MAS versus MAS
Las acusaciones de una parte del partido sobre la otra, que es la que controla el Gobierno, obliga al presidente Luis Arce a mover ficha rápido
Las discusiones políticas en el interior de los partidos no son solo inevitables, sino también necesarias. Sirven para tener a la militancia en apronte, para confrontar ideas y ahí, en el fragor de la batalla, renovar liderazgos. Sin duda se trata de dinámicas muy saludables cuando se llevan con lealtad y profundidad.
En Bolivia los partidos no son precisamente entes muy democráticos sino todo lo contrario. Se dividen en aquellos al servicio del dueño, que básicamente es el que pone la plata, y aquellos que han sacado plata prestándoselo a una suerte de líder que al menos reúna votos para salvar la propia sigla que da plata. Luego, a modo de excepción está el Movimiento Al Socialismo, que es el único partido con implantación real en todo el territorio y desde hace años acaudillado por Evo Morales y que hoy es más débil que nunca.
El ejemplo más próximo al MAS es evidentemente el MNR, el octogenario partido que más tiempo ha gobernado el país y que fue mutando desde el 52 del nacionalismo revolucionario al neoliberalismo y que hoy se ha convertido también en una especie de sigla de alquiler salvo en algunos reductos locales. La longevidad del MNR se debe seguramente a ese debate interno que tuvo entre sus liderazgos, que en ocasiones solo discrepaban por matices o por métodos y que lo mantenían vivo. Walter Guevara, Víctor Paz Estenssoro, Juan Lechín Oquendo y Hernán Siles Zuazo son la imagen de esa tensión que enriquecía – o empobrecía, según se mire – la vida orgánica.
El MAS también tuvo pulso de liderazgos, sobre todo en sus orígenes cuando el MAS era un Instrumento Político que aglutinaba a organizaciones vivas de muy distinta tradición y en muchas ocasiones, opuestas entre sí. El gobierno alcanzado más rápidamente incluso de lo esperado se convirtió en una trituradora de estos líderes en una suerte de purga que desde siempre se adjudicó a Álvaro García Linera, que se preocupó de que nadie cerca le pudiera hacer sombra ni a él ni a Morales. La estrategia le permitió a Morales gobernar muchos años, pero a la hora de la verdad, no hubo recambio.
Con el MAS de nuevo en el poder pero con Evo Morales alejado de la Casa Grande del Pueblo y controlando el partido, la batalla partidaria entre los supervivientes se ha recrudecido hasta límites insospechados, pues en lo que parece ser el ingreso a una suerte de capítulo final adelantado, el debate ha dejado de ser un saludable intercambio de ideas sobre la forma de profundizar el proceso de cambio, el papel de los movimientos sociales y las necesidades de renovación, para convertirse en un intercambio de acusaciones gruesas que afectan a la gestión de gobierno.
En pocos días, el bloque evista ha dejado entrever que Arce conocía de la corrupción en la ABC y no hizo nada; que el Ministro de Gobierno Eduardo del Castillo puede estar involucrado en un plan para extorsionar a Evo tras el robo de su celular, y que además tendría lazos con el narcotráfico, y que además se han restaurado los lazos con el espionaje de Estados Unidos. Asuntos que poco tienen que ver con la lucha por el liderazgo del partido y mucho con la podredumbre general de un gobierno.
Desde que comenzaron las presiones, el presidente Luis Arce ha logrado mantenerse firme reforzando su autoridad, pero los últimos hechos han superado los límites. El Gobierno está obligado ahora a despejar toda sombra de sospecha para después poner orden en el partido. Hacerlo a la inversa podría generar nuevas dudas. En cualquier caso, Arce debe tomar nota de lo que viene sucediendo y actuar antes de que sea demasiado tarde.


