La purga boliviana

La película la purga, estrenada en 2013, presenta una distopía en la que la sociedad se purifica una vez al año durante una noche de anarquía. En ella, los cambios en las relaciones de fuerza o las simples venganzas se resuelven mediante el ejercicio máximo del poder sobre el cuerpo del otro; es decir, mediante la muerte.

En la realidad, clubes de yoga, grupos de runners, el club de las 5 a. m., el coaching, entre otros, configuran un nuevo escenario social. Son espacios que buscan ayudar al sujeto a autosuperarse, "salir de su zona de confort", volverse más productivo o, simplemente, encontrar una salida frente a las exigencias del trabajo.

La sociedad actual, que valora la hiperproducción y el multitasking, ha sido definida por el filósofo Byung-Chul Han como la "sociedad del cansancio". Su principal característica radica en que las contradicciones ya no parecen encontrarse en el otro ni en el sistema, sino en uno mismo. Por tanto, las soluciones también deben partir del propio sujeto. Se trata de una lógica aún más radical del proceso de individuación, que conduce a la constitución de individuos cada vez más aislados de la sociedad; sujetos solos y, generalmente, frustrados frente a una realidad que siempre desborda sus buenas intenciones, pues claro el problema no empieza y termina en uno.

Por otro lado, las iglesias pentecostales, una corriente del protestantismo cada vez más presente en Bolivia muchas de ellas influenciadas por iglesias brasileñas, buscan la salvación de los sujetos a partir de la purga o el exorcismo de lo malo. Persiguen permanentemente un ideal de pureza que acerque a los creyentes al Espíritu Santo y, por esa vía, a Dios.

Entonces, ¿existe alguna relación entre La purga, las iglesias cristianas y la sociedad del cansancio? La respuesta es sí. La amalgama de esta distopía trasladada a la realidad se expresa en la ultraderecha boliviana, que hoy habla de esterilización, impulsa leyes antibloqueo o se extasía con el estado de excepción.

En todo caso, el debate no puede caer en la falsa moral de juzgar la esterilización como buena o mala. Los impulsores de estos proyectos parten de una premisa: ciertos sujetos no tienen control sobre sí mismos. Esa supuesta incapacidad los conduciría inevitablemente al vicio y, ante ello, el orden debería imponerse desde el Estado, que tendría la responsabilidad de garantizar, en última instancia, la esterilización de esos "viciosos".

En el caso, de la ley de anti bloqueos ocurre algo similar, los parlamentarios de LIBRE, UNIDAD o PDC, entienden que los sujetos movilizados no tienen control sobre sí mismos y que deben ser ordenados, controlados por alguien más que sus “sindicatos” a los que pertenecen, extendiéndose dicha posición a suponer que cualquier movilizado esta despojado de capacidad de decisión, por tanto, de acción política autónoma, suposiciones que obviamente son mentirosas y sirven para reforzar su sentido patronal.

El poder funciona cuando permanece imperceptible. Sin embargo, el estado de excepción o el control directo del Estado sobre los cuerpos hacen visible aquello que normalmente opera de manera silenciosa. En ese desplazamiento hacia posiciones cada vez más radicales, la derecha pierde la sutileza con la que históricamente ha ejercido sus mecanismos de dominación.

La Purga al estilo boliviano, inspirada en las motosierras, biblias o esvásticas, evidencia esa voluntad de control y disciplina a través de sus proyectos de ley. Mientras tanto, los runners, los clubes de yoga o el discurso de la superación personal continúan celebrando el autocontrol individual, aunque esa ilusión termina por desmoronarse cuando el disciplinamiento deja de recaer sobre el individuo y vuelve a ejercerse de manera abierta desde el Estado.

Estas ideas de orden y purificación se articulan perfectamente con los discursos contemporáneos de la superación personal, asumidos y militados, sobre todo, por jóvenes de clase media y acomodada en clubes de yoga o running. Sin advertirlo, terminan validando concepciones profundamente ancladas en los siglos XIX y XX, relacionadas con el control de las poblaciones, el orden social y la religión.

Uno de los méritos de la ultraderecha, tanto en el mundo como en Bolivia, radica en su capacidad para traer ideas cavernarias al presente, buscando superar siempre a la ficción. Se apropia de los lenguajes de la época para redefinir las fronteras del enemigo de siempre: obreros, indígenas, mujeres o cualquier sujeto considerado una amenaza para el orden establecido. Hoy, la idea contemporánea del autocontrol termina conectándose con una concepción clásica que atribuye un mal intrínseco a determinadas poblaciones. Es, volver a Arguedas.

De igual manera, esta forma de comprender al otro sirve para redefinir la jerarquía social construida en las últimas décadas. Si determinados grupos "viciosos", indígenas, obreros, mujeres o cualquier sujeto considerado incapaz de gobernarse a sí mismo son presentados como individuos sin autocontrol, entonces también pueden ser considerados incompetentes para ejercer derechos políticos. De ahí que se justifica su exclusión de los espacios de decisión del Órgano Ejecutivo, Legislativo o Judicial y, al mismo tiempo, convertidos en objeto de un mayor control estatal mediante estados de excepción, hasta que en un futuro se alcance su supuesta "purificación".

Lo verdaderamente trágico de la película y la realidad es que discursos distópicos que buscan naturalizar “purgas” o jerarquías señoriales, construyen una nueva realidad totalitaria que trastoca a la democracia liberal mientras intenta purificar al verdadero “demos” una redención que deberá ser pagada con la sangre del látigo patronal y la cruz protestante en el cuerpo de las mayorías del país hoy excluidas.

Lo verdaderamente trágico de la película y de nuestra realidad es que los discursos distópicos que naturalizan la purga y las jerarquías señoriales terminan nuevos discursos totalitarios. Discursos que erosionan la democracia liberal (ya casi muerta) al pretender purificar el “demos” y convertir la exclusión en una forma de redención. Una redención que deberá pagarse con la sangre de las mayorías del país bajo el látigo patronal y la cruz protestante.


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