Cuando el sol sale, sale para todos

Hay una verdad que el Gran Espíritu grabó en el cielo desde el primer amanecer: cuando el sol sale, no pregunta a quién iluminar.

No distingue al poderoso del humilde. No separa al que ha caído del que sigue en pie. No mide el tamaño de tu herida ni el peso de tus errores. Simplemente sale. Y al salir, lo entrega todo, sin reservas, sin condiciones.

Hermano, hermana ¿cuántas veces has creído que la luz de esta vida no era para ti? ¿Cuántas mañanas despertaste sintiéndote excluido del banquete del mundo, convencido de que la abundancia, el amor o la sanación eran regalos destinados a otros?

Las antiguas civilizaciones enseñaban junto al fuego que el universo no conoce la escasez cuando se trata de dar. El río no le niega el agua a la piedra que lleva siglos inmóviles. El viento no elige a qué árbol mecer. La lluvia no consulta si mereces ser mojado.

Tú eres parte de este tejido sagrado. Todos somos parientes. Y lo que la Pachamama ofrece, lo ofrece completo: para el que llora y para el que canta, para el que duda y para el que cree, para el que recién despierta y para el que lleva décadas caminando el sendero.

No hay un sol distinto esperándote en algún lugar más merecido. Este, el de hoy, el que ahora mismo calienta tu piel ese sol ya salió para ti.

Recíbelo. Ábrele los brazos. Deja que su fuego disuelva la vieja creencia de que debes ganarte el derecho a existir plenamente.

El sol nunca preguntó si merecías su calor. Cada mañana regresa, fiel como el primer día, recordándote que la vida misma no te pide permiso para amarte. Así es el Gran Espíritu — abundante, sin condiciones, eterno.


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