Vida en familia
Cómo acompañar a nuestros hijos en la era de la Inteligencia Artificial
La inteligencia artificial ya entró en las tareas, los juegos y las conversaciones de niños y adolescentes. El desafío para las familias bolivianas no es cerrarles la puerta, sino enseñarles a usarla con criterio, proteger sus datos y mantener siempre el vínculo humano.
Hasta hace poco, hablar de inteligencia artificial en una familia podía parecer una conversación reservada para especialistas, programadores o grandes empresas. Hoy ya no. Un adolescente puede pedir a un chatbot que le explique una lección, resumir un texto, traducir una palabra, preparar una exposición o buscar una idea para una tarea. También puede encontrarse con recomendaciones hechas por algoritmos en TikTok, Instagram, YouTube u otras plataformas sin saber que detrás de ellas hay sistemas de inteligencia artificial.
La tecnología ya forma parte de la crianza. La pregunta no es si los niños, niñas y adolescentes van a encontrarse con la IA, sino cómo aprenderán a convivir con ella.
UNICEF advierte que la inteligencia artificial ya está presente en la vida cotidiana de la infancia latinoamericana y caribeña, tanto para aprender como para entretenerse o relacionarse. En Argentina, más de la mitad de los niños y adolescentes de 9 a 17 años utiliza IA y, entre quienes la usan, dos de cada tres lo hacen con fines escolares. En Brasil, el uso supera el 65%. UNICEF subraya que todavía se conoce poco sobre sus efectos a mediano y largo plazo.
En Bolivia el escenario tiene una particularidad: el acceso digital ha crecido, pero no es igual para todos. El Censo 2024 registró que el 76,3% de los hogares tiene servicio de internet; en el área rural la proporción llega al 53,9%. La conversación debe incluir también a quienes aún enfrentan barreras de conectividad.
Una herramienta, no un oráculo
Para los niños y adolescentes, una de las mayores ventajas de la IA puede estar en el aprendizaje. Puede explicar conceptos, resumir textos, proponer ejercicios y facilitar el acceso a información a personas con discapacidad. También puede desarrollar habilidades útiles.
Pero existe una diferencia fundamental entre utilizar una herramienta para aprender y dejar que la herramienta piense por nosotros. Un estudiante puede pedir a una IA que explique un tema y después comparar la respuesta con su libro, sus apuntes y otras fuentes. El problema aparece cuando entrega a la máquina una tarea completa y la presenta como propia sin haber comprendido el contenido.
La familia no necesita convertirse en una academia de programación. Puede empezar con preguntas sencillas: ¿De dónde salió esta información? ¿Cómo sabemos que es cierta? ¿Qué fuente la respalda? ¿Qué podría estar faltando? Estas preguntas construyen pensamiento crítico, una capacidad que será cada vez más importante.
El problema de que la IA también se equivoca
Uno de los riesgos más importantes es la desinformación. Una herramienta de inteligencia artificial puede entregar una respuesta convincente y, al mismo tiempo, equivocada. Puede mezclar datos, inventar referencias o presentar como cierto algo que no lo es.
Para un niño, distinguir una fuente confiable de un rumor puede ser difícil. La respuesta escrita con seguridad y rapidez puede parecer verdadera simplemente porque está bien redactada. Por eso conviene enseñar una regla familiar: una respuesta de IA nunca debe ser automáticamente la última palabra. En una tarea escolar puede utilizarse como punto de partida, pero debe contrastarse con otras fuentes.
También existen los sesgos. Los sistemas de IA se entrenan con enormes cantidades de datos que contienen errores, prejuicios y representaciones desiguales. Por eso una respuesta puede reproducir estereotipos o mostrar una visión incompleta de una persona, una cultura, una región o un grupo social.
En Bolivia, los niños necesitan aprender que una herramienta tecnológica no es neutral.
Cuando el chatbot parece un amigo
Quizás uno de los cambios más delicados aparece cuando la IA deja de ser una herramienta y comienza a ocupar un lugar emocional.
Los sistemas conversacionales responden con paciencia y están disponibles a cualquier hora. Para un adolescente que se siente solo, tiene vergüenza de hablar de un problema o teme ser juzgado, conversar con una máquina puede resultar más fácil que hacerlo con un adulto.
UNICEF advierte que esto puede generar dependencia emocional. Los niños son especialmente vulnerables a compartir información personal y a desarrollar relaciones de dependencia con determinados “acompañantes” de IA. Además, estos sistemas pueden dar consejos sobre asuntos íntimos sin que exista detrás una persona responsable de evaluar realmente la situación.
Seguridad Digital UNICEF propone garantizar seguridad, privacidad, no discriminación, transparencia y rendición de cuentas, además de favorecer el bienestar infantil
Por eso conviene repetir en casa: una IA puede conversar, pero no sustituye a una persona.
No puede reemplazar el vínculo familiar, la amistad ni la atención profesional cuando existe un problema serio.
Si un hijo empieza a contarle a un chatbot cosas que antes conversaba con su familia, conviene preguntar qué encuentra en esa conversación y qué le preocupa, antes de reaccionar con un castigo. La confianza sigue siendo una herramienta de protección.
Privacidad: lo que se cuenta también deja huella
No todo lo que puede escribirse en un chat debe escribirse allí. Nombre completo, dirección, teléfono, contraseñas, fotografías privadas, información escolar o ubicación pueden revelar mucho más de lo que parece. La regla es sencilla: si esa información no se compartiría con un desconocido, tampoco debería entregarse automáticamente a una herramienta de IA. UNICEF advierte que una herramienta mal diseñada puede exponer datos personales y afectar la intimidad.
Deepfakes: cuando una imagen puede ser falsa
Los llamados deepfakes permiten manipular imágenes, videos o voces con un grado de realismo cada vez mayor. UNICEF alerta sobre su utilización para generar contenido sexualizado de niños y niñas, incluso mediante herramientas capaces de modificar fotografías para crear desnudos falsos.
Un estudio de UNICEF, ECPAT e INTERPOL realizado en 11 países encontró que al menos 1,2 millones de niños y niñas dijeron haberse visto afectados en el último año por la manipulación de sus imágenes mediante deepfakes con contenido sexual explícito.
La prevención empieza enseñando que una fotografía puede ser reutilizada y manipulada. Si un menor es víctima de una imagen falsa, la prioridad debe ser protegerlo, evitar culpabilizarlo, conservar la información necesaria para denunciar y buscar apoyo especializado. Compartir nuevamente el contenido para “mostrar lo que pasó” puede ampliar el daño.
No se trata de prohibir, sino de acompañar
Ante cada nueva tecnología aparece una tentación comprensible: prohibirla. Pero una prohibición absoluta no prepara a un niño para el mundo en el que tendrá que vivir.
Eso no significa que todo esté permitido. La edad, la madurez y el tipo de herramienta importan.
La familia puede establecer acuerdos concretos: para qué usar IA, qué información nunca compartir, qué contenidos verificar y cuándo acudir a un adulto. Es mejor construir estas reglas conversando.
UNICEF recomienda comenzar por observar y preguntar para qué utilizan los niños la IA: estudiar, crear, entretenerse, resolver dudas o relacionarse. Desde ahí es posible construir límites razonables. Algunas preguntas útiles son: ¿Cuánto la usas? ¿Para qué? ¿Qué respuesta te pareció rara? ¿Qué te preocupa? No son un interrogatorio, sino una forma de enseñarles a pensar.
La responsabilidad no es solo de las familias
La seguridad digital de los niños no puede depender de que cada padre o madre sea experto en IA. Las empresas que desarrollan estas herramientas tienen responsabilidad. También los gobiernos, las escuelas y las plataformas. UNICEF plantea que los derechos de la infancia deben estar presentes desde el diseño de los sistemas, en las leyes y en las regulaciones.
UNICEF propone garantizar seguridad, privacidad, no discriminación, transparencia y rendición de cuentas, además de favorecer el bienestar infantil.
También reclama que niños y adolescentes participen en las decisiones sobre la tecnología que utilizan: Tienen derecho a ser escuchados.
Para Bolivia, el desafío tiene una dimensión adicional: el crecimiento del acceso a internet abre oportunidades educativas, pero la transformación digital no llega igual a todos. Una política de IA para la infancia debe considerar también quién puede conectarse, con qué dispositivo y con qué acompañamiento educativo.
La inteligencia artificial ya está entrando en las casas. La pregunta no es si pueden detenerla, sino cómo acompañarán a sus hijos mientras aprenden a vivir con ella.
La mejor protección será formar niños capaces de hacer preguntas, reconocer límites, proteger su intimidad y saber cuándo acudir a otra persona.
Frente a una tecnología que puede responder casi cualquier pregunta, seguirá siendo esencial saber preguntar, pensar y conversar con otros. con cuidado.
Un chatbot como psicólogo
Por Anael Torres/Psicóloga
Un fenómeno crece a medida que aumenta paralelamente el uso de Inteligencia Artificial (IA) entre niños y adolescentes. Se trata de su uso como simulación de un espacio terapéutico con un psicólogo.
INFOBAE señala estudios que indican que uno de cada ocho adolescentes y adultos jóvenes de EEUU recurren a chatbots de IA como ChatGPT, Meta AI o Character.AI para pedir consejos sobre salud mental. Esta cifra aumenta a uno de cada cinco entre los jóvenes que tienen entre 18 y 21 años. Estos datos cruzan con inquietantes cifras de salud mental de niños y adolescentes a nivel global. La OMS señala que uno de cada siete jóvenes de 10 y 19 años del mundo padece algún tipo de trastorno mental; siendo la depresión, ansiedad y trastornos de la conducta los principales problemas detectados.
Las razones por las que nuestros chicos acuden a la IA como terapeutas son variadas. Una razón tiene que ver con la continua disponibilidad de la IA cuando se la necesita. Otra es el acceso y el costo real de una terapia psicológica. Tanto en el ambiente público como privado, la cobertura en general es insuficiente y las posibilidades reales de financiar un proceso terapéutico son poco accesibles para una mayoría de la población. La IA, en este sentido, ofrece ventajas aparentes frente a los altos costos, listas de espera y escasez de profesionales especializados.
También el estigma de acudir a un psicólogo puede influir en que se prefiera hacerlo de manera directa frente a una pantalla y sin tener que pedir ayuda directa a otras personas.
Sin embargo, los riesgos de usar la IA como terapeuta han mostrado ser altos sobre todo en casos de trastornos mentales, ideaciones suicidas y situaciones de crisis mentales. La IA está programada para ser complaciente y responder a instrucciones, por lo que pueden validar ideas peligrosas. Ya en 2025, la American Psychological Association (APA) emitió una advertencia oficial sobre los riesgos de utilizar IA en diagnósticos o tratamientos de trastornos mentales. Indica que estos sistemas simulan empatía, pero carecen de comprensión real y de capacidad para intervenir en crisis complejas.
Por otra parte, la mayoría de las aplicaciones de IA aún no cuentan con controles parentales, filtros y ajustes suficientes que puedan proteger de manera integral y prevenir situaciones potenciales de riesgo para nuestros niños y adolescentes. Tampoco pueden interpretar el contexto emocional ni los matices no verbales propios de la comunicación humana, necesarios también para valorar este tipo de situaciones.
Sustituir la mirada, el habla y la conexión humana real por un chatbot y en un contexto terapéutico, entraña también riesgos éticos con una responsabilidad difusa sobre información sensible y confidencial que pueden estar compartiendo nuestros chicos con el mundo virtual.
El camino que sigue la IA aún se está dibujando y su uso se amplía día a día. Si bien no sabemos con precisión hacia dónde vamos con esta poderosa herramienta; como padres podemos ser cautos en su uso y conocer cómo interaccionan nuestros chicos con ella. Coeducarnos digitalmente para conocer los riesgos de la IA, especialmente en un uso tan sensible como la salud mental, puede ayudar a protegernos entre todos.








