El hijo ingrato

 

Un hombre vivía modestamente junto a su esposa y, cierto día, las gallinas les regalaron el primer pollo del año. Mientras ambos disfrutaban de aquella comida especial, el hombre divisó a lo lejos a su anciano padre acercándose a la casa. En lugar de recibirlo con cariño y compartir el alimento, decidió esconder el plato para evitar darle parte de la comida.

Cuando el anciano se alejó, el hijo regresó para colocar nuevamente el plato sobre la mesa. Sin embargo, el pollo asado había desaparecido y, en su lugar, apareció un enorme sapo que saltó directamente sobre su rostro. El animal se adhirió a él de manera terrible y, por más que intentaban retirarlo, nadie podía hacerlo sin enfrentarse a sus amenazadoras miradas.

A partir de entonces, el hijo ingrato quedó sometido a una espantosa condena. El sapo permanecía pegado a su rostro y exigía alimento constantemente, pues cuando el hombre intentaba negárselo, la criatura amenazaba con devorarle la cabeza. Aquella maldición se convirtió en el reflejo de su propia conducta: quien había sido incapaz de compartir un alimento con su padre terminó obligado a alimentarse de su desgracia.

Así, el hombre pasó el resto de sus días vagando miserablemente por la tierra, cargando sobre su rostro la consecuencia de su ingratitud. El cuento presenta una advertencia moral muy clara: el desprecio hacia los padres y la falta de generosidad pueden convertirse en una carga imposible de abandonar. En la historia, el monstruoso sapo representa el castigo que persigue al hijo que olvidó el respeto y la gratitud hacia quien le había dado la vida.


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