Las experiencias argentinas que no se toman en cuenta

De entre las primeras la capacidad combativa del periodismo. Por más que el Estado monstruoso en su poder (o encantador) sea casi absoluto, siempre existirá el resquicio por donde el periodismo podrá perforar todos los esquemas y todas las estructuras de ese monstruo horroroso o encantador.La...

De entre las primeras la capacidad combativa del periodismo. Por más que el Estado monstruoso en su poder (o encantador) sea casi absoluto, siempre existirá el resquicio por donde el periodismo podrá perforar todos los esquemas y todas las estructuras de ese monstruo horroroso o encantador.La experiencia argentina en este ámbito está por describirse con metodología y detalle porque es muy reciente y sin embargo fuerte en su impresión. El Gobierno argentino copó desde medios hasta periodistas, y sin embargo no fue suficiente…El Gobierno argentino -en despedida- creó toda una gama de códigos en periodismo, el más llamativo el denominado: “periodismo militante”, sagaz mentira porque en esencia el periodismo es crítico con el poder (de ahí eso de convertirse en una especie de “conciencia social”). El periodismo no puede sino militar en torno a la verdad, la investigación, la crítica y la autocrítica; pero en Argentina se constituyó tan fuerte el concepto militante que no discriminaron nada, así habían médicos militantes, jueces militantes, fiscales militantes, procuradores militantes, futbolistas militantes y por su puesto el cacareado concepto de “periodistas militantes”. Falacia bien acuñada que permitió a muchos y muchas  convivir en relaciones íntimas e inescrupulosas con el poder.Otra experiencia dejada por la Argentina en estos días, es que el poder puede ser absoluto, pero no infinito.Se pudo hacer demostraciones de poder rayanas en lo soberbio y ultrajante y sin embargo el poder acabó. Nada es para siempre, menos el poder; de ahí una gran lección: todo tiene un tiempo, un motivo, una consecuencia y un lugar. Aspecto fundamental que debemos entender en nuestras tierras, tan acostumbradas al caudillismo, al personalismo y toda forma de canalización de poder con sed infinita. Todos debemos rendir cuenta de nuestras acciones, porque la diosa fortuna no nos acompañará siempre y ahí un gran freno a toda exageración en el uso del poder.Finalmente, otra experiencia dejada en estos días es que un pueblo, una sociedad, no necesita precisamente de la fuerza para que un ciclo político acabe e inicie otro.La enseñanza del pueblo argentino se basa en la calma con que se dan los cambios de un ciclo político a otro. Ninguna sociedad como la nuestra requiere aprender de esto, el conducto democrático de la consulta, del voto, de la elección es el elegido cuando de pueblo altamente democráticos se trata. De ahí que debemos aprender que la violencia en el fin de un ciclo no es precisamente la regla, sino la excepción y que la forma de evitar la misma surge desde la misma conducta de esa ciudadanía impelida de un alto grado de conciencia política que señala que esas coyunturas difíciles en una sociedad no terminan “normalmente” en acciones violentas.De las experiencias que nos deja Argentina hoy, existe una supra y es que los ciclos políticos  -como todo en la vida- nacen, crecen, se reproducen y mueren. Esta es una verdad realmente absoluta, lo único que varía de lugar a lugar es el tiempo y las consecuencias que deja ese ciclo.Aprendamos, las experiencias ajenas aprendidas para uno son menos dolorosas. *es periodista


Más del autor