Entre el poder y la sangre: Clanes palestinos y reordenamiento violento de los poderes internos en Gaza
Una tregua inestable
La segunda fase del plan de paz para Gaza, impulsada por mediadores regionales tras meses de lucha y destrucción, debía marcar el inicio de una era de calma y reconstrucción. Sin embargo, lo que se vive en las calles del enclave palestino está lejos de parecer una transición pacífica.
En las últimas semanas, se han documentado en redes sociales y medios locales ejecuciones y enfrentamientos armados entre militantes de Hamas y miembros de poderosos clanes familiares, especialmente en ciudad de Gaza y Khan Yunis.
Los hechos muestran que, aun cuando los bombardeos israelíes han cesado y las Fuerzas de Defensa de Israel se han retirado a los límites acordados en Egipto, la violencia interna ha tomado otra forma: una lucha silenciosa por el control territorial y social entre el movimiento terrorista Hamás, debilitado por el conflicto pero no muerto, y las antiguas estructuras de poder clánico que resisten su dominio.
Un poder antiguo que sobrevive a todos los regímenes
La sociedad palestina, tanto en Gaza como en Cisjordania, se apoya desde hace siglos en un sistema de hamulas, clanes familiares extensos que funcionan como redes de protección, justicia y cohesión económica.Durante el período otomano (siglos XVI–XX), los clanes fueron mediadores entre el imperio y las comunidades rurales; en tiempos del Mandato Británico, conservaron su influencia local; incluso durante la presencia israelí, luego de la “guerra de los 6 días” en 1967, estos clanes mediaban sobre los conflictos emergentes con las autoridades judías. Cuando, en 2005, Israel decide abandonar unilateralmente Gaza y entregar su administración política y de seguridad al poder palestino, en ese momento estructurado centralmente en Fatah, estos clanes se convirtieron en estructuras paralelas de autoridad, especialmente donde la Autoridad Palestina no podía ejercer control. El 2007, Hamás sustituyó a la AP, asesinó a sus líderes e impuso un control violento y ultra centralizado sobre la población, empezando un programa de adoctrinamiento radical, solo comparable al del nazismo sobre la juventud alemana, y de estructuración clandestina de su infraestructura (túneles, fábricas de misiles, etc) y su poder militar, utilizando el financiamiento de vecinos islámicos como Iran y Qatar y los recursos de la solidaridad europea y norteamericana, principalmente.
En Gaza City, a pesar de todo, familias como los Doghmush, los Abu Shabab o los Al-Majayda han mantenido milicias, circuitos de comercio y redes de lealtad que atraviesan generaciones.Su autoridad moral —basada en el honor, la reciprocidad y la protección mutua— siguió siendo más sólida, en muchos barrios, que la de Hamas.
El enfrentamiento con Hamas
La reciente operación de Hamas contra el clan Doghmush, en Gaza City, dejó más de 30 muertos y decenas de detenidos, según reportes de medios locales y organizaciones humanitarias.Entre los fallecidos figura el periodista-influencer Saleh Aljafarawi, abatido mientras cubría los choques entre milicianos y fuerzas de seguridad del movimiento. Hamas justificó la ofensiva alegando que los Doghmush colaboraban con Israel y operaban como “pandilla armada”.Pero en el trasfondo, analistas palestinos coinciden en que el objetivo fue desmantelar focos de poder autónomo en momentos en que el grupo terrorista busca demostrar fuerza ante la comunidad internacional.
En Khan Yunis, otro operativo contra el clan Al-Majayda dejó varios muertos y un acuerdo forzado: los jefes tribales entregaron armas no registradas a cambio de garantías de seguridad.Las imágenes de hombres con las manos atadas y ejecuciones sumarias difundidas en redes muestran la crudeza de esta nueva etapa: la del ajuste de cuentas interno, disfrazado de justicia.
Dicho sea de paso, estas masacres de decenas de palestinos en las calles , a manos del grupo terrorista, no han merecido, en lo más mínimo, el repudio o la protesta de tantas almas caritativas que marcharon en su momento, incansables, en ciudades como Londres o New York, como Manchester o Berlín o París... NO, estas muertes deben estar “bien nomás” mientras sirvan al fortalecimiento de Hamás, un niño mimado del poder fáctico en la hora decadente de los “valores” occidentales.
Fase II: la paz como reacomodo del poder
La llamada “fase II” del plan de paz prevé una reducción gradual de las capacidades militares de Hamas y la instauración de una administración civil con participación internacional.Sin embargo, la organización intenta consolidar su control antes de cualquier cesión. Para ello, necesita neutralizar no solo a Israel, sino también a los poderes alternativos que operan dentro de Gaza: los clanes.
Los enfrentamientos no son simples incidentes de seguridad; son el síntoma de una fractura más profunda entre dos modelos de autoridad:
la del movimiento político-militar que impone disciplina vertical,
y la del orden tribal, basado en la autonomía local y la justicia comunitaria.
Una paz que exige algo más que silencio
Decir que “la paz no puede entenderse solo como la ausencia de bombardeos” es, en Gaza, una constatación amarga.La reconstrucción de edificios no basta si las estructuras de poder siguen en guerra entre sí.La estabilidad real depende de un nuevo pacto interno que reconcilie las lealtades tribales con la autoridad institucional, y que transforme la venganza en justicia legítima.
Mientras Hamas mantenga su presencia armada y la represión como instrumento de control militante en Gaza y mientras los clanes respondan defendiendo su honor con las armas, la paz seguirá siendo un alto el fuego, no un acuerdo social.Gaza, en esta fase, no transita hacia la calma: atraviesa una reorganización violenta del poder, donde el futuro se juega tanto en las calles destruidas como en los códigos invisibles del honor familiar.
Israel y los garantes de la paz y de la reconstrucción de la franja no pueden quedar de simples espectadores de esta lucha interna. Deben intervenir para, de una vez, acabar con el grupo terrorista y sustituirlo, en toda tarea de control y seguridad interna, con la participación organizada de estos clanes históricos, en base a condiciones claras y vigilancia estricta.


