Los mitos del curandero

Se ha dicho por generaciones

que el curandero verdadero no enseña,

que guarda su saber en silencio

como si la medicina fuera pecado al compartirse.

Se ha dicho también

que quien cobra por su trabajo

ha perdido la pureza del don,

como si el cansancio no existiera

y el tiempo no tuviera valor.

Pero los abuelos sabían otra cosa.

Sabían que la sabiduría no se pierde al enseñarse,

solo se entrega a quien está listo para recibirla.

Y que no todo oído es tierra fértil,

ni toda mano sabe sostener la medicina.

Enseñar no es revelar secretos,

es sembrar con discernimiento.

Callar también es un acto sagrado

cuando protege la vida y el proceso.

Y cobrar no es vender el espíritu,

es honrar el intercambio justo.

La medicina también come,

también se cansa,

también necesita sostén.

El verdadero desequilibrio

no está en compartir ni en cobrar,

sino en olvidar que el curandero

también es humano.

Quien camina este sendero

no debe explicarse ni justificarse.

La sabiduría ancestral no se defiende:

se reconoce.

Y quien tiene ojos para ver,

entenderá.


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