El enemigo necesario
Una sociedad dividida no siempre necesita razones para enfrentarse; a veces necesita un enemigo para saber de qué lado está.
La política necesita adversarios. La democracia, de hecho, no puede florecer sin intereses distintitos, posiciones enfrentadas y proyectos alternativos para la sociedad. No obstante, existe una gran diferencia entre tener un adversario político y transformarlo en un enemigo. El primero, cuestiona nuestras ideas, el segundo, amenaza a nuestra identidad.
Cuando la política alcanza este punto de antagonismos, el adversario deja de ser alguien que solo piensa diferente, y comienza a convertirse en la explicación de aquello que no funciona. Los problemas dejan de atribuirse a la complejidad de la realidad y comienzan a atribuirse a un chivo expiatorio como responsable. El enemigo entonces se hace necesario para simplificar el mundo y, si algo esta mal, alguien carga la culpa.
Esta lógica resulta muy útil en sociedades conflictivas. Cunado una comunidad política experimenta dificultades económicas, institucionales o sociales, existe una tentación de crear un “otro” al cual atribuir aquello que no puede resolver. El enemigo cumple entonces una función política: unifica a quienes se encuentran de un mismo lado y proporciona una explicación sencilla a problemas que, en realidad, suelen ser mucho mas complejos.
Y a Bolivia, no sele hace ajeno este fenómeno. Durante casi dos décadas, la política nacional estuvo atravesada por una fuerte lucha alrededor del Movimiento al Socialismo. La llegada de Rodrigo Paz a la presidencia en 2025 puso fin a la hegemonía electoral que el MAS había mantenido, abriendo una nueva entapa de fragmentación y reacomodo político.
Sin embargo el cambio gubernamental, no elimino la lógica confrontativa. La traslado a un escenario nuevo. El gobierno de Paz enfrenta una economía deteriorada, protestas sociales, tensiones institucionales y una coalición política frágil. En agosto de este año, por ejemplo, el Congreso censuró al ministro de Economía José Gabriel Espinoza, provocando una nueva disputa entre el Ejecutivo y el Legislativo sobre la constitucionalidad de la medida.
En este escenario aparece nuevamente la tentación de construir enemigos políticos.
Para el oficialismo, determinados sectores pueden convertirse en responsables de impedir las reformas necesarias. Para la oposición, el gobierno puede convertirse en responsable de todos los problemas que enfrenta el país. Y para cada bloque, aceptar que el adversario puede tener parcialmente razón implica algo más complejo que ganar una discusión: implica reconocer que la realidad no puede reducirse completamente a la narrativa propia.
Ese es precisamente el poder del enemigo.
El enemigo no solamente sirve para ser derrotado. Sirve para definir quiénes somos nosotros frente a lo ajeno.
Una identidad política necesita, muchas veces, un contraste. Somos quienes defendemos esto porque ellos defienden aquello. Somos quienes queremos transformar el país porque ellos quieren conservarlo. Somos quienes defendemos la democracia porque ellos la amenazan. Somos quienes defendemos al pueblo porque ellos representan a las élites. Entonces comienza una necesidad de encontrar un culpable al que acusar de los errores propios o de condiciones estructurales.
Ahora bien, el problema comienza cuando esta lógica deja de distinguir entre una posición política equivocada y una amenaza existencial. En ese momento, negociar con el adversario puede comenzar a percibirse como traición, reconocer un acierto suyo como debilidad y abandonar una confrontación como una derrota.
La política deja entonces de buscar soluciones y comienza a buscar victorias ególatras.
Esto es especialmente peligroso en una democracia porque ninguna sociedad puede eliminar definitivamente a la mitad de sus ciudadanos. Los gobiernos cambian, las mayorías cambian y los partidos cambian, pero los ciudadanos permanecen. El adversario de hoy puede convertirse en el aliado de mañana y, esporádicamente, volver a ser oposición.
Por eso una democracia madura necesita impedir que el conflicto convierta al otro en un enemigo permanente y chivo expiatorio.
Bolivia se encuentra precisamente ante ese desafío. El país ha experimentado un cambio político profundo, pero cambiar al gobierno no significa necesariamente cambiar la cultura política. Si la nueva etapa reproduce la misma lógica de amigo contra enemigo, oficialismo contra oposición y nosotros contra ellos, únicamente habremos cambiado los protagonistas de una confrontación que permanece intacta en una estructura política heredada.
Quizás el verdadero desafío político de Bolivia no consista en encontrar un enemigo al cual responsabilizar por nuestros problemas, sino en construir instituciones capaces de procesar nuestras diferencias sin necesitar enemigos para mantenerse unidas.
Porque una democracia puede funcionar con adversarios.
Lo que difícilmente puede soportar durante mucho tiempo es necesitar enemigos.





