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Antiguamente las tarijeñas la usaban para ponérsela en la oreja

La leyenda que custodia a la tradicional flor de amancaya

Quien da una flor de Amancaya está ofrendando su corazón”, decían los indígenas y cuando se pregunta ¿por qué?, la leyenda responde con un relato increíble

Reportajes
  • Danitza Pamela Montaño
  • 05/07/2020 00:00
La leyenda que custodia a la tradicional flor de amancaya
El perfume de la flor es exquisito

La amancaya es una hermosa flor muy característica de la tierra chapaca, tanto que uno de los más grandes poetas de este pago como es Octavio Campero Echazú escribió un hermoso poema en su honor. Este escrito es parte fundamental del poemario que también lo denominó Amancayas.

En dicho libro Octavio Campero Echazú da entrada a los paisajes, las tradiciones y el pueblo de su Tarija natal. Destaca esta composición por la gracia y frescura de su ritmo popular, propio de la poesía tradicional. Pero no es solo el poeta quien escribe sobre la flor, pues detrás de la amancaya se teje una hermosa leyenda que pocos conocen.  

“Quien da una flor de Amancaya está ofrendando su corazón”, decían los indígenas y cuando se pregunta ¿por qué?, la leyenda responde con un relato increíble. Así detalla que en un pueblo llamado Vuriloche (frontera entre Argentina y Chile) vivía el hijo del cacique, quien era un joven llamado Quintral.

Cuentan que no había muchacha en la región que no suspirara al mencionar sus actos de valentía, su físico vigoroso o su voz seductora. Sin embargo, a Quintral no le interesaban los halagos femeninos. Él amaba a una joven humilde llamada Amancay, aunque estaba convencido de que su padre jamás lo dejaría desposarla.

El joven guerrero no imaginaba que Amancay también sentía por él un profundo amor y que no se animaba a expresarlo porque pensaba que su pobreza la hacía indigna de un príncipe. Sin embargo, tanto amor inconfesado afrontaría pronto una dura prueba.

La flor de la amancaya crece en la mayoría de las casas del campo tarijeño

Los registros bibliográficos revisados dan cuenta que un día se declaró en la comunidad una epidemia de fiebre que nadie sabía cómo curar. Quienes caían víctimas de la enfermedad deliraban hasta la muerte. Los que permanecían sanos pensaban que se trataba de malos espíritus y comenzaron a alejarse de la aldea.

A los pocos días, Quintral también cayó enfermo. El cacique, que cuidaba a su hijo sin temor al contagio, lo escuchó murmurar un nombre en pleno delirio: “Amancay…”.

No le llevó mucho tiempo averiguar quién era y saber del amor secreto que sentían el uno por el otro. Decidido a buscar cualquier cosa que le devolviera la salud a su hijo, mandó a unos guerreros a que la trajeran.

Sin embargo, Amancay ya no estaba en su casa. Se hallaba trepando penosamente el Ten-Ten Mahuida (un gran cerro). La “machi”, la hechicera del pueblo, le había dicho que el único remedio capaz de bajar la fiebre era una infusión hecha con una flor amarilla que crecía solitaria en lo alto de la montaña.

Amancay alcanzó finalmente la cumbre y encontró la flor abierta al sol. Apenas la arrancó una sombra enorme cubrió el suelo. Levantó los ojos y vio a un gran cóndor que se posó junto a ella mientras levantaba un viento fuerte a cada golpe de sus alas. Con voz de trueno, el ave le dijo que era el guardián de las cumbres y la acusó de tomar algo que pertenecía a los dioses.

Aterrada, Amancay le contó llorando lo que sucedía abajo, en el valle, Quintral agonizaba y aquella flor era su única esperanza. El cóndor le dijo que la cura llegaría a Quintral sólo si ella accedía a entregar su propio corazón. Amancay aceptó porque no imaginaba un mundo donde no estuviera Quintral.

Si tenía que entregar su vida a cambio, no le importaba. Así Amancay dejó que el cóndor la envolviera en sus alas y le arrancara el corazón con el pico. En un suspiro, en el que se le iba la vida, Amancay pronunció el nombre de Quintral.

El cóndor tomó el corazón y la flor entre sus garras y se elevó sobre el viento hasta la morada de los dioses. Mientras volaba, la sangre que goteaba no solo manchó la flor, sino que cayó sobre valles y montañas. El cóndor les pidió a los dioses la cura de aquella enfermedad y que los hombres siempre recordaran el sacrificio de Amancay.

Relatan que la “machi”, que aguardaba en su choza el regreso de la joven, mirando cada tanto hacia la montaña, supo que algo milagroso había pasado. En un momento, las cumbres y los valles se cubrieron de hermosas flores moteadas de rojo. En cada gota de sangre de Amancay nacía una pequeña planta, la misma que antes crecía solamente en la cumbre del Ten-Ten Mahuida.

La hechicera observó con ojos asombrados el vuelo de un cóndor gigantesco, allá en lo alto, y supo que los vuriloches tenían su cura. Por eso, cuando los guerreros llegaron en busca de Amancay, les entregó un puñado de flores como única respuesta.

Hoy la flor de la Amancaya, como se conoce en Tarija, ya no solo crece en las montañas sino también en los valles.

Las amancayas en Tarija

Hoy la flor de la Amancaya, como se conoce en Tarija, ya no solo crece en las montañas sino también en los valles. Sin embargo, es también común su presencia en los jardines de las casas citadinas.

De acuerdo a Florentina Gallardo esta flor siempre ha crecido en su jardín de manera generosa, por lo que desde hace años es su favorita para llevar a su padre al cementerio general.

Y es precisamente en el Cementerio General donde además se comercializan estas flores.


A continuación el poema del afamado escritor chapaco Octavio Campero Echazú

Amancaya

Amancaya, amancayita

—lámpara de la alborada—,

en tu cáliz una estrella

se ha quedado rezagada.

 

Ya en los ojos de los bueyes

—pozos de paz de la casa—,

amancaya, amancayita,

despierta la madrugada,

y la vida en los corrales

ordeña leche de vaca.

 

Amancaya, amancayita

—primera copla del alba—,

no hay mocita que no lleve

tu perfume en la garganta,

cuando te cuelga en su oreja

por confidente del alma.

 

Amancaya, amancayita

—frescura de la mañana—,

cántaro al hombro, las mozas

se van al río por agua,

y en el aire flota un limpio

olor de ropa lavada.

 

Amancaya, amancayita

—urna de esencias chapacas—,

¡bendita sea la tierra

que te nutre con su savia!

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