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Tres Tristes Críticos

Sobre el Frankenstein de Guillermo del Toro: Un monstruo para el celular

Entre maquillajes mórbidos y encuadres saturados, la nueva versión del mito de Shelley se revela como un ejercicio de devoción infantil que naufraga en su propia abundancia.

Ecos de Tarija
  • Mauricio Souza Crespo
  • 01/02/2026 00:00
Sobre el Frankenstein de Guillermo del Toro: Un monstruo para el celular
Frankenstein de Guillermo del Toro

1. Guillermo del Toro dice haberse estado preparando durante toda su vida, desde que era niño, para hacer esta película. Y ese fervor, como el de un milenial ensimismado jugando con sus muñecos de infancia favoritos, es lo que más (y a veces lo único) que se nota en el producto de tantos años de dedicación: su Frankenstein de 120 millones dólares (más gastos de promoción) es un largo, atiborrado y exuberante acto de devoción; lamentablemente, no es más que eso.

 2. Poco en esta película se libra de una estética del exceso y nada en ella se resuelve de otra manera que o metiéndole plata al asunto (a un millón de dólares por minuto) o dejándose llevar por los énfasis a granel: las actuaciones son sobreactuaciones, los diálogos fatigan la vulgaridad o el lugar común (de filosofía pop) y no hay toma o encuadre que no esté saturado –cual legendario palacio de pichicatero– de chucherías y curiosidades.

 3. ¿Es esta versión cara de Frankenstein mejor que otras películas basadas en la novela de Mary Shelley de 1818? Sin duda, aunque para nada mejor que la clásica de 1931 (de James Whale y de la que del Toro copia, sin decirlo, buena cantidad de ideas) y tampoco mejor que la de Mel Brooks de 1974 (de la que, desgraciadamente, no copia nada). Aunque, más que “mejor”, la de Del Toro es una versión o lectura en la que simplemente hay mucho más: más sangre, más tripas, más cadáveres, más maquillaje, más explosiones, más incendios y fuegos, más muertes, más perlas de sabiduría. Si el monstruo de Shelley mata, en total, a tres personas, el de Del Toro, apuradito y hecho al action hero gringo, se despacha ya a seis en los primeros 5 minutos de la peli (preludio de los largos 145 que faltan por ver).

 4. Si después de 200 años seguimos leyendo Frankenstein es porque, entre otras razones, es un relato que se presta a una caravana de lecturas alegóricas sobre esto y aquello. La historia de Víctor Frankenstein y el monstruo que crea (y que nunca recibe un nombre: la novela lo llama “criatura”, “enemigo”, “espectro”, “demonio”, “engendro”) ha sido leída como una alegoría sobre los pecados y desgracias de la paternidad, de la soberbia científica, de la obsesión sin límites, del prejuicio social, de la muerte de Dios, de la modernidad, etc., etc. Aunque Del Toro, fiel a su estética maximalista, alude a estas lecturas, se concentra en la primera: el suyo es un repetitivo melodrama sobre un padre irresponsable, tonto, odioso y violento. No contento con los materiales de la novela, añade a su versión complicaciones telenovelescas: Víctor se enamora de la prometida de su hermana que, a su vez, se enamora del monstruo (que es el nuevo bombonazo australiano Jacob Elordi). Y hay traumas familiares de principio a fin, de cabo a rabo, de pared a pared.

 5. De hecho, creo que lo más significativo de Frankenstein –nominada hace unos días a 9 premios Óscar– es lo siguiente: ejemplifica y encarna una contradicción irresuelta de estos tiempos de cine por streaming. Por un lado, Del Toro pensó que la suya era una película que debería verse en salas, en esas pantallas grandes que le permitirían al público apreciar las bondades de su “gran imaginación visual”. Por el otro, la que puso los dólares es Netflix, que luego de exhibirla un par de semanas en salas, la estrenó en su plataforma. Y, claro, en pantallas más chicas –las del celular, por ejemplo, que usan para ver pelis, según estimaciones, la mitad de los suscriptores– esas exuberancias visuales pasan a segundo plano.

 6. Es más: hoy se discute el hecho de que buena parte del público ve películas en su casa como veíamos antes televisión: con frecuencia distraídos, en una práctica de consumo a medio camino entre la atención dispersa, el bostezo, los bocaditos y las excursiones al baño. Y también se dice que estas formas de consumo distraído explican el hecho de que las películas de Netflix repitan hasta el cansancio sus ideas principales, aclaren a cada paso sus giros narrativos, identifiquen de entrada la naturaleza ética de sus personajes y abunden en diálogos que, más que serlo, son el reciclaje de frases hechas. Esta contradicción explicaría algunas de las decisiones narrativas de Del Toro: mientras él está concentrado en el maquillaje mórbido del monstruo (que es impresionante) o en el diseño del laboratorio de Víctor Frankenstein (con su gótico de computadora), a los espectadores se nos ofrece un relato que simplifica y reduce las riquezas de la novela de Shelley o de otras cintas basadas en la novela de Shelley. Esta es una película hecha tal vez para verse en casa o en la calle sin prestar mayor atención, con los consuelos de un final feliz hollywoodense de yapa.

 7. Guillermo del Toro fue alguna vez un director que prometía algo. Cronos (1992), El espinazo del diablo (2001) o El laberinto del fauno (2006) eran el anuncio o la confirmación de un artesano de entretenimientos encantadores. Este Frankenstein, en cambio, es un lujoso (y aburridor) fracaso.

 

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