Después de un bloqueo de 44 días
Los bloqueos parece que se terminan. Las carreteras empiezan a despejarse, los mercados empiezan a abastecerse y la ciudad recuperará lentamente una normalidad que durante semanas pareció imposible. Pero el final de los 44 días no trajo necesariamente paz.
¿Qué queda después de esto?
La crisis nunca termina cuando se levantan las medidas de presión. Las crisis dejan consecuencias. Cambian relaciones políticas, erosionan confianzas, lastiman el tejido social. René Zavaleta Mercado, nuestro gran sociólogo, sostenía que las crisis son momentos privilegiados del conocimiento, instantes en los que una sociedad se muestra a sí misma sin disfraces. Y los 44 días fueron un momento de revelación y otra muestra de lo que continuamos sin resolver.
La lectura más superficial del conflicto intentará reducir todo a una pelea entre Evo Morales y Rodrigo Paz, o a una conspiración de uno u otro extremo. Sin embargo, semejante explicación resulta insuficiente para comprender por qué una movilización logró sostenerse durante más de un mes, extenderse a distintos departamentos y poner en evidencia las dificultades de un gobierno que apenas comenzaba su gestión. La crisis no nació con los bloqueos, se expresó en los bloqueos.
Su origen inmediato fue la ruptura del pacto electoral que llevó a Rodrigo Paz al poder. Una parte importante del movimiento indígena-popular que decidió abandonar al MAS después de años de desgaste, de peleas intestinas y de una profunda decepción moral, encontró en la fórmula Paz-Lara la promesa de ser una bisagra hacia el nuevo ciclo (que aún se desconoce en forma). Se ofrecía preservar los avances del ciclo anterior, corregir sus errores y construir una transición sin exclusiones. Pero el divorcio con el vicepresidente Edman Lara, el desplazamiento de sectores que habían sido decisivos en la victoria electoral y la percepción creciente de que las promesas no se cumplían terminaron produciendo una ruptura política y emocional con buena parte de esa base social.
Las demandas económicas fueron escalando hasta transformarse en una impugnación política. Los pliegos petitorios de distintos sectores entre el enero y abril previo al conflicto no solo fueron rechazados sistemáticamente por el gobierno sino tratados con displicencia. El conflicto mutó de una disputa por salarios o por políticas públicas hacia cuestionamientos políticos de fondo que se expresaron en una sensación de traición y de pérdida de reconocimiento.
En Bolivia, las heridas históricas no han terminado de cerrarse, este factor, que no es sencillo, está presente en toda la historia de la conflictividad de nuestro país, solo hace falta una chispa para que las crisis políticas avancen y mucho.
El gobierno eligió enfrentar la movilización mediante una estrategia de desgaste. Apostó a que el cansancio terminaría haciendo el trabajo que ni el propio presidente conseguía hacer. Durante semanas se insistió en la necesidad del diálogo, pero éste avanzó de manera parcelada y tardía. Al mismo tiempo, crecían las detenciones, los operativos policiales y la retórica de guerra. Los términos “narcoterrorismo”, “sedición”, "vandalismo", ocuparon el centro del discurso oficial, mientras los sectores movilizados denunciaban criminalización y ausencia de una voluntad auténtica de negociación.
Rodrigo Paz resistió. Pero ¿resistir es necesariamente conducir? El tiempo seguramente nos dará una respuesta más clara.
Antonio Gramsci distinguía entre el dominio y la dirección. Sostenía que la hegemonía no consiste únicamente en conservar el poder, sino en ejercer una dirección intelectual y moral sobre la sociedad. El gobierno logró sobrevivir al conflicto, pero a un costo considerable. Su palabra fue perdiendo valor, el presidente Paz fue corregido insistentemente por sus propios colaboradores, lo que significa un daño enorme a la figura presidencial.
La estrategia de desgaste le trasladó a la población el costo de la confrontación. En medio del conflicto fue el propio presidente Paz que azuzó al enfrentamiento entre bolivianos. Y la discusión sobre medidas excepcionales, la participación de militares en tareas de desbloqueo y las denuncias sobre detenciones arbitrarias dejaron una sensación inquietante sobre la calidad de la democracia y puso en evidencia la compresión que tiene la clase política de este concepto. ¿Se puede detener a 60 personas y dejar 50 heridos en una marcha que no se disponía a tomar ninguna institución pública o medida parecida?
Pero el recuento de daños tampoco puede detenerse solo en el gobierno. Vamos a hablar de lo que pasó con el movimiento popular.
Existe una interpretación apresurada que presenta los 44 días como la "derrota definitiva" del movimiento popular. Sin embargo, la derrota era anterior al conflicto.
La fractura entre Evo Morales y Luis Arce partió organizaciones, desgastó dirigencias y terminó por implosionar el instrumento político que durante dos décadas había servido de correa de transmisión entre el Estado y los sectores populares. A ello se sumaron el desprestigio de muchos dirigentes, las acusaciones de corrupción y el degradante espectáculo de una disputa que terminó convenciendo a buena parte de la sociedad de que la pelea era solamente por el poder.
Las elecciones profundizaron esa crisis. La marginalización institucional de la izquierda a través de triquiñuelas del órgano ejecutivo, judicial y electoral que dejaron sin sigla al movimiento evista es determinante para entender lo que sucedió. También lo es el llamamiento al voto nulo de Evo Morales en contra de Andrónico Rodríguez, "por no haberle pedido permiso para ser candidato". Todo esto en grueso, terminó dejando sin representación parlamentaria a sectores que se expresaron en las calles. Que las voces institucionalizadas en el parlamento desde la izquierda sean testimoniales, es en buena medida, responsabilidad de Evo.
Pero ahí lo termina, el abono perfecto fue dejar sin segunda vuelta a la gobernación en La Paz, esto alimentó la idea de marginalidad institucional por encima de la voluntad electoral.
El movimiento popular llegó desde la derrota y mostró una capacidad de movilización que pocos imaginaban, ni siquiera, sí mismos. Durante 44 días logró sostener una protesta de alcance nacional, revelando que seguía existiendo una fuerza social que muchos daban por extinguida.
La contradicción de esta potencia reapareció precisamente cuando sus mecanismos de conducción se encontraban más debilitados. Otra vez las dirigencias, o la ausencia de ellas.
La movilización mostró resistencia (una que viene de un pasado mucho más lejano de la que somos capaces de reconocer), pero también ausencia de liderazgos estratégicos, valientes o que piensen primero en el interés colectivo. Existían muchas cabezas y ninguna dirección clara. Un Evo Morales ansioso por la conducción de las cosas. Dirigentes nuevos que temieron a la impugnación de sus bases antes de hacer prevalecer sus ideas sobre el conflicto. El reflote de la desconfianza por las heridas recientes fue otro factor que dificultó mucho darle una forma distinta al conflicto. "Todos desconfiábamos de todos, el Evista vía un arcista en cada esquina y viceversa", confiesa un dirigente.
La demanda de renuncia presidencial se impuesto precisamente por y en este escenario y terminó desplazando la posibilidad de convertir su victoria en una acumulación política mayor. Los movimientos también pueden perder cuando no saben reconocer el momento de su propia victoria. Paz ya había reconocido públicamente que su gabinete no se parecía a su voto, había pedido casi de rodillas (de forma parcelada) pliegos petitorios... Es verdad que es muy difícil confiar en alguien al que consideras un traidor, pero el liderazgo es precisamente aquel capaz de avanzar en el camino. "La base nos ha superado", decían varios dirigentes, pero un líder nunca es superado por su base, sino que es capaz de conducir los intereses de esta base con tácticas hasta lograr su objetivo estratégico.
Ahora no sería verdad decir que los 44 días derrotaron al movimiento popular, pero lo obligan a mirarse críticamente. Una reflexión que aún se anota como deuda desde las máximas cabezas del exmasismo. Es un error creer que se vence en un día, tan errado como creer que se gana en un día, como creen algunos despistados dentro del gobierno.
Un afirmación que podemos hacer al final de la crisis es que nadie salió indemne, mucho menos la gente.
El gobierno conserva el poder, pero con un evidente déficit muy importante de legitimidad. Ha roto con sectores que lo llevaron al gobierno y tampoco consiguió convertirse plenamente en la representación política de las élites conservadoras a las que hizo reiterados guiños. Su margen para emprender reformas profundas parece hoy mucho más estrecho. Los acuerdos que consiguió con los distintos sectores son un castillo de naipes, solo un miope no se daría cuenta de esto. Un movimiento en falso y las cartas se echan nuevamente en la mesa.
El movimiento popular descubrió que sigue vivo, pero también que la potencia social no reemplaza la necesidad de dirección política crítica y con un horizonte común y seductor que avance hacia otros sectores. La derecha capitaliza parte del desgaste, pero está todavía lejos de construir una nueva hegemonía nacional, esto a pesar de que el péndulo los favorece. ¿Pero qué les falta? Entender el país en el que han nacido, cuáles son las fuerzas políticas vivas y dejar de mirar con desprecio el proceso de inclusión que abrió el MAS, que es mucho más profundo que izar una wiphala: es social, es político y es profundamente económico.
En el recuento de daños se contabiliza un gobierno sin base sólida, un movimiento popular sin conducción estratégica, una oposición sin hegemonía y una sociedad más cansada y desconfiada.
Las mediaciones se han erosionado, las que quedan han perdido en buena medida sus capacidades. La confianza se ha debilitado y la palabra pública se ha devaluado. Es verdad que la crisis no comenzó con Rodrigo Paz ni terminará con él. Pero los 44 días no resolvieron nada. Hicieron visible lo que ya estaba roto.
Y Bolivia, una vez más, permanece en el interregno. Lo viejo dejó de funcionar hace tiempo, las grietas empezaron a verse en el 2016, pero lo nuevo todavía no encuentra una forma estable de nacer. Porque el país de todos no se construye en la polarización, se construye lejos de ella y en tanto los políticos no entiendan esto -que es difícil-como un requisito, no se podrá inaugurar un nuevo ciclo político.
Dos siglos después de la fundación de la República, Bolivia sigue enfrentada a la misma tarea inconclusa: construir una comunidad en la que nadie tenga que bloquear al otro para sentirse parte de ella.


