Gorbachov y el equilibrio mundial

Las consecuencias de la aplicación del modelo liberal sin el contrapeso soviético quedaron en evidencia en apenas una década y con el empobrecimiento de Sudamérica como ejemplo más evidente

La muerte del último presidente de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), Mijaíl Gorbachov, en medio de un contexto de crisis económica y tensión multipolar ha vuelto a reabrir el debate nunca acabado sobre el orden mundial y sus impactos, pues a pesar de que el calendario da muestras del fiasco acelerado al que condujeron los ganadores de la Guerra Fría, la hegemonía cultural que sigue ejerciendo 30 años después lo convierte en debate de café y no en aplicaciones prácticas alternativas. Por partes.

Gorbachov fue uno de los personajes clave del siglo XX en tanto fue quien retiró a la Unión Soviética del pulso de la Guerra Fría dejando todo el espacio para el neoliberalismo patrocinado por Estados Unidos. La prensa occidental se refiere a Gorbachov como un “reformista” imprescindible mientras que en Rusia ha muerto prácticamente en el ostracismo, siempre señalado como dirigente débil, cuando no traidor al ideal comunista, pero también a la vocación imperial de Rusia, siempre presente en la raíz de la Unión Soviética.

La caída de la URSS vino justificada por una suerte de “pacto de caballeros” en el que los líderes de occidente se comprometieron y no tardaron en incumplir

En solo 30 años desde que Gorbachov puso en marcha la perestroika, acordó la caída del muro de Berlín y tomó las medidas de apertura que en la práctica conllevaron a la desmembración de la URSS y la caída del régimen, el mundo va encadenando una crisis detrás de otra. Latinoamérica es un claro ejemplo de que la receta liberal funcionaba mucho mejor cuando al frente había un contrapeso como la Unión Soviética. El consenso de Washington y los postulados de la escuela de Chicago se extendieron por el continente en los años 90 rápidamente con muchos gobiernos haciendo escorzos ideológicos para justificar su cambio de posición, como Menem en Argentina o el MNR en Bolivia, pero el resultado quedó en evidencia en apenas diez años con la quiebra argentina, la crisis en Ecuador, la revuelta en Bolivia que sacó a Sánchez de Lozada en helicóptero, la emergencia chavista en Venezuela y otros “eventos” de esa época son el resultado de aquellas políticas de libre mercado aplicadas sin oposición. La crisis hipotecaria de 2008, la de deuda de 2012 e incluso la que se viene provocando por la alteración de las cadenas de distribución durante a pandemia tienen el mismo origen.

Por otro lado, las consecuencias geoestratégicas de aquellos pactos también están quedando en evidencia: la caída de la URSS vino justificada por una suerte de “pacto de caballeros” en el que los líderes de occidente se comprometieron a mantener la neutralidad de las nuevas repúblicas y no avanzar la influencia de la OTAN hacia sus fronteras, y sin embargo ha avanzado seis veces, la última hasta el corazón de la misma Ucrania, parte esencial del pacto eslavo y prácticamente indivisible del concepto.

Pocas veces la decisión de un solo hombre tuvo consecuencias globales tan marcadas como las que tomó Gorbachov en los 80 y que, además, él mismo las haya visto en vida. No se trata de especular sobre lo que pudo ser y no fue, pero sí de tomar en cuenta la historia reciente y estos 30 años de unilateralidad ahora que el mundo y sus pueblos buscan nuevos equilibrios con nuevos valores en el centro.


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