Cerro Rico de Potosí: La montaña que sigue tragando hombres
Dos sentencias constitucionales y una resolución ministerial prohíben trabajar desde la cota 4.400. La realidad es otra: las cooperativas, donde ocurre el 95% de los accidentes, operan con precariedad
Si se alinearan los cuerpos de los mineros que murieron en el Cerro Rico, desde mediados del Siglo XVI, cuando comenzó su explotación colonial, la vía fúnebre cubriría la distancia entre Potosí y Madrid y aún sobrarían muchos cadáveres. Pero las muertes en el “Coloso de Plata” no terminaron tras el fin del coloniaje y el inicio del Estado Boliviano, la estela fatal sigue dejando su rastro hasta nuestros días.
El año pasado (2024) fue uno de los más letales para la minería en Potosí. Más de 100 personas perdieron la vida en la mina, y este año la cifra bien podría superarse, de acuerdo a los datos del Comando Departamental de la Policía. Las muertes en accidentes mineros continúan pese a que un par de sentencias constitucionales y una resolución ministerial prohíben los trabajos en el cerro a partir de la cota 4.400.
La funesta fama del Sumaj Ork’o hizo que durante la colonia se construyera la leyenda entre los indios de que la montaña se tragaba a la gente. Quienes tenían la desdicha de ingresar a sus socavones para trabajar como mitayos, lo hacían con el convencimiento de que las probabilidades de salir con vida de los socavones era mínima.
“Y ordinariamente los bajan muertos y otros quebradas las cabezas y piernas, y en los ingenios cada día se hieren. Y sólo el trabajar de noche y en tierra tan fría y asistir al mortero, que es lo de más trabajo por el polvo que reciben en los ojos y boca, basta para hacerles mucho daño. Y así está el hospital [lleno] de indios heridos, y mueren cada año más de cincuenta, que esta fiera bestia se traga vivos”, escribía Luis Capoche, en su “Relación general de la Villa Imperial de Potosí”, manuscrito que data del año 1685.
Pocas cosas han cambiado desde entonces en la minería artesanal que se practica en el Cerro Rico, mayoritariamente por parte de las cooperativas. A las muertes por precipitación desde altura, asfixia por gases tóxicos, aplastamiento por derrumbes, se suma hoy la mala manipulación de explosivos. Quienes no mueren en accidentes laborales dentro de las bocaminas, lo hacen con el tiempo por las consecuencias del trabajo en subsuelo: Silicosis, fibrosis pulmonar o contaminación por metales pesados.
“Honestamente nosotros ya no tenemos miedo. Si morimos, morimos, ya estamos acostumbrados. Por eso cuando el minero recibe su plata, digamos de una quincena, lo gasta en un solo día en mujeres, alcohol, fiesta… como si fuera el último día de vida que tiene”, comenta hoy Sergio Quispe, uno de los perforistas que todavía trabaja en el Cerro.
El ritual de derroche no es nuevo. Es como el último deseo de un condenado a muerte. El trabajo era y sigue siendo tan riesgoso, que hace más de 300 años ya se practicaba una suerte de “despedida final” para los indígenas convocados por la mita.
“Los indios siguieron pereciendo por los accidentes y el exceso de trabajo. El nombre de Potosí se hizo tan temible que los indios reclutados para la mita eran despedidos en sus aldeas al son de músicas fúnebres, y los que escapaban a la muerte en las entrañas del Cerro volvían miserablemente cojos o mancos, o consumidos por la enfermedad”, escribía hacia 1700 el cronista Bartolomé Arzans Orsúa y Vela.
Más de 300 años después, la precariedad del trabajo en los socavones del Cerro Rico continua y se concentra, de manera abrumadora, en las cooperativas mineras, donde se produce más del 95% de los accidentes y de las muertes.
En el mes de junio, cuando las muertes ascendían a 56 en 2025, el entonces Ministro de Minería Alejandro Santos, reconoció la gravedad del problema, pero sólo recomendó: “Hay que tener más cuidado” y pidió a sus funcionarios: “tenemos que ir recomendando que no haya más accidentes”. Naturalmente después de esa admonición, las muertes se duplicaron.
Sangre joven para el Tío
Según una publicación del periódico El Potosí, el rango de edad de los fallecidos en accidentes mineros se situaba entre los 20 y los 22 años, mineros muy jóvenes. El Ministro Santos bajó todavía más el promedio de edad. “Es cierto que con 18 o 19 años ya acoge el movimiento cooperativo boliviano. Por ahí también hay accidentes por poca experiencia de los jóvenes”, justificó.
Hace apenas unos días, una víctima de apenas 16 años se sumó a la lista de fallecidos en los socavones. Jaqueline Alarcon, delegada Departamental de la Defensoría del Pueblo en Potosí, lamentó que el número de adolescentes muertos en minas ya sea una constante. Recordó que se emitió circulares a las cooperativas mineras para recordarles la prohibición de contratar menores de edad para operaciones de alta peligrosidad, sin haber obtenido una respuesta.
Hace un par de semanas, el 14 de noviembre la responsable de la Defensoría de la Niñez y Adolescencia del Gobierno Municipal de Potosí, Wara Berazain, denunció la muerte de un adolescente de 14 años que llevaba una semana trabajando en una cooperativa del Cerro Rico, pese a que la normativa boliviana prohíbe de forma absoluta el trabajo de menores de edad en yacimientos mineros.
La precariedad en la que trabajan las cooperativas mineras, la contratación ilegal, no solamente de adolescentes, sino también de personas mayores (La Ley de cooperativas les prohíbe de manera expresa contratar personal que no sea administrativo), sigue cobrando víctimas, como hace siglos.
Las autoridades municipales creen que existe un enormes subregistro en los decesos, podrían ser muchos más de aquellos que se reportan. De hecho, tal vez nunca se llegue a saber cuántas vidas ha cobrado el Cerro Rico desde el descubrimiento de su riqueza mineral en 1547. Hay quienes piensan que, tan solo en la época de la colonia, la montaña se tragó al menos a ocho millones de gentes.
El cronista Fray Antonio de la Calancha dejó constancia de la dura realidad de la explotación minera en Potosí en el siglo XVI, al afirmar que cada peso de plata acuñado tenía un costo humano devastador: la vida de 10 indígenas perdidas en los socavones.








