Bolivia y el Día de la Marmota: cuando la sombra del 2 de Febrero ya no perdona

En Estados Unidos, cada 2 de febrero se celebra el Día de la Marmota. Según la tradición, una marmota llamada Punxsutawney Phil sale de su madriguera en Pensilvania: si ve su sombra, el invierno continuará; si no la ve, la primavera llegará antes. La costumbre, popularizada por la película Groundhog Day, se convirtió en metáfora universal de situaciones que se repiten, aun cuando el contexto haya cambiado.

Bolivia parece vivir su propio Día de la Marmota. Crisis fiscal, subsidios crecientes, urgencias, decretos de “no hay alternativa”. Pero la pregunta central no es si la historia se repite, sino qué tan grande es hoy el país que sale a mirar su sombra.

En 1985, cuando Víctor Paz Estenssoro promulgó el Decreto Supremo 21060, Bolivia era un país pequeño y exhausto. El PIB nominal rondaba los USD 4–5 mil millones, el Estado estaba colapsado y la hiperinflación superaba el 8.000 % anual. La economía era liviana, frágil, casi sin inercia. En ese contexto, el shock fue brutal, pero rápido. La sociedad estaba derrotada y el mundo —en plena Guerra Fría tardía, en vísperas del desmantelamiento de la URSS— ofrecía una sola sombra posible: el ajuste ortodoxo, la terapia de Shock para una “Bolivia se nos muere”.

Cuatro décadas después, el escenario es otro. En 2026, Bolivia tiene un PIB cercano a los USD 45–50 mil millones, es decir, casi diez veces mayor. El Estado es voluminoso y central en la vida cotidiana. Los subsidios a los combustibles y la energía se han vuelto estructurales y representan entre 2 y 3 % del PIB anual, mientras el déficit fiscal se mueve persistentemente en torno al 7–9 % del PIB. Ya no se trata de un problema marginal: es un sistema completo en descomposición sostenido artificialmente por transferencias.

La metáfora es clara. En 1985 se manejaba una bicicleta: liviana, inestable, capaz de girar bruscamente. En 2026 se conduce un tráiler de carga: pesado, con enorme inercia y con consecuencias inmediatas ante cualquier frenazo mal calculado. El mismo volantazo ya no produce el mismo efecto.

Por eso, cuando el gobierno de Rodrigo Paz Pereira intentó avanzar con el Decreto Supremo N° 5503, el resultado fue distinto. No porque la crisis sea menor, sino porque la correlación de fuerzas sociales cambió. A diferencia de 1985, donde como requisito adicional a la crisis política del campo popular se procedió militarmente al encarcelamiento preventivo de miles de dirigentes sindicales, en el año 2026 los sectores nacionales y populares, víctimas históricas de la disputa interna y la descomposición burocrática del partido que los agrupaba mayoritariamente, quedaron simplemente sin un instrumento de representación política electoral, pero todavía capaces de movilizaciones vigorosas. En 2026, los subsidios forman ya parte del salario indirecto y existe todavía la memoria histórica del 21060. La movilización social, articulada a pesar del desprestigio de la burocracia sindical cobista, logró derrotar parcialmente el decreto y forzar retrocesos importantes, concediendo a cambio la eliminación del esquema de subsidios a los combustibles heredado, a cambio de beneficios colaterales del DS, como el incremento al salario mínimo.

La marmota de hoy ve una sombra más compleja. No es solo déficit o subsidios: es masa, inercia y conflicto potencial. En un país grande, el shock ya no es neutral; es redistributivo, inmediato y políticamente explosivo. El margen de error se achicó dramáticamente.

Aquí es donde la metáfora se afina. El “Día de la Marmota” ya no implica repetición automática. Implica intento de repetición en un escenario donde la sombra ya no paraliza, sino que activa defensas. El problema no es reconocer la crisis, sino creer que las herramientas del pasado escalan sin costo al presente.

Y es aquí donde conviene recordar otra festividad celebrada el 2 de febrero: el Día de la Candelaria. En los Andes —y en Tarija en particular— la Candelaria no anuncia el fin del invierno, como en Europa, sino que predica contra el desborde. Es un rito de contención: que no se desmande la lluvia, que el río no se alce, que el granizo no haga tanto daño, que el exceso no arruine lo logrado. No pide milagros; pide equilibrio.

Bolivia, hoy, no necesita negar la realidad fiscal ni refugiarse en el inmovilismo. Necesita algo más difícil: leer la sombra correcta y evitar el desborde. En un tráiler cuesta abajo, frenar de golpe no ordena; puede volcar. Tal vez la verdadera lección del Día de la Marmota —y de la Candelaria— sea esta: no repetir el gesto, sino aprender a contener.


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