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Tres Tristes Críticos

El día de la revelación: Spielberg a sus ochenta

Merodeos
  • Mauricio Souza Crespo
  • 21/06/2026 01:30
El día de la revelación: Spielberg a sus ochenta
Cartelera de la película

1. Algunos números: con el El día de la revelación, su cuadragésima película –ahora en cartelera–, Steven Spielberg parece querer celebrar sus 80 años de vida (que cumple el próximo 18 de diciembre) y sus 63 de carrera cinematográfica (en los que ha dirigido una veintena de clásicos mayores y menores del cine comercial norteamericano y ha producido 180 películas). Como tantas, la celebración es nostálgica, que es, por otra parte, una de las varias maneras de sentimentalismo que caracterizan la obra de este director judío, progresista, disléxico y pequeñito (aunque más alto que su contemporáneo italiano, el diminuto Scorsese). Creador de dos de las sagas o franquicias más duraderas del cine contemporáneo (Indiana Jones y Parque Jurásico), autor de media docena de conmovedoras reconstrucciones históricas, se calcula que es el director más exitoso de la historia: sus películas han recaudado en taquilla alrededor de 10.000 millones de dólares.

2. El día de la revelación es un ejercicio nostálgico no solo porque regrese a una de las obsesiones de su director –el contacto con extraterrestres–, sino porque rebosa en referencias a la filmografía de ese mismo director, Spielberg. Hay en ella alusiones a su primera película, Firelight, que dirigió cuando tenía 17 años, y también a Encuentros cercanos del tercer tipo (1977), E.T. (1982), Inteligencia artificial (2001), Sentencia previa (2002) y La guerra de los mundos (2005). Personajes, escenas, diálogos y tics visuales de esas cintas son convocados a participar en esta, que los combina según un modo o método que podría considerarse el mayor talento de Spielberg: su habilidad de narrar con limpieza clásica y, a veces, innegable esplendor visual historias familiares, ya conocidas, emotivas, con frecuencia amenazadas por las imprecisiones y manipulaciones de la cursilería. 

3. Las inclinaciones de Spielberg son conocidas y están a la vista: por ejemplo, el humanismo vago y bien intencionado que preside los guiones que filma. Y como no es autor de esos guiones (entre otras razones, por su dislexia), la suerte de sus emprendimientos depende de la riqueza o pobreza de ese material de partida. Poco en esta película (escrita por David Koepp, antiguo colaborador, autor de los guiones de Parque Jurásico y La guerra de los mundos) es original o diferente, pero, a la vez, como las bandas sonoras de John Williams (autor de la música de 30 de las 40 películas de Spielberg), esa rutinaria familiaridad no ha perdido su encanto. Es decir, en esta película todo es conocido, pero, a la vez, casi todo funciona bien.

4. El día de la revelación es una larga persecución. Más cómodo con el diseño del espectáculo del movimiento –de sus personajes y de la cámara– que con la construcción narrativa de esos personajes, de sus diálogos e ideas, Spielberg ensaya aquí una serie de virtuosas variaciones de uno de los motivos centrales del cine: en un mundo dividido entre buenos y malos, parece lógico que estos se persigan sin respiro: a pie, en auto, en tren. Maestro del suspenso, el suyo no es el de Hitchcock (armado a partir de indicios policiales y sugerencias patológicas) o, más cerca de su generación, no es el de Coppola o Scorsese (que es el suspenso de las disyuntivas éticas y psicológicas de sus personajes): es, en cambio, el suspenso espacial del cine silente, con sus coreográficas y acrobáticas persecuciones en auto, con sus doncellas amarradas a las rieles y a punto de ser embestidas por el tren, con sus escapes y fintas contra el reloj y al borde mismo del desastre, del precipicio y de la aniquilación.

5. La “revelación” que promete el título es la misma que el tráiler de la película anuncia sin mayor reparo por los spoilers: que los extraterrestres viven hace décadas entre nosotros, que no estamos solos en el universo. El resto no es difícil de adivinar: que hay una conspiración del “Estado profundo” estadounidense (esa paranoia tan gringa) para esconder los hechos, que hay un contingente de oscuros agentes dedicados a encarcelar a los inmigrantes del espacio exterior y preservar la ignorancia de la ciudadanía, que el “complejo industrial-militar” ha aprovechado, inescrupuloso y violento, la tecnología extraterrestre, etc. La tesis central de la película, aclarada en discursos expositivos que interrumpen las persecuciones, es también conocida: “la empatía es una ventaja evolutiva”, declara un personaje.

6. Entre las ideas que la película propone, una de increíble ingenuidad bien pensante es esta: que la “revelación” que los buenos promueven y los malos combaten es posible en un solo acto de comunicación. Basta que se revele la verdad y el mundo, en una cadena filial de teléfonos celulares, se detendrá en sus pasos para recibirla, con la boca abierta (que es, por otra parte, uno de los tics visuales por el que Spielberg es famoso: primeros planos de sus actores mirando, con la boca abierta, algo sorprendente). Se supone, contra las insistentes evidencias del presente, que los celulares y las redes sociales son un vehículo del acceso a la verdad.

7. Con la excepción de los que pululan en La guerra de los mundos –que adapta la novela de H. G. Wells–, los extraterrestres en las películas de Spielberg son rebuena gente. Moluscos de ojos grandes, estos pulpos siempre nos tienen algo que enseñar, mostrar o regalar. En El día de la revelación, esas lecciones y presentes del espacio exterior son justo lo que requerimos: comunicación, empatía, hermandad entre razas y especies. Porque el punto de partida es una civilización al borde del colapso, ansiosa, deprimida. “Todo el mundo conoce este sentimiento de desolación, como si su padre o su perro acabaran de morir”, escribía Leonard Cohen, hace 40 años, en una canción. Y eso es precisamente lo que la película de Spielberg asume es necesario detener y reparar (con ayuda de los moluscos inteligentes): un mundo dividido y en guerra, exasperado, incierto y nervioso, que se sospecha cerca del fin o de la aniquilación.

8. Lo que aquí hemos insinuado un poco injustamente –que el cine de Spielberg es un repertorio de relatos en los que el genio visual está al servicio de ideas simples– tiene, por otra parte, que considerarse en su contexto. El de Spielberg es invariablemente un cine de superproducciones; y en ese género, poblado en los últimos años por superhéroes (de Marvel o DC) y sagas medievales (La guerra de las galaxias o El señor de los anillos), esas “ideas simples” son, comparativamente, de considerable sofisticación. A lado de una enésima versión de Superman o El Hombre Araña, cualquier película de Spielberg es un surtidor de “grandes ideas” o, porque por lo menos las hay, de ideas a secas.

9. Cuando Steven Spielberg, aún muy joven, estrenó Tiburón (1975), su quinto largometraje, el cine comercial norteamericano empezaba a salir de un productivo periodo de exploración y experimentación narrativas. Como en el resto del mundo, también en Estados Unidos se habían intentando otras formas de narrar, de construir personajes, de pensar la puesta en escena, de pensar los temas y las historias. Y entonces llegó Spielberg, escasamente interesado en continuar esas exploraciones y mucho más en planificar entretenimientos definidos por su éxito masivo en taquilla, emprendimientos por definición espectaculares y costosos. Tiburón devino el gran ejemplo de una nueva época: la de los “blockbusters”, películas en las que los estudios invierten grandes cantidades y esperan grandes retornos. En vez de decenas de película de costo medio, unas cuantas de gran costo que, para ganar dinero, necesitan ocupar, cual ejército vencedor, salas y mercados, blockbusters en suma: “bombas revienta-manzanas”.

10. No pocos historiadores del cine anglosajón escogen Tiburón (1975) de Spielberg como la película emblemática del fin de una época –la de un cine con aspiraciones a ser un arte– y la del principio de los dominios de otra: la de las monótonas megaproducciones infantilizantes. Pero los contextos cambian. ¡Qué tiempos aquellos en los que una película de Spielberg era el entretenimiento liviano y formulaico en cartelera y no, como ahora, lo mejorcito en ella! Ya lo dice el dicho italiano: “para lo peor nunca hay fin”. Cada día como si el padre o el perro se nos acabaran de morir.

 

 

 

 

 

 

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