24 años de más de 170 países, reveló que tres de cada cuatro recordaban haber visto anuncios de bebidas azucaradas, snacks o comida rápida durante la semana previa. Seis de cada diez admitieron que esa publicidad aumentó sus deseos de consumir esos productos. Incluso en países afectados por conflictos, el 68 % afirmó estar expuesto a este tipo de campañas comerciales.
Un fenómeno global
Las tasas más elevadas de obesidad infantil se concentran actualmente en varios pequeños Estados insulares del Pacífico. En Niue alcanza al 38 % de los niños y adolescentes; en las Islas Cook al 37 % y en Nauru al 33 %. En todos los casos, las cifras se duplicaron desde el año 2000, principalmente por el abandono de las dietas tradicionales y su sustitución por alimentos importados, baratos y altamente procesados.
Los países de ingresos altos tampoco escapan al fenómeno. Chile registra una prevalencia cercana al 27 % entre los menores de 5 a 19 años, mientras que Estados Unidos y Emiratos Árabes Unidos alcanzan el 21 %.
En los países de ingresos bajos y medios persiste una doble carga nutricional: continúan existiendo problemas de retraso en el crecimiento y desnutrición entre los menores de cinco años, al mismo tiempo que el sobrepeso y la obesidad aumentan rápidamente entre escolares y adolescentes.
Consecuencias para la salud y la economía
La obesidad infantil constituye una de las principales puertas de entrada hacia las enfermedades crónicas no transmisibles. Los especialistas advierten que incrementa el riesgo de resistencia a la insulina, hipertensión arterial, diabetes tipo 2, enfermedades cardiovasculares y diversos tipos de cáncer.
Sin embargo, las consecuencias también alcanzan a las economías nacionales. UNICEF estima que, si la tendencia continúa, el costo económico del sobrepeso y la obesidad superará los cuatro billones de dólares anuales en el mundo hacia 2035. Solo en Perú, el impacto económico acumulado podría sobrepasar los 210.000 millones de dólares.
¿Qué puede hacerse?
Para Anael Torres, muchos de los factores que favorecen el sobrepeso pueden prevenirse desde la infancia mediante cambios en el estilo de vida. Recomienda priorizar alimentos naturales, aumentar el consumo de frutas y verduras, reducir los productos ultraprocesados y las bebidas azucaradas, fomentar la actividad física diaria y fortalecer el diálogo familiar para promover hábitos saludables.
La especialista también considera necesario revisar los entornos escolares. Advierte sobre la proliferación de establecimientos de comida rápida frecuentados por niños y plantea evaluar tanto la oferta de los kioscos escolares como la composición nutricional de los desayunos escolares.
UNICEF coincide en que las respuestas deben ir más allá del ámbito familiar. El organismo propone establecer normas obligatorias de etiquetado nutricional, restringir la publicidad de alimentos poco saludables dirigida a menores, prohibir la venta de ultraprocesados dentro de las escuelas, fortalecer los programas de protección social y proteger las políticas públicas de la influencia de la industria alimentaria.
Algunos países ya comenzaron a aplicar estas medidas. México, donde los alimentos ultraprocesados y las bebidas azucaradas representan cerca del 40 % de las calorías consumidas diariamente por los escolares, prohibió recientemente la venta y distribución de estos productos en las escuelas públicas, beneficiando a más de 34 millones de estudiantes.
La directora ejecutiva de UNICEF, Catherine Russell, resume el desafío con una advertencia que también interpela a Bolivia: "Los alimentos ultraprocesados están desplazando cada vez más el consumo de fruta, verdura y proteínas en una etapa de la vida en la que la nutrición resulta esencial para el crecimiento, el desarrollo cognitivo y la salud mental". Frente a una generación que enfrenta simultáneamente problemas de desnutrición y obesidad, sostiene, garantizar una alimentación saludable ya no es solo una responsabilidad de las familias, sino una prioridad de salud pública.
Alimentación saludable: pequeñas decisiones que pueden cambiar la vida de un niño
La alimentación de los hijos comienza mucho antes de sentarse a la mesa. Lo que los padres compran, cocinan y consumen en casa influye directamente en los hábitos que los niños desarrollarán durante toda su vida. Los especialistas coinciden en que prevenir el sobrepeso y la obesidad infantil no requiere dietas estrictas, sino la construcción de rutinas saludables que puedan mantenerse en el tiempo.
Uno de los primeros consejos es convertir el agua en la bebida habitual. Los refrescos, jugos industrializados y bebidas energéticas contienen grandes cantidades de azúcar y aportan calorías sin ofrecer beneficios nutricionales. Reservarlos para ocasiones excepcionales puede marcar una gran diferencia.
También es recomendable que en cada comida estén presentes frutas y verduras. No es necesario que sean productos costosos o exóticos; las frutas y verduras de temporada suelen ser más económicas y conservan un alto valor nutricional. Involucrar a los niños en la elección y preparación de estos alimentos aumenta las posibilidades de que los acepten con mayor facilidad.
Otro aspecto importante es reducir el consumo de alimentos ultraprocesados como galletas, golosinas, embutidos, snacks, cereales azucarados y comidas rápidas. Aunque resultan prácticos, suelen contener elevadas cantidades de azúcar, sodio, grasas y aditivos. Una estrategia sencilla consiste en no tenerlos disponibles de forma permanente en casa. Si no están al alcance, será menos probable que formen parte de la alimentación cotidiana.
Los horarios también importan. Compartir al menos una comida diaria en familia ayuda a establecer rutinas, favorece una alimentación más consciente y permite que los adultos den el ejemplo. Comer frente al televisor, la computadora o el teléfono móvil suele llevar a ingerir mayores cantidades de comida sin percibir la sensación de saciedad.
El desayuno merece una atención especial. Saltarlo puede provocar que los niños lleguen con más hambre al recreo o al almuerzo y opten por productos de bajo valor nutricional. Un desayuno equilibrado puede incluir lácteos, fruta, cereales integrales y alguna fuente de proteínas, como huevos o queso.
La actividad física es el complemento indispensable de una buena alimentación. La Organización Mundial de la Salud recomienda que niños y adolescentes realicen al menos 60 minutos diarios de actividad física moderada o intensa. No se trata únicamente de practicar deportes: caminar, correr, jugar al aire libre, montar bicicleta o bailar también contribuyen a mantener un peso saludable y mejorar el bienestar emocional.
Los especialistas aconsejan además limitar el tiempo frente a las pantallas. Las horas dedicadas al celular, la televisión o los videojuegos suelen sustituir el movimiento y aumentan la exposición a la publicidad de alimentos poco saludables.
Finalmente, los expertos recuerdan que nunca debe utilizarse la comida como premio o castigo. Frases como "si te portas bien te compro un helado" o "si no comes verduras no tendrás postre" pueden generar una relación emocional poco saludable con los alimentos. El objetivo es que los niños aprendan a disfrutar de una dieta equilibrada sin asociarla con recompensas o prohibiciones.
Más que imponer restricciones, educar en hábitos saludables implica enseñar con el ejemplo. Los niños observan mucho más de lo que escuchan. Cuando ven a sus padres elegir alimentos frescos, cocinar en casa, compartir la mesa y mantenerse activos, es más probable que incorporen esas conductas de forma natural y las mantengan durante la vida adulta.
Cada niño tiene su deporte
Elegir un deporte no debería depender de las modas ni de las expectativas de los adultos, sino de la personalidad, la edad y los intereses de cada niño. Mientras algunos disfrutan de los deportes en equipo, como el fútbol, el básquet o el voleibol, otros se sienten más cómodos en disciplinas individuales como la natación, el atletismo, la gimnasia, las artes marciales o el ciclismo. Lo importante es que la actividad les resulte divertida y les motive a practicarla con regularidad.
Los especialistas recomiendan permitir que los niños prueben diferentes opciones antes de decidirse por una. La presión por destacar o competir desde edades tempranas puede provocar frustración y abandono. En cambio, cuando el deporte se vive como un espacio de juego, aprendizaje y socialización, es más probable que se convierta en un hábito duradero.
Los padres cumplen un papel fundamental: acompañar, animar y valorar el esfuerzo por encima de los resultados. Más que formar campeones, el objetivo es que los niños descubran una actividad que les ayude a mantenerse activos, fortalecer su autoestima, desarrollar habilidades sociales y cuidar su salud física y emocional durante toda la vida.





