Vida en familia
Hablar del hijo que ya no está: el duelo que se vive en silencio
Ningún padre está preparado para despedir a un hijo. Sin embargo, el silencio social y la falta de espacios de apoyo suelen hacer aún más difícil atravesar una de las pérdidas más profundas que puede enfrentar una familia
La muerte de un hijo rompe el orden natural de la vida, pero también pone a prueba a la familia, los amigos y al sistema de salud. La experiencia de una madre abre una conversación necesaria sobre un duelo que en Bolivia sigue siendo poco visible y para el que aún existen escasos espacios de acompañamiento.
Hay dolores para los que el lenguaje parece insuficiente. La pérdida de un hijo es uno de ellos. Sin embargo, el silencio que suele rodear ese sufrimiento no siempre ayuda a quienes lo viven. Al contrario: muchas madres y padres aseguran que, después del fallecimiento de un hijo, además del vacío emocional deben enfrentar la incomprensión de su entorno, la burocracia y la falta de apoyo especializado.
Eso fue lo que impulsó a Paula Miras, una maestra catalana de 36 años, a crear el pódcast Un día más, un espacio donde familias que han perdido a un hijo comparten su experiencia para acompañar a otras personas que atraviesan el mismo camino. Su historia, publicada por La Vanguardia, pone sobre la mesa una realidad que trasciende fronteras y que también interpela a Bolivia.
Un duelo que muchas veces se vive en soledad
Cuando murió su hijo Blai, de apenas dos años y cinco meses, Paula buscó testimonios de otros padres. Encontró libros, pero en medio del impacto era incapaz de concentrarse para leer. Lo que necesitaba era escuchar voces parecidas a la suya, saber que alguien más había sobrevivido a una experiencia semejante.
Pronto descubrió que el problema no era la falta de familias viviendo ese dolor, sino la ausencia de espacios donde hablar de él. Esa constatación la llevó a reunir historias de otras madres y padres que, como ella, habían perdido a un hijo.
La situación resulta familiar para muchas familias bolivianas. Aunque existen profesionales de la salud mental y algunos grupos de apoyo impulsados por hospitales, iglesias, fundaciones y organizaciones civiles, el acompañamiento específico para padres que han perdido un hijo sigue siendo limitado y, en muchos casos, depende de iniciativas particulares o de la capacidad económica de cada familia.
En ciudades intermedias y áreas rurales el acceso suele ser aún más difícil, obligando a muchas personas a enfrentar el duelo prácticamente solas.
El problema del silencio
Uno de los aspectos que más llama la atención del testimonio de Paula Miras es que el mayor dolor no proviene únicamente de la pérdida, sino también de la reacción de quienes la rodean.
Muchos amigos, compañeros de trabajo o familiares dejan de mencionar al niño por temor a hacer sufrir a los padres. Sin embargo, ella sostiene exactamente lo contrario: cuando una madre habla de su hijo fallecido no está pidiendo que cambien de tema, sino que reconozcan que ese niño existió y sigue formando parte de su historia.
En Bolivia ocurre algo parecido. La cultura suele privilegiar frases como "sé fuerte", "el tiempo todo lo cura" o "Dios sabe por qué hace las cosas". Aunque nacen de la buena intención, especialistas en duelo advierten que esos mensajes pueden hacer que la persona se sienta incomprendida o presionada para dejar de expresar su dolor.
El duelo no desaparece porque deje de hablarse de él. En muchos casos, ocurre exactamente lo contrario.
Cuando la familia también necesita aprender
La muerte de un hijo afecta a toda la familia.
Los padres viven un duelo distinto al de los abuelos, los hermanos o los tíos. Cada integrante procesa la pérdida a su manera y en tiempos diferentes. Eso puede generar conflictos, sentimientos de culpa o incomprensión dentro del propio hogar.
Los especialistas coinciden en que no existe una forma correcta de atravesar el duelo. Algunas personas necesitan hablar constantemente; otras requieren silencio. Algunas vuelven pronto al trabajo; otras necesitan meses para reorganizar su vida.
Lo importante no es comparar los tiempos, sino respetarlos.
También es frecuente que las parejas enfrenten dificultades porque cada uno expresa el dolor de forma diferente. Mientras uno puede buscar conversación y apoyo, el otro puede encerrarse en sí mismo. Ninguna reacción es necesariamente mejor que la otra.
El embarazo después de una pérdida
Uno de los momentos más duros del relato de Paula fue descubrir, apenas dos semanas después de la muerte de Blai, que estaba embarazada nuevamente.
La noticia, que en otras circunstancias habría sido motivo de celebración, llegó en medio de un duelo devastador. La felicidad por la nueva vida convivía con el dolor por la ausencia del hijo mayor.
Los psicólogos explican que este tipo de embarazos suelen estar acompañados de miedo, ansiedad y sentimientos contradictorios. El nuevo bebé nunca sustituye al hijo fallecido, aunque muchas familias deban convivir con esa idea expresada desde el entorno.
Reconocer esa complejidad emocional resulta fundamental para acompañar adecuadamente a los padres.
Más allá del dolor emocional
El duelo también tiene una dimensión práctica.
Tras la muerte de un hijo aparecen certificados, trámites, seguros, documentos médicos y múltiples gestiones administrativas que muchas familias deben realizar cuando todavía están en estado de shock.
En la entrevista, Paula relata el sufrimiento que supuso esperar durante meses el resultado definitivo de la autopsia y la sensación de que la burocracia olvidaba que detrás de cada expediente había una familia desesperada por comprender qué había ocurrido.
Aunque los procedimientos varían entre países, muchas familias bolivianas describen experiencias similares: largas gestiones administrativas cuando apenas logran sobrellevar el impacto emocional.
Diversos profesionales coinciden en que la atención integral del duelo no debería limitarse al momento del fallecimiento, sino extenderse durante los meses posteriores mediante seguimiento psicológico, orientación social y acompañamiento permanente.
¿Cómo acompañar a alguien que perdió un hijo?
Los expertos recomiendan acciones sencillas, pero profundamente significativas:
No evitar hablar del niño si los padres desean hacerlo.
Escuchar sin intentar encontrar explicaciones.
Evitar frases que minimicen el dolor o busquen acelerar el duelo.
Ofrecer ayuda concreta en tareas cotidianas, sin esperar que la familia la solicite.
Comprender que el duelo puede durar mucho tiempo y que las fechas especiales suelen reactivar el sufrimiento.
Más que encontrar las palabras perfectas, lo importante suele ser permanecer cerca.
Transformar el dolor en acompañamiento
Paula decidió convertir su experiencia en una herramienta para otras familias. Su pódcast reúne historias de madres y padres que hablan de aquello que muchas veces permanece oculto: cómo seguir viviendo después de perder a un hijo, cómo sostener la relación de pareja, cómo criar a otros hijos mientras se atraviesa el duelo y cómo reconstruir poco a poco el sentido de la vida.
Su historia deja una reflexión que también interpela a Bolivia.
Todavía queda camino para que el duelo infantil deje de ser un tema incómodo y se convierta en un asunto de salud pública y de acompañamiento familiar. Hablar de la muerte de un hijo nunca elimina el dolor, pero puede evitar que quienes la sufren tengan que cargar, además, con el peso de la soledad.
Porque, como demuestra esta experiencia, a veces el primer paso para ayudar a una familia no consiste en decir algo extraordinario, sino simplemente en atreverse a preguntar por ese hijo, recordar su nombre y hacerle un lugar en la conversación.
Cuando no sabemos qué decir: cómo acompañar a la familia
La muerte de un hijo es una de las experiencias más devastadoras que puede atravesar una familia. Sin embargo, para quienes están alrededor —amigos, vecinos, compañeros de trabajo o familiares— tampoco resulta sencillo saber cómo actuar. El miedo a hacer más daño lleva a muchos a guardar silencio, evitar el tema o incluso alejarse. Paradójicamente, esa actitud suele aumentar la sensación de soledad de quienes están viviendo el duelo.
La experiencia de Paula Miras, una madre española que perdió a su hijo Blai cuando tenía apenas dos años y cinco meses, resume una realidad compartida por muchas familias. "Lo peor que pueden hacerme es no hablarme de mi hijo", afirma. Para ella, cambiar de conversación o actuar como si el niño nunca hubiera existido resulta mucho más doloroso que recordar su nombre.
En Bolivia, donde el duelo suele vivirse de manera muy íntima y con un fuerte componente religioso y familiar, también persiste la idea de que es mejor "no remover el dolor". Sin embargo, psicólogos especializados en procesos de duelo coinciden en que hablar de la persona fallecida cuando la familia lo desea no prolonga el sufrimiento; por el contrario, ayuda a integrar su recuerdo en la vida cotidiana.
Uno de los errores más frecuentes consiste en intentar encontrar explicaciones. Frases como "era la voluntad de Dios", "el tiempo todo lo cura", "eres joven, tendrás otro hijo" o "debes ser fuerte por tu familia" nacen de la intención de consolar, pero muchas veces generan el efecto contrario. Quien ha perdido un hijo no necesita respuestas inmediatas ni lecciones sobre cómo afrontar el dolor; necesita sentirse escuchado y comprendido.
Los especialistas recomiendan sustituir esas frases por gestos sencillos: ofrecer compañía, preguntar cómo se encuentra la familia, recordar al niño por su nombre si los padres hablan de él o simplemente permanecer en silencio cuando no hay palabras suficientes.
También conviene entender que el duelo no tiene un calendario. Mientras algunas personas retoman relativamente pronto sus actividades cotidianas, otras necesitan meses o incluso años para reconstruir su rutina. Comparar procesos o exigir que "ya lo haya superado" solo añade una carga emocional innecesaria.
La pareja también puede vivir el duelo de formas distintas. Uno puede necesitar hablar constantemente de lo ocurrido, mientras el otro prefiere guardar silencio. Ninguna reacción es incorrecta. Comprender esas diferencias evita conflictos y ayuda a respetar los tiempos de cada uno.
Los aniversarios, cumpleaños, Navidad, el Día de la Madre o del Padre y la fecha del fallecimiento suelen reactivar el dolor. Un mensaje, una llamada o una visita en esos días pueden significar mucho más de lo que imaginan quienes acompañan.
La principal enseñanza es sencilla: no hace falta encontrar las palabras perfectas. Lo verdaderamente importante es no desaparecer. Para muchas familias, el mayor alivio llega cuando descubren que su hijo sigue siendo recordado por quienes los rodean y que pueden hablar de él sin miedo a incomodar.
Porque el duelo no consiste en olvidar. Consiste en aprender a vivir con una ausencia que siempre estará presente. Y ese camino resulta mucho menos difícil cuando se recorre acompañado.
Tres días para el duelo: una protección insuficiente
En Bolivia, la legislación laboral reconoce una licencia especial por el fallecimiento de un hijo, pero su alcance es limitado. Desde 2022, el Decreto Supremo 4708 establece que los trabajadores amparados por la Ley General del Trabajo tienen derecho a tres jornadas laborales con goce del 100% de su remuneración por la muerte de un hijo, además de padres, cónyuges o hermanos.
Más allá de ese permiso, la normativa no contempla una licencia específica por duelo ni un período de recuperación emocional. Una vez agotados esos tres días, quienes no se sienten en condiciones de reincorporarse deben recurrir a una baja médica, generalmente bajo diagnósticos como depresión o trastornos de ansiedad, aunque especialistas advierten que el duelo no constituye una enfermedad, sino un proceso natural que cada persona vive de manera distinta.
La ausencia de un permiso diferenciado también deja fuera otros aspectos del acompañamiento posterior a la pérdida, como el acceso garantizado a apoyo psicológico, el seguimiento de la salud mental o la flexibilidad laboral durante los primeros meses. En la práctica, muchas familias dependen de la comprensión de sus empleadores o de los recursos que puedan costear por cuenta propia.








