La erosión de la confianza digital
Durante siglos nos enseñaron que “ver para creer” era una prudente vacuna contra el engaño. La inteligencia artificial acaba de jubilar el refrán. Hoy podemos ver y escuchar a un gerente, un familiar o un experto financiero que jamás dijo lo que aparece diciendo. Incluso podemos conversar con él. El rostro es perfecto, la voz familiar y la estafa, lamentablemente, auténtica.
Chris Skinner describe esta nueva fragilidad en The erosion of trust, un capítulo de Intelligent Bank. Su tesis es inquietante: la delincuencia digital no inventó nuestra credulidad; aprendió a industrializarla. El viejo estafador necesitaba imaginación, paciencia y cierta habilidad teatral. Su sucesor dispone de inteligencia artificial, traducción instantánea, clonación de voz y miles de víctimas potenciales al mismo tiempo. La tecnología no creó la mentira, pero le dio banda ancha.
El fraude nigeriano es un buen ejemplo inicial. Durante años llegaron cartas y correos anunciando herencias fabulosas, premios de lotería o fortunas bloqueadas que sólo necesitaban una pequeña ayuda —y un adelanto— para liberarse. Se trata de una regla antigua: cuando un desconocido quiere convertirnos en millonarios con demasiada urgencia, normalmente está pensando primero en hacerse millonario él: en los 80 gane, para la UAJMS, un financiamiento de la International Foundation for Science (IFS) , para la evaluación de la energía eólica disponible en la zona de La Ventolera. Sus resultados fueron publicados, junto a otros, en un folleto que se distribuyó ampliamente en países en desarrollo, especialmente en África. Unos años después de su publicación (que incluía mi nombre y dirección postal), llegó una atenta carta al Correo Central de Tarija, desde Nigeria. En ella, un “colega” investigador me pedía ayuda para poder sacar de Nigeria una herencia de varios millones de dólares, producto de algunas non sanctas actividades de un tío vinculado al gobierno militar del inefable Ibrahim Babangida...
El engaño es hoy más convincente y diverso y no viene únicamente desde el correo, ahora electrónico: en el fraude por pago autorizado, la víctima recibe una llamada aparentemente legítima del banco y, creyendo proteger su dinero, lo transfiere voluntariamente a la cuenta del delincuente; en el fraude romántico, una identidad inventada construye durante meses una relación afectiva antes de solicitar dinero; mientras, en Hong Kong, una funcionaria transfirió cerca de 25 millones de dólares después de participar en una videollamada con quien parecía ser su director financiero y varios colegas. Todos eran falsificaciones digitales. La reunión no tenía personas, pero sí una cuenta bancaria.
Las cifras muestran que no se trata de una curiosidad tecnológica. Skinner recoge estimaciones de Deloitte según las cuales las pérdidas por fraude facilitado por inteligencia artificial en Estados Unidos podrían pasar de 12.300 millones de dólares en 2023 a 40.000 millones en 2027. El problema no consiste solamente en que las falsificaciones mejoran, sino en que pueden producirse y distribuirse a escala industrial.
La reacción habitual ha sido levantar más barreras: contraseñas, PIN, preguntas secretas, códigos enviados al teléfono, reconocimiento facial y nuevas confirmaciones. El resultado tiene algo de comedia burocrática: al cliente honesto se le exige demostrar cinco veces que él es él, mientras el delincuente ya consiguió su contraseña, duplicó su voz y lo convenció de entregar el dinero por cuenta propia. Se dificulta el acceso, pero no necesariamente se restablece la confianza.
Lo hemos comprobado también en nuestro trabajo con los “core” bancarios. Al incorporar validaciones, alertas y registros de operación conforme a los instructivos del Banco Central de Bolivia (Circular Externa CIEX Nº 26/2022) aprendimos que la seguridad no puede descansar en una sola clave ni en una única comprobación. Debe observar el contexto completo: quién opera, desde dónde y si esa conducta resulta coherente con su actividad habitual a esa hora, en ese dia de la semana. Un buen sistema no sólo pregunta “¿conoce la contraseña?”, sino “¿tiene sentido esta operación, a esta hora, por ese monto?”. La circular mencionada es bastante explicita: “Las entidades financieras deben implementar en sus sistemas de monitoreo y seguimiento, mecanismos de detección, alerta y, cuando corresponda, bloqueo automatizado de operaciones inusuales para la detección de actividades sospechosas y prevención de eventos de fraude, basados en la creación de reglas de frecuencia, velocidad, montos limite, uso de dispositivo de confianza, ubicación geográfica no habitual y otros que respondan a un análisis y evaluación de riesgos en seguridad de la información”.
La salida no consiste tampoco en implantar un chip a cada ciudadano ni en pedirle que escupa sobre el teléfono para capturar su ADN, dos posibilidades que Skinner menciona con deliberada ironía. El desafío es construir una identidad digital verificable, sencilla para el usuario y difícil de falsificar. Para operaciones de alto riesgo, además, debe existir una verificación independiente: devolver la llamada por un canal conocido, establecer pausas de seguridad, confirmar con otra persona autorizada y desconfiar de cualquier solicitud urgente de traslado de fondos.
En un futuro cercano, muchas transacciones serán negociadas y ejecutadas por programas inteligentes. Por eso la identidad será la base de interacciones financieras seguras entre “agentes autónomos”: cada sistema deberá saber con certeza con quién trata, qué facultades tiene y quién responde por sus actos.
La confianza digital ya no puede depender de una cara en la pantalla ni de una voz conocida. Tampoco puede sostenerse acumulando contraseñas hasta que todos terminemos pegándolas debajo del teclado. Tendrá que basarse en identidad comprobable, análisis inteligente y reglas claras. En el mundo de las falsificaciones perfectas, la prudencia comienza por una idea incómoda: ver ya no es creer; verificar, sí.





