Pura Cepa | Día Mundial del Teatro
Chiquis Cartagena: el maestro más fiel del teatro tarijeño
Llegó a Tarija en 1974 sin tener dónde dormir. Se quedó cincuenta años haciendo teatro. El 3 de octubre de 2024, el telón bajó para siempre.
Hay una imagen que resume a Julián “Chiquis” Cartagena mejor que cualquier currículum: un hombre que llegó a Tarija desde Oruro en 1974 a estudiar Auditoría Financiera, sin tener dónde quedarse, y que terminó durmiendo una noche en una celda policial. Con el tiempo consiguió casa, amigos y universidad. Pero lo que realmente encontró en Tarija fue su destino: el teatro. La carrera de auditor nunca ocurrió. Los cincuenta años en las tablas, sí.
Chiquis murió el 3 de octubre de 2024, un día antes de que se realizara un homenaje preparado con urgencia cuando su salud se complicó hasta el punto en que amigos y colegas pidieron donaciones de sangre en el Banco de Sangre de la ciudad. Ese homenaje, finalmente, se convirtió en velorio. Y el velorio, inevitablemente, se convirtió en teatro.
Llegaron amigos de antes, de los tiempos del Portón de la Palmera y del Pueblo. Llegaron jóvenes que lo conocieron en sus últimos talleres. Llegó también un viajero que en algún momento había gozado de la hospitalidad de Chiquis —techo y comida sin cobrar, como era su costumbre con quien lo necesitara— y que apareció esa noche con una guitarra y bastante alcohol encima. Se adueñó del momento con canciones a voz en pecho y palabras que inflaban una amistad más breve de lo que él quería hacer creer. Quizás buscaba ser importante. Quizás quería tapar con ruido la deuda que nunca pagó. Quizás, simplemente, necesitaba una razón legítima para seguir bebiendo. Los viejos amigos lo dejaron hablar, lo dejaron tocar, y después le pidieron la guitarra con esa educación firme que tienen quienes realmente tienen derecho. Y tocaron sus canciones —las que Chiquis hubiera reconocido— mientras la noche avanzaba entre memorias, risas, alguna lágrima y esa tensión dramática entre personajes tan distintos que solo ocurre en los velorios y en el buen teatro. Yo estoy seguro que Chiquis tomaba notas para otra obra.
Su trayectoria abarcó todo lo que el teatro puede ser en una ciudad sin escuela ni política cultural: resistencia, pedagogía, comunidad y terquedad. En los años de las dictaduras de Banzer y García Meza, hacía teatro político con el grupo Túpac Katari. En 1985 co-fundó el Portón de la Palmera, donde nació el Grupo Teatral El Pueblo, que dirigió desde 1986 hasta 1998, llevando a escena desde Ionesco hasta Cortázar. Después vino Caretas —el primer café-teatro de Tarija—, que fue al mismo tiempo escenario, escuela, restaurante vegetariano y refugio cultural, sostenido sin subsidios y con la pura convicción del fundador.
“Nunca fuera de todo”, recuerda David Valdez, exactor de Caretas, en una nota de Verdad con Tinta. “Su método de enseñanza era sobre nosotros. No nos decía cómo él veía al personaje, nos hacía verlo y crearlo”. Era empírico declarado —“todo fue investigación, lectura y ver teatro”, decía de sí mismo— y en esa honestidad radicaba gran parte de su autoridad moral sobre el gremio, aunque sus obras muchas veces no hayan sido consideradas por tener un alto valor artístico.
En septiembre de 2024, pocas semanas antes de morir, el Concejo Municipal lo declaró Ciudadano Destacado. Fue un reconocimiento tardío, como suelen ser los reconocimientos a quienes hacen cultura sin hablar el idioma del folclore ni del presupuesto oficial. Fue el único provecho que Chiquis tuvo de su proximidad a un círculo político que no quiso ni supo traducir a tiempo su favor para convertir un lugar como Caretas en una escuela durable, en un legado artístico que pudiera continuar.
Este 27 de marzo, Día Mundial del Teatro, el arte que el Chiquis sembró sigue dando frutos en las actrices y actores que lo conocieron, aunque ninguno haya tomado la batuta, y aunque él ya no esté aquí para verlos.





