El silencio que mata

El 10 de septiembre recuerda al mundo que el suicidio puede prevenirse si la sociedad rompe el silencio y actúa

El 10 de septiembre se conmemora el Día Mundial para la Prevención del Suicidio. Más que una fecha en el calendario, debería ser un llamado urgente a mirarnos como sociedad y reconocer una realidad que se expande en silencio: en Bolivia, y particularmente en Tarija, los casos de suicidio han ido en aumento, golpeando con más fuerza a adolescentes y jóvenes. Detrás de cada estadística hay un rostro, una familia, una comunidad herida.

La Organización Mundial de la Salud recuerda que cada año, en el mundo, cerca de un millón de personas se quitan la vida: una cada 40 segundos. Y por cada muerte hay al menos veinte intentos. En nuestro país, el fenómeno se ha vuelto visible en las ciudades capitales y también en comunidades rurales, donde la soledad, el consumo de alcohol y la falta de atención en salud mental agravan un cuadro ya de por sí dramático. En Tarija, la crisis económica de los últimos años, el desempleo juvenil y la migración también son factores de riesgo que no se pueden ignorar.

En Tarija y en Bolivia los casos van en aumento, sobre todo entre jóvenes. La prevención exige políticas públicas en salud mental y, sobre todo, una comunidad dispuesta a escuchar, acompañar y desterrar el estigma.

La campaña trienal que impulsa la Asociación Internacional para la Prevención del Suicidio lleva un lema potente: “Cambiar la narrativa”. Porque uno de los mayores obstáculos para enfrentar este drama es el estigma. Todavía se sigue interpretando el suicidio como un acto de debilidad o egoísmo, cuando en realidad suele ser la expresión extrema de un sufrimiento acumulado, de una salud mental quebrada y de un entorno que no supo tender la mano a tiempo. Romper con ese silencio y con esos prejuicios es el primer paso.

Bolivia necesita con urgencia políticas públicas efectivas en salud mental: más psicólogos en el sistema público, líneas de atención inmediata, capacitación en colegios, universidades y centros vecinales para detectar señales de alerta. Pero no basta con esperar acciones del Estado. Cada familia, cada escuela, cada barrio tiene la posibilidad de hacer la diferencia: escuchar sin juzgar, acompañar, orientar hacia la ayuda profesional.

En Tarija, donde los índices de depresión y suicidio juvenil preocupan cada vez más, el desafío es doble: sostener a los jóvenes que se sienten sin futuro y acompañar también a los adultos mayores, muchos de ellos enfrentando el aislamiento y el dolor físico sin redes de apoyo.

Hablar de suicidio nunca es fácil, pero callarlo es mucho más peligroso. Por eso, hoy el llamado es claro: no ignoremos las señales, no minimicemos el sufrimiento ajeno, no dejemos que el estigma siga empujando a nuestros hijos, hermanos, vecinos o amigos al abismo. La prevención empieza por algo tan humano y sencillo como tender la mano, escuchar y decir: no estás solo.


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