La lucha no espontánea contra el feminicidio

Acabar con el machismo, que conduce a la violencia, implica que todas las instituciones, pero sobre todo la familiar y la educativa, deben empujar en la misma dirección: en la de la igualdad

Ni por un minuto se puede levantar la guardia, porque no es verdad. El feminicidio como expresión suprema de la sociedad patriarcal sigue absolutamente presente en nuestra sociedad tarijeña y al parecer, según los datos, especialmente en el Chaco.

La presión popular logró poner este problema en el foco de atención no solo mediático, sino también político. En el aciago 2016 Tarija contó una asesinada por mes mientras sus asesinos huían rápidamente al encontrar “comprensión” en otros espacios donde se les da cobijo. Se declaró entonces una Emergencia Departamental que seguramente se convirtió en muchas consultorías y alguna que otra hoja de ruta, análisis de la ruta crítica y capacitaciones para policías y jueces y funcionarios, para que atiendan adecuadamente a las víctimas de violencia y que así, no acaben siendo parte de las estadísticas.

Seguramente fue esa misma presión popular la que de alguna forma logró alguna contención en el departamento, o tal vez fue solo la casualidad. El número de víctimas en los últimos años “bajó sustancialmente” y no faltó quienes se dispusieron a colgarse medallas, pero lo cierto es que una sola víctima ya es demasiado, y este año van cinco en ocho meses, cuatro de ellas en el Chaco. La incidencia es atroz.

Acercarse a cada una de las historias que hay detrás de las mujeres asesinadas a manos de sus parejas o exparejas, u otros familiares o amigos, dan muchas pautas de lo que sucede, aunque generalizar nunca será el camino, pues salvo por lo de que las víctimas son mujeres, no hay dos asesinatos iguales. Y ahí está la clave.

El asunto es a largo plazo, pero necesita de gestos rápidos y significativos que abran claramente los ojos a la población masculina, y también femenina. La violencia hacia la mujer es sistemática y es el producto del machismo recurrente e imperante, donde demasiadas veces no se establecen relaciones de afecto o de amor, sino relaciones de poder donde uno trata de dominar y la otra debe limitarse a obedecer.

Acabar con ese constructo social implica que todas las instituciones, pero sobre todo la familiar y la educativa, deben empujar en la misma dirección: en la de la igualdad, en la vía en la que se reconozcan las competencias y cualidades independientemente del género, en la vía donde no se toleren gestos violentos, ni chistes, donde se condene socialmente al abusador, al maltratador y al engreído amenazador.

Ahora, que nadie piense que la cosa surgirá espontáneamente, que basta con pararse al costado y decir que el problema es estructural y que no se puede cambiar, o que hacen falta 30 años para cambiarlo y que entonces “no fastidien tanto con el feminismo”. Camino se hace al andar y se anda con lo que se tiene: todas las autoridades a todos los niveles deben olvidarse de una vez de tallercitos y cursitos y exigir a sus funcionarios, a todos, que cumplan con la Ley, que protejan a las mujeres, que no discriminen, que no revictimicen y que busquen a los denunciados. Porque ahí están.

Desde El País lo seguiremos gritando digan lo que digan y se pongan del perfil que se pongan: Basta de violencia contra las mujeres. #NiUnaMenos


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