Avariciosos y pródigos
En la quinta terraza del Purgatorio, Dante y Virgilio encuentran a las almas que en vida fueron dominadas por la avaricia y el apego desmedido a las riquezas.
Todas yacen postradas en el suelo, con el rostro pegado a la tierra. La postura no es casual: durante su vida mantuvieron la mirada fija en los bienes materiales; ahora, en su purificación, aprenden a dirigir su corazón hacia lo eterno.
Entre esas almas aparece el Papa Adriano V. Con humildad, confiesa que comprendió demasiado tarde que el poder y las riquezas nunca llenan el vacío del alma. Reconoce que la dignidad de ser papa no lo hizo mejor ni lo libró de sus errores.
Cuando Dante intenta arrodillarse ante él por respeto a su investidura, Adriano lo detiene. Le recuerda que, después de la muerte, todos son iguales ante Dios y que los títulos, el poder y los honores ya no tienen ningún valor.
Es una de las escenas más humildes de toda la Divina Comedia.
Dante nos enseña que la verdadera grandeza no está en el cargo que ocupamos, sino en la capacidad de reconocer nuestros errores y transformar el corazón.
Porque, al final, ninguna riqueza ni ningún título nos acompañarán. Solo nuestras acciones hablarán por nosotros.
(La Divina Comedia)


