Los bebés fallecidos del Gran Chaco
El hospital materno infantil de Tarija, lleva el nombre de Juan Manuel Jijena. Un medico de “los de antes”, que a pulmón y con valor, dirigió por muchos años el servicio de neonatología del hospital San Juan de Dios de Tarija. Esta semana, uno de sus sucesores, el doctor José Rivera, dio a conocer algunos datos reveladores sobre la cantidad de bebés muertos por cardiopatías congénitas.
De acuerdo a lo señalado, el número de bebés fallecidos en Tarija, es levemente inferior al promedio nacional, pero la tendencia cambia radicalmente cuando hablamos específicamente de las malformaciones congénitas, de las que la mayor parte, proviene de región autónoma del Gran Chaco, constituida por la provincia del mismo nombre.
Se trata de un dato observacional; no existe una investigación científica rigurosa que confirme la tendencia y que determine sus causas. Sin embargo, ese “dato” tomado del servicio de neonatología más importante de Tarija, se suma a otros que refieren, por ejemplo, que el número de casos bebes con malformaciones en el aparato digestivo, o que el número de casos de niños con cáncer, en el Gran Chaco tarijeño, también es significativamente mayor al del promedio nacional.
¿Cuál puede ser la causa del fenómeno?, algunas declaraciones en medios de prensa apuntan al excesivo uso de agroquímicos, como una de la más probables. Sin embargo, a simple vista resulta insuficiente. Dicho fenómeno no solo se da en el Chaco, sino en las restantes provincias del departamento y del país, por lo que no habría razón para que los porcentajes varíen significativamente entre unas y otras.
Si queremos encontrar un posible factor diferenciador en el caso de esa región, tendríamos que referirnos necesariamente a la contaminación de las aguas debida a la explotación petrolera. El Aguaragüe es la serranía, que brinda agua a la mayor parte de los habitantes del chaco tarijeño, y desde hace varias décadas está impregnada de pozos petroleros mal cerrados que provocan una contaminación constante.
Pero evidentemente sin una investigación rigurosa, se trata solo de una hipótesis inicial en el mejor de los casos.
La pregunta obligada entonces resulta ser: ¿cómo es posible que las autoridades locales, la gobernación, las alcaldías, el gobierno regional (que manejó uno de los presupuestos más abundantes, per cápita, de país, durante el boom del gas) o la Universidad Estatal, no hubieran impulsado hasta ahora dicha investigación? (en el caso de esta última, hace un par de semanas inauguro un “centro de convenciones”, que, según reportes, es uno de los más caros del país).
Evidentemente los datos respecto a malformaciones congénitas en el corazón recién salieron esta semana, pero los indicios de la alta tasa de menores con cáncer, vienen comentándose desde hace varios años.
Y por supuesto, el drama de los bebés y niños, no termina en la ausencia de la investigación científica: el testimonio del doctor Rivera da cuenta sobre las dificultades en unos casos e imposibilidades en otros, para establecer diagnósticos oportunos y tratamientos con alguna posibilidad de éxito. Evidentemente las madres tarijeñas y chaqueñas, tienen que tener mucha suerte, primero, para que se les detecte el problema a tiempo, y luego, para que una vez nacido, él bebe pueda sobrevivir.
Una universidad que ha gastado millonarias sumas en la construcción de infraestructura (edificios, auditorios, gimnasios, parques internos, etc., etc.), pero en la que la investigación es prácticamente inexistente. Un servicio de salud estatal (nacional, departamental, municipal) ineficiente y disperso, que se mueve por las urgencias del momento y que en pocos casos mira a largo plazo. Esas son las piezas centrales la tragedia invisibilizada.
Pero los bebes del Gran Chaco, representan una advertencia para el conjunto del país, sin exageración alguna.
Los millones de litros de agua contaminados por una explotación petrolera deficiente y sin controles adecuados estatales en las anteriores décadas, en el chaco tarijeño, se están convirtiendo ahora en centenas de millones envenenados por una explotación minera salvaje e inmisericorde, que se expande como un virus, por todos los rincones del país.


