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Cartografía Mundialista

El juramento que nunca se rompe

Por eso un mundial nunca se reduce a una tabla de posiciones. También es un gigantesco escenario donde se celebran sueños, se rompen ilusiones y nacen las historias que sobrevivirán al paso de los años

Merodeos
  • Karina Vargas
  • 28/06/2026 13:33
El juramento que nunca se rompe
Zona Mixta

“Hemos jurado amarnos hasta la muerte y si los muertos aman, después de muertos amarnos más”. La fe y la confianza volvieron a un país completo y así lo reflejaron los ecuatorianos en el estadio de Nueva York, cantando a voz en cuello esa canción que no solo celebraba la victoria frente a Alemania, sino la renovación de un pacto. “El Juramento” de un amor y una pasión eternas, donde ya no importan la frustración de los partidos previos ni las dudas sobre la continuidad de su director técnico.

Algo que no pudo vivir otro sudamericano. Uruguay sigue hundido en la bronca y la frustración, esa que alcanzó al entrenador, al cuerpo técnico, a los jugadores y a cada uno de los uruguayos, porque allí el fútbol forma parte de la identidad del país. La salida de Fernando Muslera, después de su error frente a España, terminó siendo apenas la imagen más visible de un equipo que nunca logró reencontrarse.

Es que el fútbol tiene la magia de la pasión. Pocos deportes son capaces de cambiar el estado de ánimo de millones de personas en apenas noventa minutos. Todo se perdona cuando llega el triunfo, no importa cómo; luego habrá tiempo para analizar. La racionalidad de las explicaciones tiene poco espacio frente a una derrota que duele mucho más porque solo confirma un fracaso que ya se veía venir. Por eso un mundial nunca se reduce a una tabla de posiciones. También es un gigantesco escenario donde se celebran sueños, se rompen ilusiones y nacen las historias que sobrevivirán al paso de los años.

Las emociones, además, no entienden de estadísticas. Cabo Verde llegó a este Mundial con el cartel de debutante y terminó conquistando el cariño de buena parte del planeta. Detrás de cada atajada de Vozinha estaba la emoción de su madre, recordándole al mundo que, antes de ser futbolistas, los protagonistas de este torneo siguen siendo hijos, padres, hermanos. Y detrás de esa selección había un país entero descubriendo que, con entrega y convicción, también podía mirar de frente a las grandes potencias del fútbol.

Ese sentimiento se repitió en otras selecciones que superaron por primera vez la fase de grupos. En un torneo que suele concentrar la atención en los campeones históricos y en los candidatos de siempre, los nuevos protagonistas comenzaron a escribir su propia historia. Cuando dentro de algunos años recordemos este Mundial con un "¿te acuerdas cuando...?", ellos también ocuparán un lugar en esa memoria.

África merece un capítulo aparte. Durante años se habló de sus selecciones como proyectos llenos de potencial. Este Mundial mostró algo diferente. Ya no son invitados que buscan sorprender una tarde o un golpe de suerte. Compiten, clasifican y juegan de igual a igual. Se podrán discutir los méritos futbolísticos de Sudáfrica o República Democrática del Congo; a estas alturas poco importa. Están donde otros tenían la obligación de llegar. Ya no son promesas: son protagonistas y reflejan una transformación que lleva décadas gestándose.

En las tribunas también se jugó otro campeonato. Los hinchas asiáticos volvieron a demostrar que la pasión puede expresarse con respeto, organización y una devoción capaz de recorrer miles de kilómetros. Los vikingos aportaron sus rituales, los africanos llenaron los estadios de música y color, los sudamericanos marcaron el ritmo de los cánticos y las camisetas de decenas de países terminaron mezclándose en abrazos que solo un Mundial logra. Estos días demuestran que las diferencias y las distancias están en las esferas políticas y poco y nada tienen que ver con la gente. 

Y como ocurre en toda buena historia, tiene capítulos inesperados. Uno de los mejores encuentros de la fase de grupos fue, precisamente, el que casi nadie —salvo austriacos y argelinos— había marcado en su agenda. Al final, los minutos del alargue tuvieron a los iraníes entre el cielo y el infierno, en una de esas historias que siempre empiezan con un "¿y si hubiera...?".

Paraguay avanzó sin convencer, demostrando que también se clasifica desde el oficio y no necesariamente desde el espectáculo. 

Austria y Argelia encontraron la victoria en un empate, recordándonos que no siempre se necesitan vencedores y vencidos para tener finales felices. E Irán quedó a nada de escribir una de esas gestas que permanecen en la memoria. No alcanzó la clasificación, pero estuvo muy cerca de doblarle la mano a un Mundial que le puso obstáculos más allá de lo futbolístico, confirmando que otros intereses pueden terminar desdibujando la esencia del deporte y del fair play.

De aquí en adelante todo debe ser emoción, aunque siempre aparece un partido plano. Las eliminaciones directas llegan con lágrimas, sorpresas y mucho más, para dejarnos un nuevo campeón. Dentro de poco, seguramente habremos olvidado muchos resultados, pero difícilmente aquellas imágenes que ya hacen especial a este Mundial: un estadio entero cantando “El Juramento” mientras Ecuador recuperaba la fe; la madre de Vozinha viviendo cada atajada con el corazón en la mano; un país diminuto descubriendo que también podía desafiar a los gigantes; dos selecciones celebrando un empate como si hubieran conquistado el mundo; o la tristeza de Uruguay, recordándonos que el fútbol también puede romper el corazón.

Al final, los mundiales pasan, los jugadores también y hay nuevos campeones. Pero algo permanece intacto: ese pacto silencioso entre un país y sus colores. Tal vez por eso “El Juramento” sonó con tanta fuerza aquella noche en Nueva York, reflejó lo que sienten millones de personas cada vez que su selección sale a la cancha. Es que ese juramento, gane o pierda, nunca se rompe.


En medio de la vorágine noticiosa del país, más crispado que de costumbre, tres de las mejores plumas del país se unen para ofrecer una crónica mundialista distinta. Desde este martes y hasta la final del 19 de julio, Erik Ortega, Alfonso Cortez y Rafael Sagárnaga, coordinados por el director de El País Jesús Cantín, compartirán reflexiones, emociones y expresiones del “evento futbolístico más grande del planeta” y todo lo que mueve a su alrededor, porque “el fútbol nunca fue solo fútbol”, sino una excelente metáfora a través de la que se explica la vida, el mundo y sí, también el propio fútbol.

De momento se han sumado Karina Vargas, Mariana Ruíz, Marcelo Suárez y Pablo Carbone ¿Quieres sumarte? Escríbenos a [email protected]

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