El velo, la barba y la bomba

Tras asimilar las revelaciones del libro “Regimen Change” (Cambio de régimen) de los periodistas Maggie Haberman y Jonathan Swan, planteé una pregunta a mi colega estadounidense: ¿Cómo es posible que sigamos votando a personajes como Donald Trump? Con su característica serenidad me trasmitió una verdad escalofriante. Según él, los estadounidenses no hemos sentido los embates de la historia con la fuerza de un huracán desde la Guerra Civil, lo que ha dejado a nuestra sociedad peligrosamente ingenua y con una actitud de irresponsabilidad alarmante.

De modo general, los estadounidenses están muy poco informados sobre la realidad geopolítica de otros países, en especial los de Oriente Próximo. Esa es la razón por la cual tradicionalmente han sido receptivos a los discursos pro Israel, permitiendo que sionistas influyentes configuren desproporcionadamente la opinión pública y la política exterior estadounidense a favor de Israel.

Esta dinámica es especialmente pertinente en el caso de Irán, que se ha visto muy afectado por la aceptación generalizada de un relato distorsionado y abrumadoramente negativo.

La percepción estadounidense de Irán es un triunfo del minimalismo geopolítico, reducido a la santísima trinidad de los estereotipos: el velo, la barba y la bomba. Esta breve lista de tres elementos constituye el currículo completo de una superpotencia que, a pesar de presumir de tener el ejército más poderoso del planeta, trata a una de las civilizaciones más antiguas y dinámicas de la humanidad como un malvado de dibujos animados unidimensional.

Se trata de una obra maestra de la eficiencia intelectual. Décadas de propaganda han distorsionado profundamente la percepción de Irán. De ahí que raras veces se asocie al país con la impresionante arquitectura de Isfahan y Persépolis, con la conmovedora poesía de Rumi y Hafez o con el legado milenario de una civilización sofisticada y de vibrante cultura. En cambio, la mente tiende a formarse un montaje monocromático de hombres amenazantes con largas barbas y turbantes coreando consignas en las calles, mujeres anónimas totalmente ocultas por negros velos y un arma nuclear apocalíptica y resplandeciente a punto de estallar.

Esta visión reduccionista no es una trágica casualidad; es la culminación de décadas de “diplomacia” centrada en titulares de prensa y la implacable maquinaria de los informativos de televisión. Al fin y al cabo, los matices no mandan en los presupuestos militares ni caben en el noticiero de la noche. Por el contrario, los estereotipos han demostrado ser herramientas útiles para reducir a una nación de 93 millones de iraníes a un problema que debe resolverse por la fuerza.

El velo, por ejemplo, ha actuado como un símbolo de la opresión caricaturesca, una imagen universal que permite a los políticos occidentales recurrir sin esfuerzo a una retórica simplista y reduccionista. La estereotípica “barba” ha representado la maldad de estados corruptos, proyectando un fanatismo medieval atemporal.

Para terminar, la “bomba nuclear” redondea la trinidad de tópicos. Actúa como el polvorín definitivo que se ha utilizado para justificar la escalada de sanciones y ataques militares. Se trata de una retórica que ignora por completo la compleja realidad que presentan los informes del Servicio de Investigación del Congreso de EE.UU. sobre Irán, los cuales describen la postura estratégica de Teherán como fundamentalmente defensiva en respuesta a la agresión de Estados Unidos e Israel.

Durante décadas, se ha bombardeado al público estadounidense con tópicos, condicionándolo a ver a Irán como una amenaza monolítica y siniestra en lugar de un país con matices y problemas internos, como cualquier otro.

Si se eliminan el velo, la barba y la bomba, las experiencias vitales de los iraníes contradicen el marco geopolítico artificial y caricaturesco que Washington y Tel-Aviv han vendido al público durante generaciones.

Washington y sus aliados se han asegurado de que la percepción pública de Irán permanezca estancada. La lista de tres ítems ha cumplido su cometido con éxito durante décadas. Es el souvenir geopolítico estadounidense perfecto: fácil de transportar, sencillo de entender y completamente inútil para comprender la realidad.


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