Que gane el fútbol

El mayor patrimonio del fútbol no son sus derechos televisivos ni sus contratos millonarios. Es seguir siendo uno de los pocos lenguajes capaces de unir al mundo por encima de fronteras, ideologías y diferencias

Cuando el árbitro señale el final de la Copa del Mundo, uno de los dos equipos levantará el trofeo. Pero, como ocurre cada cuatro años, el verdadero vencedor debería ser siempre el fútbol. Ese lenguaje universal capaz de detener guerras por noventa minutos, unir generaciones y hacer que millones de personas, sin importar su origen, celebren o sufran exactamente al mismo tiempo.

Este Mundial ha sido mucho más que una competición deportiva. Ha abierto debates interesantes sobre la identidad nacional, la inmigración, la tecnología, los nuevos modelos de formación de talentos y hasta sobre cuál es la forma "correcta" de entender este juego. Como suele suceder, el fútbol ha servido de espejo para observar las transformaciones de nuestras sociedades.

Se ha discutido, una vez más, sobre la composición de las selecciones nacionales. En una Europa cada vez más diversa, muchos de sus mejores futbolistas son hijos o nietos de inmigrantes. Algunos han querido utilizar ese hecho para alimentar discursos excluyentes; otros lo han reivindicado como prueba de integración. Lo cierto es que el deporte vuelve a demostrar una evidencia sencilla: el talento no entiende de apellidos, colores de piel ni lugares de nacimiento. El fútbol pertenece a quien lo juega y a quien lo siente.

También se ha debatido sobre los distintos estilos. La posesión frente al vértigo, el juego colectivo frente a las individualidades, la disciplina táctica frente a la inspiración. Cada país sigue defendiendo una manera de entender este deporte, y esa diversidad constituye precisamente una de sus mayores riquezas. No existe una única receta para ser campeón, como tampoco existe una única forma de construir identidad.

La tecnología también ha ocupado un lugar protagonista. El VAR y las herramientas de asistencia arbitral supuestamente han reducido errores evidentes y aportado mayor justicia en muchas decisiones. Sin embargo, conviene recordar que el fútbol nunca podrá convertirse en un laboratorio donde cada jugada se mida al milímetro. La emoción también vive de la espontaneidad, del error humano y del ritmo natural del juego. La tecnología debe ayudar al fútbol, no sustituirlo.

Sin embargo, el desafío más importante sigue estando fuera del terreno de juego. Hace tiempo que el fútbol profesional camina sobre una línea muy fina entre el deporte y el espectáculo comercial. Los calendarios saturados, los intereses televisivos, los contratos multimillonarios y la expansión permanente de las competiciones amenazan con convertir un patrimonio cultural compartido en un producto cada vez más condicionado por el negocio.

La FIFA tiene una enorme responsabilidad. Administrar el deporte más popular del planeta no consiste únicamente en generar ingresos o abrir nuevos mercados. También implica proteger la esencia de un juego que sigue siendo uno de los pocos espacios capaces de reunir a la humanidad alrededor de una misma pasión.

Porque el fútbol continúa siendo una extraordinaria herramienta de paz. En un mundo atravesado por conflictos, polarización y fronteras cada vez más rígidas, pocos acontecimientos consiguen reunir durante unas semanas a personas de culturas, religiones e ideologías tan distintas para compartir una emoción común.

Hoy alguien será campeón del mundo. Lo habrá merecido. Pero el mayor triunfo será que millones de niños vuelvan a salir mañana a una cancha improvisada, a una plaza o a una calle con una pelota bajo el brazo creyendo que ellos también pueden llegar algún día.

Mientras eso siga ocurriendo, el fútbol conservará intacta su magia.


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