Trata cada emoción como una visita
Hay emociones que llegan, nos atraviesan y, si las dejamos, también se van. Pero cuando intentamos esconderlas o ignorarlas, muchas veces se quedan viviendo dentro de nosotros.
Y lo curioso es que una emoción guardada no desaparece solo porque dejamos de hablar de ella.
A veces se convierte en enojo. Otras veces en cansancio, ansiedad, irritabilidad o en esa sensación extraña de sentirnos pesados sin saber exactamente por qué.
Vamos acumulando conversaciones que nunca tuvimos, lágrimas que no soltamos, cosas que quisimos decir, despedidas que no terminamos de aceptar y situaciones que seguimos repasando una y otra vez en nuestra cabeza.
Es como agua que deja de correr. Cuando el agua se estanca, pierde movimiento. Y algo parecido puede pasar dentro de nosotros cuando nos aferramos demasiado tiempo a lo que sentimos.
Por eso creo que sanar no siempre significa encontrar una explicación para todo.
A veces sanar es simplemente permitirnos sentir.
Llorar si necesitamos llorar. Hablar cuando necesitamos hablar. Respirar. Escribir. Meditar. Movernos. Guardar silencio. Darle un espacio a esa emoción sin convertirla en nuestra identidad.
Porque tú no eres tu tristeza.
No eres tu miedo.
No eres ese enojo.
Son emociones que están visitándote, quizá para mostrarte algo, pero no necesariamente para quedarse para siempre.
Cuando dejamos de luchar contra lo que sentimos y comenzamos a escucharlo, algo dentro empieza a aflojarse. Y poco a poco volvemos a sentir espacio.
Espacio para respirar, para aprender, para perdonar, para empezar otra vez.
No necesitas cargar toda la vida con lo que un día te dolió.
Puedes sentirlo, aprender de ello, agradecer lo que vino a mostrarte… y después dejarlo ir.
Porque cuando dejamos que nuestras emociones vuelvan a fluir, nosotros también comenzamos a avanzar.





