La teoría del faro
Con los años uno va entendiendo: no tenemos que pasarnos la vida intentando que los demás nos quieran o nos hagan un espacio en su vida.
Y cuesta aprenderlo, sobre todo cuando somos personas que nos encariñamos mucho. Porque cuando alguien nos importa, queremos estar presentes. Buscamos la manera de mantener el contacto, hacemos planes y hasta encontramos excusas para escribirle a alguien que hace tiempo dejó de buscarnos.
Lo triste es que, sin darnos cuenta, podemos pasar años tratando de conseguir la atención de personas que apenas se interesan por nosotros.
Y mientras tanto, dejamos de disfrutar nuestra propia vida.
Por eso me gusta tanto esta teoría.
Un faro permanece en su lugar, iluminando el mar. No sale a buscar a los barcos ni intenta convencerlos de que se acerquen. Su luz está ahí, y quienes la necesitan pueden encontrarla.
Creo que con las personas sucede algo parecido.
Cuando dejamos de vivir pendientes de quién nos escribe, quién nos invita o quién se acuerda de nosotros, recuperamos una tranquilidad que habíamos olvidado.
Volvemos a tener tiempo para lo que nos gusta. Disfrutamos nuestra propia compañía y empezamos a valorar mucho más a quienes están presentes por voluntad propia.
Y eso también nos ayuda a entender algo importante: podemos querer muchísimo a alguien sin tener que perseguirlo para que forme parte de nuestra vida.
Claro que las relaciones necesitan interés de ambos lados. También hay que buscar a quienes queremos y demostrarles cariño. Pero llega un momento en que uno tiene que reconocer cuándo está sosteniendo una relación completamente solo.
La vida es demasiado corta para pasarla tratando de convencer a alguien de que merecemos un poquito de su tiempo.
Y qué bonito es cuando empiezas a rodearte de personas con las que puedes ser tú mismo, sin estar preguntándote constantemente si les importas.


