La tienda que sólo abría una noche al año

Era una pequeña tienda escondida en un callejón sin nombre.

No tenía letrero, ni escaparate, ni horario fijo.

Pero cada 31 de diciembre, justo antes de la medianoche, una tenue luz amarilla se encendía tras sus cristales polvorientos.

Y durante una sola hora, atendía únicamente a quienes sabían llegar.

Nadie pensaba en buscarla.

Simplemente la encontraban.

Cuando más lo necesitaban.

Cuando estaban a punto de rendirse.

La atendía un anciano de barba blanca y manos de panadero.

Algunos aseguraban haberlo visto hacía décadas, otros juraban haberlo encontrado apenas la noche anterior.

Tenía los ojos de alguien que había llorado mucho, pero reía con el alma.

En los estantes no había productos comunes.

Había frascos con etiquetas escritas a mano:

“Paciencia”

“Perdón”

“Valor para soltar”

“Recuerdos olvidados”

“Una última conversación”

“El abrazo que no llegó”

“Tiempo para ti”

“Silencio”

“Risa verdadera”

—¿Cuánto cuesta? —preguntaban quienes entraban, con el corazón apretado.

—Lo que estés dispuesto a dejar —respondía el anciano.

No aceptaba dinero.

Si deseabas un frasco de “Nuevas oportunidades”, debías entregar una “Vieja culpa”.

Si querías llevarte “Claridad”, tenías que soltar la “Necesidad de tener siempre la razón”.

Algunos no aceptaban el trueque.

Se marchaban aferrados a sus cargas.

Otros sí.

Y al cruzar la puerta, algo en ellos cambiaba.

Nadie salía igual.

Lo curioso era que, al día siguiente, cuando intentaban volver, el callejón había desaparecido.

Y en su lugar, solo quedaba una pared de ladrillo con un grafiti casi invisible, que decía:

“Cuando lo que das es más liviano que lo que cargas, vas por el camino correcto”.


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