La bondad como religión

¿Cuándo fue la última vez que alguien fue bueno contigo, sin ninguna razón especial, y eso te cambió el día por completo?

Pasa algo curioso con la bondad: la subestimamos. Creemos que para crecer espiritualmente necesitamos retiros, libros densos, prácticas elaboradas. Y mientras tanto, la enseñanza más importante del budismo la tenemos delante de nosotros cada día, en cada interacción, en cada momento donde elegimos cómo tratar a otro ser humano.

Buda lo decía sin rodeos: no necesitas templos ni ceremonias para ser una persona despierta. Lo que necesitas es entrenar el corazón. Y ese entrenamiento ocurre en los lugares más ordinarios: en la cola del supermercado cuando alguien tarda mucho, en una conversación difícil con alguien que quieres, en cómo te hablas a ti mismo cuando cometes un error.

El budismo tiene un concepto que se llama Metta, y básicamente es esto: la práctica de desearle bien a todo el mundo, incluso a las personas que te caen mal. No porque seas un santo, sino porque cargar con el rencor pesa demasiado.

Cuando sueltas eso y eliges la bondad, no lo haces solo por el otro. Lo haces por ti.

Y aquí está lo más bonito de todo: no tienes que ser perfecto para practicarlo. No tienes que meditar dos horas al día ni seguir ninguna filosofía al pie de la letra. Solo tienes que preguntarte, en el momento donde más difícil se pone, ¿puedo elegir ser un poco más bueno aquí?

Casi siempre la respuesta es sí.


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