Narciso

Narciso era un joven de extraordinaria belleza, hijo del dios Cefiso y de la ninfa Liríope. Desde su nacimiento, su hermosura despertó admiración entre dioses, ninfas y mortales. Sin embargo, Narciso creció siendo orgulloso y distante, incapaz de corresponder a quienes se enamoraban de él. Entre ellas estaba Eco, una ninfa condenada a repetir únicamente las últimas palabras que escuchaba. Eco quedó profundamente enamorada de Narciso, pero él rechazó sus sentimientos con crueldad, dejando a la ninfa consumida por la tristeza hasta que solo permaneció de ella su voz.

El desprecio de Narciso provocó la intervención de Némesis, diosa de la retribución y la justicia divina. Como castigo por su indiferencia y arrogancia, hizo que el joven llegara hasta un estanque de aguas cristalinas. Al inclinarse sobre la superficie para beber, Narciso contempló un rostro de una belleza incomparable. Sin saber que aquella imagen era su propio reflejo, quedó completamente cautivado por ella. Intentó acercarse, hablarle y tocarla, pero cada movimiento sobre el agua hacía desaparecer aquella figura que tanto deseaba.

Con el paso de los días, Narciso permaneció junto al estanque, incapaz de apartarse de aquella visión. Poco a poco comprendió que estaba contemplando su propio rostro y descubrió, demasiado tarde, que se había enamorado de sí mismo. Consumido por la desesperación, dejó de alimentarse y perdió lentamente sus fuerzas, mientras permanecía contemplando su reflejo hasta el último momento.

Cuando finalmente murió, las ninfas buscaron su cuerpo para darle sepultura, pero en el lugar donde había estado Narciso encontraron una delicada flor de pétalos blancos y centro dorado. La llamaron narciso, conservando así la memoria del joven que había sido vencido por su propia imagen. Su historia quedó como una advertencia sobre los peligros de la vanidad, el orgullo y el amor desmedido hacia uno mismo.


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