Vida en familia
12 cosas que pueden hacer los padres para prevenir el suicidio adolescente
La adolescencia trae cambios, independencia y conflictos que no siempre son fáciles de interpretar. Reconocer señales, escuchar sin juzgar y buscar ayuda a tiempo puede marcar una diferencia. En Bolivia, la familia sigue siendo una de las principales redes de protección. El 10 de septiembre es el Dí
A medida que los hijos crecen, los padres dejan de saber con la misma facilidad qué piensan, qué sienten o qué problemas enfrentan. El adolescente construye espacios propios y muchas veces prefiere contar sus preocupaciones a sus amigos.
Eso no significa que la familia haya dejado de ser importante. Cuando un adolescente atraviesa un momento difícil, contar con un adulto que escuche, no minimice lo que ocurre y sepa cuándo pedir ayuda puede ser decisivo.
El suicidio adolescente no tiene una sola causa. Puede estar relacionado con problemas de salud mental, violencia, acoso escolar o digital, conflictos familiares, pérdidas, discriminación, dificultades económicas, consumo de sustancias u otras situaciones que hagan sentir al joven que no encuentra una salida.
La Organización Panamericana de la Salud (OPS) advierte que el suicidio entre adolescentes y adultos jóvenes aumentó en las Américas durante las últimas dos décadas. En 2026 informó que entre 2000 y 2021 la tasa regional aumentó 38%.
En Bolivia, el tema comienza a recibir una atención institucional más estructurada. Durante 2025 el país avanzó en la validación de su primer Plan Nacional de Prevención del Suicidio y en la integración de la salud mental a la atención primaria.
Pero la prevención también comienza en casa.
1. Aprenda a reconocer cuándo algo puede estar pasando
No todos los cambios de humor son señales de alarma. La adolescencia implica transformaciones emocionales, físicas y sociales. La preocupación aparece cuando los cambios son importantes, persisten durante semanas o interfieren con la vida cotidiana.
Una caída marcada en el rendimiento escolar, alteraciones del sueño o apetito, pérdida de interés por actividades que antes disfrutaba, aislamiento de amigos y familiares o dificultades para cumplir responsabilidades pueden indicar que algo no está bien.
No es necesario que exista un diagnóstico previo de depresión u otro trastorno para que haya riesgo.
El primer consejo es observar sin invadir y preguntar sin interrogar. No hace falta esperar a que el adolescente llegue con un problema perfectamente explicado. Puede bastar con decir: “Te noto diferente últimamente. Si quieres hablar, estoy aquí”.
2. Escuche incluso cuando no quiera hablar
Uno de los desafíos de la adolescencia es que los hijos pueden cerrar la puerta precisamente cuando los padres más quieren saber qué ocurre.
Si responde “nada”, no necesariamente significa que no exista un problema.
Escuchar también implica observar cambios: si dejó de salir con sus amigos, abandonó actividades que disfrutaba, duerme demasiado o casi no duerme, está constantemente irritable, bajaron sus notas o dejó de cumplir tareas habituales.
La OPS ha destacado herramientas de primer apoyo emocional validadas con jóvenes bolivianos, que ponen énfasis en escuchar sin juzgar, informarse, mejorar la seguridad y apoyar. Para un padre puede traducirse en algo tan sencillo como apagar el celular, sentarse junto al adolescente y prestar atención.
3. No piense que “a mi hijo no le puede pasar”
Ningún hogar debería asumir que está completamente al margen del problema.
Un adolescente puede enfrentar una ruptura sentimental, acoso en el colegio, conflictos familiares, una pérdida, presión académica, violencia, discriminación o una situación que sus padres ni siquiera conocen.
En Bolivia también deben considerarse realidades como la migración de uno o ambos padres, las separaciones familiares, las dificultades económicas, la violencia intrafamiliar y las desigualdades en el acceso a servicios de salud mental.
La OPS ha advertido que el suicidio en el país continúa siendo un problema de salud pública rodeado de estigma y tabúes.
4. Nunca descarte como “drama adolescente” una referencia a la muerte
Hay frases que los adultos pueden atribuir rápidamente al enojo o a una exageración propia de la edad.
No conviene hacerlo. Si un adolescente dice que no quiere vivir, que su vida no tiene sentido, que todos estarían mejor sin él o que quisiera desaparecer, la conversación debe tomarse en serio.
No significa necesariamente que vaya a intentar suicidarse, pero sí que está expresando un nivel de sufrimiento que requiere atención.
Ante la duda, es preferible preguntar y buscar orientación profesional. Hablar directamente sobre el suicidio no provoca que una persona se suicide. Preguntar puede abrir una puerta para que el adolescente cuente lo que está viviendo.
5. Responda con empatía, no con reproches
La primera reacción de un padre puede ser miedo, enojo o incredulidad. “¿Cómo puedes decir eso después de todo lo que hacemos por ti?” o “No tienes motivos para sentirte así” pueden cerrar la conversación.
Cuando un adolescente habla de un sufrimiento profundo, necesita primero sentirse escuchado.
En lugar de “estás exagerando”, puede ser más útil decir: “Siento que estés pasando por esto. Quiero entender qué te está ocurriendo”.
No se trata de aprobar todas sus decisiones ni de darle la razón en todo. Se trata de separar el problema de la persona.
El mensaje debe ser: “Lo que te pasa me importa y no tienes que resolverlo solo”.
6. Busque ayuda cuanto antes
Los padres no tienen que convertirse en psicólogos de sus hijos. Su tarea es detectar que algo no está bien y buscar ayuda. Si existen señales persistentes de depresión, autolesiones, aislamiento extremo o referencias al suicidio, es importante acudir a un profesional de salud.
7. Haga más seguro el entorno familiar
Cuando existe preocupación por un posible suicidio, la familia debe prestar especial atención a medicamentos, sustancias y otros elementos que puedan representar un peligro durante una crisis.
Los medicamentos deben mantenerse fuera del alcance del adolescente y, cuando exista un riesgo elevado, su acceso debe ser controlado por un adulto.
La seguridad del hogar no reemplaza el tratamiento, pero forma parte de él.
8. Cuando comienza el tratamiento, ayude a recuperar la esperanza
Recibir atención profesional no significa que el problema desaparecerá inmediatamente. La recuperación puede ser gradual y puede haber avances y retrocesos.
Los padres pueden ayudar recordando que una crisis no define toda la vida del adolescente. Lo que hoy parece insoportable puede cambiar con apoyo y tratamiento. La salud mental forma parte de la salud integral. Buscar ayuda no es una señal de debilidad ni de fracaso familiar.
9. Ayúdelo a mantener sus vínculos
Un adolescente en crisis puede querer aislarse. No conviene forzarlo a participar en todas las actividades sociales, pero sí evitar que quede completamente desconectado.
Un amigo de confianza, un hermano, un primo, un profesor, un entrenador o un adulto cercano pueden formar parte de su red de apoyo. Las redes sociales también requieren atención. Para muchos adolescentes bolivianos, WhatsApp, Instagram, TikTok y otras plataformas son parte de su vida cotidiana. Pueden servir para mantener vínculos, pero también convertirse en espacios de acoso, comparación, presión social o exposición a contenidos perjudiciales. Más que prohibir automáticamente el celular, conviene conversar sobre lo que ocurre allí.
10. Cuide el sueño y la actividad física
Dormir bien no resuelve por sí solo un problema de salud mental, pero el descanso forma parte del bienestar emocional. Los cambios importantes en los patrones de sueño pueden ser además una señal que los padres deben observar.
La actividad física también puede formar parte de la recuperación. No tiene que ser un gimnasio: caminar, andar en bicicleta, jugar fútbol, practicar algún deporte, bailar o salir al aire libre son alternativas. La clave no es imponer una actividad, sino encontrar algo que el adolescente disfrute y pueda mantener.
11. Ayúdelo a recuperar el equilibrio
Un adolescente en crisis no necesita que le exijan resolver todos sus problemas de una vez.
Las dificultades escolares, familiares, sociales y personales pueden acumularse hasta parecer imposibles de manejar. Los padres pueden ayudar a dividir los problemas en pasos más pequeños.
Una tarea escolar puede organizarse en varias partes. Una conversación difícil puede esperar hasta que exista mayor tranquilidad. Una obligación puede distribuirse para evitar que todo ocurra al mismo tiempo.
12. Recuerde que la recuperación lleva tiempo
Una de las dificultades para las familias es querer que todo vuelva a la normalidad inmediatamente.
La recuperación emocional puede ser gradual. Puede haber días buenos y días malos, avances y retrocesos. Eso no significa necesariamente que el tratamiento haya fracasado.
Lo importante es mantener la comunicación, cumplir las indicaciones profesionales, observar los cambios y volver a pedir ayuda cuando sea necesario. El adolescente no necesita padres perfectos. Necesita adultos disponibles y dispuestos a permanecer cerca.
La prevención comienza antes de la crisis
Hablar de suicidio solamente cuando existe una emergencia significa llegar tarde.
La prevención comienza mucho antes: cuando en casa se puede hablar de tristeza sin burlas; cuando pedir ayuda no genera vergüenza; cuando los padres conocen a los amigos de sus hijos; cuando existe confianza para contar un problema; cuando las escuelas tienen adultos capaces de detectar señales de alerta y cuando la familia entiende que la salud mental merece la misma atención que cualquier otro aspecto de la salud.
En Bolivia se ha comenzado a avanzar en esa dirección. La validación del Plan Nacional de Prevención del Suicidio y los esfuerzos para fortalecer la salud mental muestran que el problema empieza a ser abordado desde una perspectiva preventiva y comunitaria.
Pero ninguna política pública puede reemplazar completamente a una familia atenta.
A veces, la prevención puede empezar con una pregunta sencilla:
“¿Cómo estás realmente?”
Y después viene lo más difícil: quedarse a escuchar la respuesta.
Si hay una emergencia
Si un adolescente expresa que quiere morir, habla de suicidarse, presenta una conducta autodestructiva o existe una preocupación inmediata por su seguridad, no debe quedarse solo. Busque ayuda profesional de inmediato y acuda al servicio de emergencia – Defensoría, Policía u otros - o establecimiento de salud más cercano.
No minimice la situación, no lo rete y no intente resolverla únicamente dentro de la familia. Escuchar, acompañar y pedir ayuda a tiempo puede salvar una vida.
Mirar al suicidio de frente
Por Anael Torres Gorena/Psicóloga
185 suicidios han sido registrados los últimos 5 años en Tarija. Una media de 37 hechos por año. Los jóvenes y adolescentes de entre 15 y 25 años concentran la mayor parte de las situaciones de riesgo y casos consumados.
El suicidio es multicausal y la problemática es compleja. Las causas incluyen factores sociales, culturales, biológicos, psicológicos y ambientales. En muchos de estos casos subyacían problemas de salud mental previos, especialmente la depresión.
Al respecto, este año se presentó un estudio sobre salud mental de adolescentes en Tarija. Según el mismo, seis de cada diez estudiantes presentan problemas vinculados a la depresión, de los cuales cuatro registran niveles de severidad entre media y compleja. Uno de los datos más sensibles refleja que el 7% de adolescentes mujeres ha tenido pensamientos suicidas. Respecto a la prevención y atención, el 65% de los adolescentes nunca ha acudido a un psicólogo, lo que muestra las barreras de acceso, la falta de información e incluso estigmas en torno a este tipo de atención.
El fenómeno tampoco es aislado ni nos toca únicamente a nosotros. Según UNICEF publica, Bolivia tiene una de las tasas más altas en suicidios de niñas y niños entre los 5 y 14 años. Y sin ir más lejos, en Argentina el suicidio alcanzó récords históricos y hoy es la primera causa de muerte violenta en el vecino país, por encima de homicidios y accidentes de tránsito. El suicidio a nivel mundial es una de las principales causas de defunción entre jóvenes de 15 a 29 años. La tasa mundial de suicidios de hombres representa más del doble que la de las mujeres. Por cada suicidio, muchas más personas intentan suicidarse. El 73 % de los suicidios mundiales ocurren en países de ingresos bajos y medios. América destaca como la única zona del mundo donde las tasas de suicidio siguen aumentando. ¿Cómo puede entenderse esto?
El suicidio acarrea aún un alto nivel de estigma, hablar de ello a nivel personal y público sigue siendo difícil. Sin embargo, las cifras nos muestran un drama silencioso que está presente, hablemos o no de ello. Cada hecho consumado devasta a la familia y afecta fuertemente el entorno de la víctima. También muestra la situación de prioridad de la salud mental y cómo las condiciones de este ámbito pueden orillar a las personas a decidir quitarse la vida.
El hecho de que los grupos etáreos más afectados sean los adolescentes y jóvenes, preocupa de sobremanera y nos enfrenta a varias preguntas de difícil respuesta: ¿qué está ocurriendo para que nuestros jóvenes no perciban esperanza en el presente ni en el futuro? ¿Qué les estamos negando como país y sociedad? ¿Qué podemos hacer para prevenir más suicidios entre nuestros adolescentes y jóvenes? ¿Qué peso y espacio tiene el cuidado de la salud mental en nuestra sociedad? ¿Cómo podemos proteger de mejor manera a nuestros adolescentes y jóvenes frente al suicidio?








