¿Gabriel Espinoza puede ser presidente?
Espinoiza es parte del núcleo duro y cuida especialmente su perfil... buscando el "milagro" que lo apuntale ante la opinión pública
El gabinete de Rodrigo Paz Pereira es cualquier cosa menos una taza de leche. En su definición es bastante monocromático, pero unos gozan de mayor afecto por parte de la familia real, mientras que otros siguen ocupando muy discretos segundos planos.
De entre todos ellos, hay uno que es señalado con mayor vehemencia cuando se hacen los análisis prospectivos de futuro. Y hay coincidencias: Gabriel Espinoza quiere ser presidente.
Espinoza es, a su manera, un político hecho a sí mismo. Sin corriente ideológica definida – apadrinado de la FES en sus inicios, igual encaja un planteamiento socialdemócrata que uno neolibertario -, el actual ministro de Economía empezó a despuntar pronto más por su constancia que por su brillantez.
Espinoza escribía y respondía el teléfono, lo cual ya son virtudes a tomar en cuenta por el periodismo en estos tiempos de individualismo digital y burbujas excluyentes. El economista tenía además la virtud de esforzarse en el razonamiento: en lugar de denostar cualquier iniciativa del MAS por decreto, analizaba el fondo de los planteamientos, buscaba debilidades e hilaba tesis al respecto. Era una oposición “constructiva”.
Esta constancia y apariencia le sirvió para que fuera el elegido por las grandes aseguradoras para representarles en algunos de sus negocios, por ejemplo, fue el designado por AFP Futuro para participar como suplente en el directorio de las Ferroviarias, mientras seguía combinando consultorías de alto nivel, docencias y mucho mucho roce político. Su primer “gran cargo político” fue el de director del BCB durante la gestión de Janine Áñez, sin embargo, siempre tuvo roce con el círculo rojo del MAS a través de su expareja, Leyla Medinaceli, última viceministra de Comunicación de Evo Morales.
Espinoza participó de la formulación del programa económico del Partido Demócrata Cristiano (PDC) de Rodrigo Paz a comienzos de 2025, pero luego fue reclutado como el “capitán anti inflación” por parte de Samuel Doria Medina. Lo que estaba claro es que Espinoza creía que era su momento, y por eso no tuvo problema en volver atrás y posicionarse de nuevo en el círculo pretoriano de Rodrigo Paz.
Espinoza sigue ahí. Dentro. En el grupo nuevo que han conformado Bibi Urquidi, Fernando Cerimedo, Leyla Medinaceli, Manuel Canelas y algunos otros. Pocos. No está José Luis Lupo. Ni siquiera Justiniano.
Espinoza ha formado parte de algunos de los momentos más embarazosos. Era el vocero designado del 5503 que resistió apenas una semana cuando las movilizaciones se pusieron serias; articuló todo el desastre comunicacional que acompañó la caída del Hércules cargado de billetes en El Alto y por el cual aun se verifica la famosa “serie B”; ha chapuceado varias veces con los alivios tributarios, y fue quien le tuvo que enmendar la plana a Rodrigo Paz con algunas de sus ocurrencias: del vaciamiento del fondo de pensiones a la bajada voluntaria de sueldos con destino a un fondo específico. Pero ahí sigue.
Espinoza cree que tiene el físico para intentarlo y que las gestiones con el BID, la CAF y el FMI le darán a su nombre cierto “barniz ganador”. Experiencia con novedad, solvencia con roce gubernamental; ni tan camba ni tan colla. La sensación de provisionalidad impera en el gabinete: todos dan por descontado que el cierre de la crisis política fue en falso y que en cualquier momento se puede volver a desplegar un escenario de renuncia.
No es el primer ministro de Economía que se posiciona como presidente. Luis Arce, el del “milagro boliviano”, lo hizo. Espinoza, por si acaso, toma posiciones. Le falta su “milagro”.








