Cartografía Mundialista
Los últimos ocho
A esta altura, jugar bien ya no alcanza. También hay que saber engañar al final
Queridos supervivientes mundialeros:
Hace apenas diez días el Mundial parecía una feria de ilusiones. Había lugar para las revelaciones, para los enamorados de los underdogs, para los románticos que soñaban con Cabo Verde, Paraguay o Japón. Hoy ya sólo quedan ocho. El Mundial dejó de repartir esperanzas y empezó a repartir despedidas. Como siempre, terminó por separar a los buenos de los resistentes. Porque los cuartos de final ya no distinguen al que juega mejor, sino al que encuentra una manera de seguir vivo.
Argentina dio la lección más espectacular. Perdía 2-0 ante Egipto y, durante una hora, pareció encaminarse hacia una de las mayores sorpresas del Mundial. Entonces apareció esa vieja arrogancia de los campeones: no dan por terminada una derrota mientras quede una pelota por jugar. Tres goles después, los egipcios aprendieron que nunca conviene firmar el certificado de defunción antes del pitazo final. Especialmente si el muerto todavía respira, corre y tiene tres estrellas sobre el escudo.
Suiza y Colombia, en cambio, decidieron prescindir de los goles y resolver sus diferencias como dos notarios que discuten una escritura. Ciento veinte minutos de prudencia desembocaron en los penales, esa disciplina en la que el fútbol abandona cualquier pretensión científica y acepta que el corazón también patea. La moneda cayó del lado suizo. Debe de ser uno de esos países donde hasta el azar funciona con precisión de reloj.
Francia tiene la mala costumbre de jugar sin épica. Avanza como quien renueva el pasaporte: sin alardes, sin angustia visible y con todos los papeles en regla. Eliminó a Paraguay apenas por un gol, pero nunca transmitió sensación de descontrol. Hay selecciones que impresionan por el espectáculo; otras, porque hacen parecer sencillo lo que resulta dificilísimo. Los franceses pertenecen a esta segunda especie.
Marruecos ya dejó de pedir permiso. Primero eliminó a los Países Bajos. Después despachó a Canadá con un inapelable 3-0. Lo incómodo para los favoritos es que Marruecos ya dejó de ser “la historia linda”. Ahora empieza a convertirse en un problema.
Noruega protagonizó otro de esos pequeños terremotos del torneo: eliminó a Brasil y, de paso, un pedacito de nuestra infancia. No fue solo una victoria; fue una notificación de época. Las camisetas históricas todavía pesan, claro, pero ya no intimidan como antes. El prestigio sigue entrando a la cancha, pero cada Mundial corre un poco más despacio.
Inglaterra tuvo que sufrir para eliminar a México en el Azteca. Los ingleses consiguieron algo que durante décadas parecía incompatible con su ADN: sufrir... sin inventarse una tragedia.
España continúa avanzando con esa mezcla de paciencia y autoridad que convierte cada posesión en un pequeño acto de desgaste para el rival. Bélgica, en cambio, hizo algo imperdonable: arruinó el final feliz de los estadounidenses que ya tenían banda sonora épica y plano final a cámara lenta. Dos equipos europeos que llegan sin hacer demasiado ruido, precisamente el tipo de equipos que suelen aparecer cuando la Copa empieza a olerse de cerca.
Los ocho clasificados llegaron mintiéndole a alguien. Argentina le mintió al reloj. Francia a la ansiedad. Marruecos a la lógica. Noruega a la historia. Inglaterra a sus propios fantasmas. España al apuro. Bélgica al ruido mediático. Y Suiza a quienes todavía creen que el fútbol siempre premia al más entretenido.
A esta altura, jugar bien ya no alcanza. También hay que saber engañar al final.





