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El tablero geoestratégico

La guerra de Ucrania, la seguridad alimentaria y las cuentas de Bolivia

Ucrania cubre la mitad de las exportaciones de aceite de girasol del mundo y junto a Rusia producen el 25% del trigo mundial, lo que tendrá efectos en la demanda de harinas argentinas y puede encarecer el producto en Bolivia.

Reportajes
  • IPS y Redacción Central
  • 04/03/2022 00:00
La guerra de Ucrania, la seguridad  alimentaria y las cuentas de Bolivia
Campos de Ucrania, uno de los graneros del mundo, cuya producción agrícola se ha afectado desde el comienzo de la invasión de Rusia. Foto: Shutterstock / EvgeniyChura

La guerra en Ucrania tiene un impacto directo en el suministro y el precio de los alimentos, ya que tanto Moscú como Kiev son importantes exportadores de recursos clave para su producción y va a alterar todas las cadenas habituales en todo el mundo.

La situación es especialmente grave teniendo en cuenta los problemas que se arrastraban desde el inicio de la pandemia, con una importante subida del precio de la cesta de la compra. Esto puede complicar la seguridad alimentaria de muchos países, provocando crisis sociales como ya ocurrió hace una década con las revueltas árabes.

Ucrania y Rusia como exportadores clave

Ucrania es un importante exportador de productos alimentarios como los cereales, las semillas, las harinas y los aceites de girasol. Concretamente, el país supone la mitad de las exportaciones de aceite de girasol del mundo, y si sumamos a Rusia, ambos países alcanzan el 25 % de las exportaciones mundiales de trigo. La guerra puede provocar una disminución de parte o la totalidad del suministro, provocando escasez y subidas de precios.

Esta dependencia es especialmente crítica para determinadas regiones del mundo. Kiev exporta 40 % del trigo y el maíz que produce a África y el Medio Oriente y es el principal proveedor de maíz de China. Concretamente, Egipto y Turquía importan 70 % de su trigo de ambos países. Otro caso delicado es el del Líbano, que compra más de la mitad del trigo que consume a Ucrania.

Del mismo modo, Ucrania también es el granero de Europa y de España, pues 30 % del maíz que necesita anualmente, 17 % del trigo, 60 % de aceite de girasol y 15 % de leguminosas grano procede de compras de este país.

Además, es importante tener en cuenta que tanto el trigo como el maíz son insumos fundamentales para la producción de otros alimentos básicos, como el pan. Esto no solo afectará a la cesta de la compra, sino que también puede empeorar la situación del sector agrícola y ganadero.

Los productores de piensos españoles, por ejemplo, ya han tenido que aumentar los precios en los últimos meses, por lo que la situación podría verse deteriorada en caso de que tengan problemas para abastecerse.

El impacto de la energía en los precios

Otro aspecto fundamental en el precio de los alimentos es el de los fertilizantes y los abonos, para los que se necesitan insumos como el gas y el petróleo. Rusia produce alrededor de 11 % del petróleo y 6 % del gas a nivel mundial y es un importante exportador de fertilizantes.

La guerra afectará al suministro de estos productos, lo que se trasladará directamente al precio de los alimentos. De hecho, la recuperación económica del 2021 afectó a los precios del gas, provocando situaciones muy difíciles para las fábricas de fertilizantes. En consecuencia, el precio de los fertilizantes se multiplicó por tres en año y medio, todo ello antes del comienzo de la guerra.

Por ejemplo, en 2021, el Reino Unido tuvo que parar la producción de fertilizantes porque el coste energético hacía insostenible la actividad. La situación también generó escasez de dióxido de carbono, fundamental para la conservación de los alimentos.

Por este motivo, Europa y Estados Unidos están intentando que las sanciones impuestas a Rusia no afecten a la compra de gas y petróleo, ya que impactaría directamente a los precios y a todos los derivados.

Un momento difícil para el sector alimentario

Con el inicio de la guerra, los precios del trigo y del maíz se dispararon a niveles récord. Esto se suma a una situación que ya era complicada, ya que con la crisis del coronavirus los alimentos se han encarecido de forma considerable. En consecuencia, la seguridad alimentaria de muchos países y regiones puede verse seriamente dañada.

En el África subsahariana las estimaciones previas al conflicto señalaban que la subida de precio de los fertilizantes podría reducir la producción de cereales en treinta millones de toneladas, suficientes para alimentar a cien millones de personas.

Esta región ya tiene las tasas de aplicación de fertilizantes más bajas del mundo, con una media de 12 kilógramos por hectárea, frente a una media mundial de 110 kilógramos. El aumento de los precios del gas contribuyó a la subida de los fertilizantes el año pasado, reduciendo la oferta, ya que el aumento de los costes obligó a cerrar plantas.

Mientras que los precios de los fertilizantes en Estados Unidos han disminuido, los precios en Europa y Medio Oriente, los principales proveedores de África, siguen siendo elevados. Más de 20 millones de personas en el África subsahariana están ya al borde de la hambruna, según el Programa Mundial de Alimentos.

Una crisis social derivada de la guerra

Aunque en Europa y América del Norte los ciudadanos destinan de media menos de 10 % de sus ingresos a la compra de alimentos, en zonas del África subsahariana y el sudeste asiático esto supone más de 50 % de los ingresos. Debido a esto, el encarecimiento de los alimentos supone una situación crítica para muchas familias de esas regiones.

Precedentes anteriores pueden darnos una idea del impacto de este problema. Entre el 2008 y 2014, el precio de la comida se disparó, poniendo en jaque la seguridad alimentaria de muchos países y generando crisis sociales.

De hecho, durante esos años surgieron reivindicaciones que tenían relación con el encarecimiento de productos básicos. Desde protestas en México o disturbios en Costa de Marfil, Sudáfrica, Bangladés, Bolivia o Pakistán, hasta las manifestaciones que desencadenaron las revueltas árabes en Egipto y Túnez.

En consecuencia, la guerra de Ucrania se convierte en un grave problema más allá de sus fronteras.

Los países más dependientes del suministro y el precio de los alimentos vinculados a Kiev y a Moscú pueden encontrarse en situaciones muy peligrosas, generando inseguridad alimentaria y crisis sociales. La duración y la evolución de la guerra y las sanciones son aspectos fundamentales que determinarán el nivel del impacto.

Bolivia en la coyuntura económica de la guerra

Ni Rusia ni Ucrania son socios comerciales especialmente relevantes para Bolivia, ni en materia de importación ni en materia de exportación, de hecho, la balanza comercial es muy negativa, pero el conflicto igualmente amenaza con afectar a las finanzas del país, sobre todo si se alarga en el tiempo.

Según los datos de la balanza comercial boliviana del año pandémico 2020 - - 2021 todavía está en construcción – del Instituto Boliviano de Comercio Exterior (IBCE), Rusia es el decimotercer país más importante en cuanto a importaciones, es decir, compramos bienes de ese país por un total de 115 millones de dólares; mientras que Ucrania es el número 80 con apenas 523.000 dólares.

En materia de exportaciones, la Federación Rusa es el país número 39 más importante con 2,3 millones de dólares, mientras que Ucrania ocupa el puesto 67 con apenas 280.000 dólares.

Ahora, el problema principal viene por el impacto en los mercados internacionales que está provocando la guerra, con desabastecimientos de productos clave que van a cambiar los flujos comerciales.

Es el caso de la harina de trigo o morcajo (Tranquillón) que es el tercer producto más importado en Bolivia por la vía legal con 127 millones de dólares, y que mayoritariamente llegan desde Argentina. Los precios en el mercado mundial del trigo – Ucrania y Rusia producen el 25% mundial – ya están subiendo y se prevé que el trigo argentino pase a ser apreciado por los compradores europeos.

De igual manera se prevé un fuerte impacto en el mercado del carburante, pues el barril de crudo ya ha superado ampliamente los 100 dólares. En Bolivia tiene un doble impacto, por un lado favorece el ingreso por la venta de gas y por el otro, perjudica en tanto se dispara la subvención a los hidrocarburos.

El primer producto importado son los combustibles: el diésel con 700 millones de dólares en el año pandémico 2020; 82 millones en gasolinas sin plomo 90-95 y 46 en la gasolina sin plomo 87-90.

En el PGE de 2022 se prevé un barril de petróleo a 50,47 dólares, lo que ya supone una subvención de 4.794 millones de bolivianos, por lo que fácilmente, de mantenerse los precios encima de cien dólares, estaríamos superando los 12.000 millones de bolivianos de subvención, mientras que el incremento de la renta petrolera es más subjetivo y vinculado a la capacidad de producción y de demanda.

Por otro lado, la caída de ventas de fertilizantes puede abrir mercados para la planta de urea en Cochabamba.

La guerra en clave económica

Granos

Ucrania es un importante exportador de productos alimentarios como los cereales, las semillas, las harinas y los aceites de girasol. Concretamente, el país supone la mitad de las exportaciones de aceite de girasol del mundo, y si sumamos a Rusia, ambos países alcanzan el 25 % de las exportaciones mundiales de trigo. La guerra puede provocar una disminución de parte o la totalidad del suministro, provocando escasez y subidas de precios.

Energía y Fertilizantes

Rusia produce alrededor de 11 % del petróleo y 6 % del gas a nivel mundial y es un importante exportador de fertilizantes. La guerra afectará al suministro de estos productos, lo que se trasladará directamente al precio de los alimentos. De hecho, la recuperación económica del 2021 afectó a los precios del gas, provocando situaciones muy difíciles para las fábricas de fertilizantes.

Consecuencias sociales

Aunque en Europa y América del Norte los ciudadanos destinan de media menos de 10 % de sus ingresos a la compra de alimentos, en zonas del África subsahariana y el sudeste asiático esto supone más de 50 % de los ingresos. Debido a esto, el encarecimiento de los alimentos supone una situación crítica para muchas familias de esas regiones y puede derivar en nuevos conflictos sociales en las regiones más empobrecidas.

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