Los ríos no retroceden, confía en tu camino

Me tomó media vida entenderlo. Yo también cargué piedras por años: palabras que me dolieron y despedidas que nunca llegaron. Las llevaba en el pecho como si soltarlas fuera traicionar lo que viví. Y mientras más las apretaba, más se estancaba mi agua.

El río no niega sus piedras. Las conoce una por una, pero no se detiene frente a ellas. Hasta les agradece, porque gracias a ellas suena. Así pasa con las heridas cuando uno aprende a fluir: se quedan en el fondo y tu agua aprende a cantar encima de ellas.

El Abuelo Fuego también lo sabe. Nunca quema dos veces la misma leña. Lo que ya ardió se vuelve ceniza, y esa ceniza mi abuela la echaba en la milpa para que el maíz creciera fuerte. Lo que te quemó ayer puede abonar lo que vas a cosechar mañana.

Hermano, hermana: la tierra que más ha sufrido la sequía es la que más agradece la lluvia. Si hoy sientes que tu vida se quedó quieta, pon la mano en tu pecho. Ese latido es agua que sigue corriendo. Tu cauce no se ha secado.

Todavía hay campos esperando tu semilla y mesas donde te van a guardar un lugar.

Camina como el río: sabiendo dónde están tus piedras, sin quedarte a vivir en ellas. La vida sigue fluyendo, y lo que te tiene guardado es más grande que lo que dejaste atrás.


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