Los discursos del 6 de agosto

De Lara a Paz; de Paz a Lara

Mientras el vicepresidente Edmand Lara aprovechó los ocho minutos y medio durante los que habló en el acto de celebración del aniversario de Bolivia para relanzar su liderazgo, el presidente Rodrigo Paz desaprovechó una hora y veinticinco minutos para definir el suyo.

Aquí vamos a hablar de la capacidad que tuvo cada uno de ellos para presentar una idea del país y conectar con los ciudadanos.

El discurso de Lara parece haber sido diseñado de forma quirúrgica. Fue breve, ordenado y eficaz. En los primeros cuatro minutos Lara identificó los principales problemas del país, conectó con distintos sectores sociales mediante referencias concretas a sus dificultades cotidianas, y, a partir de esa empatía, construyó un relato de responsabilidad política. "Hoy quiero rendir homenaje a cada boliviano que trabaja con dignidad".

"Amar a Bolivia es también decir la verdad, aunque duela. Hoy enfrentamos una crisis económica que golpea a las familias, hay una escasez de combustibles que paraliza la producción, la corrupción le sigue robando el futuro al pueblo, el narcotráfico avanza y amenaza a nuestra seguridad”, señaló.

No lo dijo todo, claro, pero hizo una selección de aquello que quería que el ciudadano recordara.

"No se gobierna a espaldas del pueblo". "Se cumple lo que se promete", dos titulares que fueron dardos directos en la frente del presidente.

Del Lara guiado por sus impulsos vimos menos. Esta vez apareció más bien con un discurso sobrio y bastante bien estructurado. En su primer 6 de agosto, Lara no evitó la confrontación con Paz, pero parece que (por primera vez) ordenó la misma detrás de una estrategia política. Ya no discursó el "desorejado vicepresidente del TikTok". Empezó a hablar alguien que quiere volver al sitio que sus reacciones anteriores le habían quitado: el lugar de LA alternativa de poder.

El discurso presidencial produjo el efecto contrario. Rodrigo Paz tenía una oportunidad excepcional. Su primer 6 de agosto como presidente era el momento para fijar un horizonte de país hacia el Tricentenario; era "un churo día" para definir el sentido político de su Gobierno. Pero lo desperdició.

Su discurso volvió una y otra vez a la herencia masista, como si traerla a colación todo el tiempo pudiera conseguir mejorar su imagen o darle cuerpo a la gestión de su Gobierno. Las encuestas le advierten algo grave: se está desplomando y ni siquiera el desprestigio del MAS va a ir a rescatarlo del pozo.

Yo creo que explicar lo que se hereda es legítimo, es una herramienta política convencional y útil para ganar tiempo. El problema es qué viene después. Aunque el MAS genere muchos anticuerpos traerlo tantísimo a colación sin que haya ningún contraste con lo que se está haciendo actualmente puede terminar beneficiando a quienes tiene empeño en destruir.

El Presidente habló de un nuevo ciclo, del famoso 50/50, de reformas legislativas y de modernización del Estado. Habló de todo y al mismo tiempo de nada. No parece tener un proyecto-país claro, reconocible y, en consecuencia, discutible.

Luego de su largo discurso, igual que de otros anteriores, la pregunta sigue siendo: ¿cuál es exactamente el país que Rodrigo Paz quiere construir?

Quizás lo más ilustrativo sea lo que dijo sobre el difícil momento económico que vivimos. En su discurso el Presidente no ofreció ninguna respuesta concreta a la pregunta de cómo saldremos de la crisis. No consiguió explicar cuál es el plan de estabilización, de crecimiento e inversión. No identificó prioridades ni dio plazos. Habló de un momento de "estabilización de la economía" que es poco creíble cuando la inflación sigue aumentando. No puede considerarse un éxito el que el anterior mes los precios hayan subido algo menos que este. Tampoco se puede decir que estamos ante una economía estable cuando el precio del dólar es fluctuante y no lo determina el Estado.

Un discurso debe lograr pasar el examen de la realidad. Mientras Rodrigo hablaba en Casa de la Libertad de todo esto, se conocía que el Banco Central endureció el encaje legal para retirar liquidez del sistema financiero y contener la inflación. La medida tiene un disfraz técnico razonable. Con menos dinero en circulación, menor será la inflación, ya que la gente tendrá menos dinero disponible para comprar. Bien. Pero esto también acrecienta la recesión. Es decir, empeora la situación de la gente que ahora mismo no accede a la cantidad de dinero que necesita. Mientras el Presidente hablaba de reactivación, el Banco Central aplicaba una norma que apuntaba exactamente en sentido contrario, una norma recesiva.

Algo similar ocurre con la reforma del Estado. El Presidente presentó como un éxito la reducción de ministerios. Esta es una decisión que puede ser correcta o no, porque lo importante es otra cosa: fortalecer al Estado. Si el Gobierno pretende construir un nuevo modelo de desarrollo, debe explicar con qué institucionalidad piensa hacerlo. De lo contrario, el riesgo es confundir desinstitucionalización y vaciamiento de Estado con eficiencia administrativa.

El contraste de ambos discursos fue tremendo. Es verdad que Lara no tenía que rendir cuentas, algo que siempre mejora las posibilidades en quien hace una evaluación, pero de todas formas el Vicepresidente utilizó el discurso para reposicionar su liderazgo. El Presidente, en cambio, tuvo que utilizar el suyo para justificarse, para justificar su gestión o, peor, para postular una gestión imaginaria.

 Lara habló de los problemas cotidianos de los ciudadanos. Mientras que Paz no tuvo la capacidad de decirle a estos mismos ciudadanos cuál es su plan para salir de tales problemas. Se ocupó de atacar a la herencia, de responder a Lara, de justificar su Gobierno, incluso pidió disculpas, pero no logró decirnos a dónde vamos. Uno dejó titulares y el otro, preguntas.

El Gobierno insiste en que Bolivia vive el comienzo de un nuevo ciclo. Pero los ciclos políticos no se inauguran con una declaración, sino con acciones que logran convencer y movilizar a la sociedad. Y este sigue siendo el principal desafío del Presidente.


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