Lula vs Bolsonaro, final de infarto

Las encuestas volvieron a fallar y los dos candidatos entraron a segunda vuelta con un pequeño margen que deja todo abierto

Las elecciones en Brasil se resolverán en una reñidísima segunda vuelta, tal como se preveía, salvo por la insistencia de las encuestas en colocar al candidato y expresidente Lula da Silva al borde de la mayoría absoluta, algo que no ha sucedido ni de lejos.

De momento, la única certeza es que las encuestadoras en ese país fallan, y mucho. Pasó en 2018, cuando apenas vieron llegar a Bolsonaro y ha vuelto a suceder, un error sobre los diez puntos que no es tolerable para gigantes de la comunicación como Datafolha.

La justificación pasa por argumentar que el presidente Bolsonaro tiene un enorme voto oculto que no se confiesa ante los encuestadores ni los teléfonos, quien sabe por temor a qué, pero que después sí se moviliza fielmente para votar a su líder. La otra interpretación pasa porque las encuestas jueguen un rol político, es decir, que ayuden a movilizar electorado en el caso de Bolsonaro ante una inminente derrota, o que desmovilicen, en el caso de Lula, ante lo que se vendió como una victoria segura desde el año pasado.

Como sea, la cuestión es que la presidencia del país central de América Latina, el gigante de 212 millones de habitantes, parte fundamental del grupo de economías emergentes (BRICS) y vital en cualquier proceso de integración del subcontinente – comparte frontera con todos menos con Chile y Ecuador -, se definirá en un mano a mano entre dos líderes fuertes que encarnan los dos Brasil: Lula da Silva y Jair Bolsonaro.

Para Lula es una reivindicación propia después del acoso judicial y la cárcel que enfrentó desde 2016 y cuyas sentencias fueron anuladas por el Tribunal Supremo. Para Bolsonaro una reválida que afronta después de vivir un proceso en el que se ha dejado casi todos sus principios. Lula trata de ser centro izquierda; Bolsonaro no matiza su ultra derecha.

Los contextos han cambiado mucho. En 2018 la gente estaba hastiada de la pelea por la corrupción que había desangrado a Brasil en un momento en el que el mundo entero miraba al país y sus potencialidades con el Mundial de Fútbol de 2014 y las Olimpiadas de 2016. Había cierta bonanza y los 15 años del laborismo había acortado brechas sociales, tanto que la clase media empezó a creer en otros relatos.

Hoy la pobreza ha vuelto a crecer en uno de los países más desiguales del mundo y que ha padecido como nadie la terrible pandemia del Covid-19, sobre la que su presidente, Jair Bolsonaro, cometió serias irresponsabilidades, a tenor de los resultados, entendidas a las perfección por la mitad de su pueblo. De aquel candidato que se ganó la confianza en 2018 por su discurso anticorrupción, aun con su clasismo y racismo impregnado, queda fundamentalmente lo segundo, pues ni ha sido ejemplo de gestión ni ha cambiado las principales lógicas del país, al contrario. Bolsonaro entró con un discurso ultraliberal y la intención de minimizar el Estado y no es que no haya acabado de privatizar Petrobras, sino que ha acabado pidiendo una salvaguarda constitucional para entregar más bonos a los más pobres y subvencionar el carburante a los camioneros para que, al menos, no le agriaran el asalto a la reelección, algo que al parecer, ha funcionado.

En Brasil, como en casi todo el continente, existe ese filia casi enfermiza del pueblo con su caudillo. De nuevo se resolverá en una segunda vuelta que promete ser de infarto.


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