Encuentro sin gloria
Para los paceños que han vivido las anteriores tres semanas, en carne propia, las refriegas entre manifestantes y policías, las gasificaciones, y la carencia de productos alimenticios fruto del bloqueo, la palabra “encuentro”, para describir la situación política que vivimos, probablemente no les parezca adecuada. De una manera más atenuada, a los bolivianos restantes, que siguen los conflictos por los medios, pero sufren la tensión y los perjuicios económicos que estos conllevan.
Tal vez entonces podríamos utilizar el nombre de “reconocimiento”, entendido como el proceso que históricamente ha vivido nuestro país para armonizar las distintas dimensiones que lo componen. Nacimos con una estructura social en que una minoría de lengua materna castellana gobernaba una mayora de lengua indígena nativa, y con una estructura territorial donde el “centro” político del país gobernaba a las regiones con mano de hierro.
Obviamente en 200 años el país ha cambiado; hemos vivido enfrentamientos, rebeliones, revoluciones y un proceso de urbanización acelerado. Hoy los bolivianos que tienen las lenguas originarias como idioma materno son minoría, aunque el porcentaje que se autoidentifica como indígena es algo mayor, y si bien ha dejado de ser mayoría de acuerdo al último censo, sigue siendo significativo en relación al total de la población.
El “reconocimiento”, “encuentro”, en definitiva, la estructuración de los países, para lograr un determinada “funcionalidad”, nunca ha sido fácil, en la medida en que superar las contradicciones sociales y en algunos casos étnicas o regionales, implica procesos dolorosos y violentos.
Con certeza algunos “arguedistas” y “arnadistas” remozados, a la vista de los últimos acontecimientos, deben estar rumiando la “Bolivia fracasada”, pero lo evidente, si tenemos algo de perspectiva, es que la evolución social de Bolivia, dadas sus condiciones, no ha sido peor que la de vecinos nuestros en varios casos (Colombia, Perú, por dar algunos ejemplos), o la de países más lejanos. Me vienen a la mente los Estados Unidos, que en el siglo XIX saldaron su conformación (que implicaba el enfrentamiento entre dos “burguesías” con intereses distintos) con una sangrienta guerra civil, pero que hasta ahora sufren los avatares de fenómenos como el racismo o la diferencia en la conformación social de los denominados Estados “conservadores” del centro y los “liberales” de las costas.
En el caso de Bolivia, un paso central para nuestro “reconocimiento” se dio con la revolución de 1952, en la medida en que impuso en Bolivia la ciudadanía universal y liberó a los indígenas del pongueaje. La revolución no acabó con el racismo ni con la discriminación social, pero abrió las puertas para que los sectores indígenas, por lo menos de las etnias mayoritarias, aymara y quechua, iniciaran un proceso de “acumulación originaria” que tuvo su punto culminante en la crisis constituyente de principios de este siglo. Los jóvenes indígenas, que pudieron ir al colegio y la universidad pública, dieron pie poco a poco a un movimiento intelectual. Y los comerciantes que fueron apoderándose de varios niveles de la actividad económica en las ciudades, sentaron las bases para la generación de las clases medias y los sectores empresariales emergentes.
Los 19 años de gobierno del MAS, si bien no implicaron, salvo algunas excepciones, un ataque a los sectores empresariales tradicionales (por el contrario, hubo sectores como la banca, que obtuvieron ganancias extraordinarias), sí se centraron en el “fomento” y facilidades al empresariado “emergente”, en los sectores económicos que estos podían manejar; especialmente cocaleros, mineros cooperativistas y comerciantes de tierra. Ese modelo se complementó con una fuerte presencia en la burocracia estatal de los sectores sociales conexos.
Más allá de los errores coyunturales y de las intenciones políticas de los actores de los distintos bandos, esta es la esencia del “encuentro”, que, en este momento, en forma tortuosa, se desarrolla en La Paz.
Los sectores empresariales con sus virtudes y fuertes miserias (“mineros cooperativistas” que contaminan los ríos y destruyen las otras potencialidades productivas, sectores financieros que realizan una estafa monumental como la del banco FASSIL) están, en general, salvo alguna honrosísima excepción, tratando de aprovechar la coyuntura para llevar agua a su molino. Los sectores populares autoidentificados como indígenas, expresando un sentimiento de exclusión, después de un periodo de veinte años en que se sintieron “parte” o “dueños;”: A su vez los sectores de clase media “tradicional”, con miedo de volver a un esquema en el que sentían que no eran incluidos.
Por eso es que, más allá de la coyuntura, lo fundamental para una salida se encuentra en la estructuración de una visión de país, que posibilite la articulación de la diversidad de los sectores que lo componen. De otra manera, el “desencuentro” coyuntural sí podría convertirse en una crisis de Estado.
Hoy, más que nunca, las apelaciones a la nacionalidad pasan por imponer una autentica visión de bien común, fundada en la diversidad y en un ejercicio estatal que, mediante el ejercicio correcto de la ley, impida que los intereses sectoriales, vengan de donde vengan, afecten al conjunto de la sociedad.


