Cartografía Mundialista
Hay partidos que nunca son un partido
No fue el "barrilete cósmico", tampoco la "mano de Dios". Fue, simplemente, otro capítulo de esa obstinación argentina por creer cuando todo parece perdido.
No hubo partido, desde Catar al que haya recurrido a tantas cábalas; las anteriores y algunas que fui incorporando. Valió la pena ver mil videos del Diego en el 86 contra los ingleses, mirarme la peli "La mano de Dios”, la noche anterior, hasta casi las 2 am, portar el CI de mi viejo, vestir siempre la camiseta del rojo debajo de la de Argentina, el mensaje de una amiga que es cábala desde la Copa América del 2021, verlo con los amigos de siempre y pedirle a un primo que no comente nada durante el partido.
Sí, yo quise ser como Scaloni y pensar que sólo era un partido de fútbol y tratar de no mezclar geopolítica, historia, cuestiones armamentistas y de dignidad patriótica; pero me fue imposible. Crecí allá y con el mundial 86, Diego, Las Malvinas, mi independiente ganándole al Liverpool en el 84; y aunque era muy niño me traje todo eso a Bolivia. Y no, el partido con los ingleses no podía ser un partido más.
Además, me negaba a que sea el último baile de Messi. Para el argentino ganar este partido era de vida o muerte, incluso más que la final del domingo con los españoles...que también se quiere ganar y cerrar un ciclo excepcional (como lo tuvo Alemania, entre el 90 y 2014, como lo tuvo Brasil entre el 58 y 70 o entre el 94 y 2002). Era algo innegociable.
Cuando llegó el gol de los ingleses sentí que sería imposible la remontada, misma sensación que tuve con el segundo gol de Egipto; pero una vez más olvidé del hambre, el coraje, el pundonor que tiene la albiceleste. Pareciera que se alimentara de la adversidad y no le importara tenernos al límite, al riesgo de otro "casi" infarto. Saben que con eso nos ilusionamos más, sentimos que la gloria está cada vez más cerca. Cuando empata Enzo salí corriendo a gritarlo por todo mi barrio, ni que decir luego del centro (con la derecha, sí, con la de "palo" de Messi) perfecto para que Lautaro deje las esperanzas de los ingleses por los suelos.
No fue el "barrilete cósmico", tampoco la "mano de Dios". Fue, simplemente, otro capítulo de esa obstinación argentina por creer cuando todo parece perdido. Y allí estaba Messi, con el puño apretado y ese centro dibujado con su pierna menos hábil, recordándonos que los genios no necesitan repetir los milagros del pasado; les basta con inventar los propios.





